Uno de los momentos que más valoro del día, es levantarme, tomar un baño y escuchar la radio a las 6.30 de la mañana, viendo el pespunteo del sol en mi ventana. Añado una taza de café gourmet que bebo exclusivamente a esta hora y me siento en el sillón a contemplar el cielo. A veces pienso que es mi forma de buscar una respuesta a la variedad interminable de preguntas que tengo. Sin embargo, casi siempre me descubro perdido, sin ninguna idea aerolito surcando mi cabeza. Sólo observo, miro, me pierdo en el azul infinito. Desentraño también a los seres aéreos que aparecen ahí y dejan una línea de colores suspendida entre las nubes, con su ruidillo de pájaros que levantan el vuelo por primera vez del nido.
Bueno, tal vez sí tengo una idea en el momento, porque entre las garras de estos seres, entre el plumaje indefinido de sus alas, cuelgo la esperanza de que algún día la mañana me encontrará sentado en mi silla, frente a la computadora, en mi escritorio blanco —el escritorio que me regaló mi padre, la única herencia que me dejó—, colocando el punto final a mi primer libro. Libro que algún día leerá mi hijo o el amigo de la infancia que me perdure o Zoe, mi sobrina, y digan: “Este era Rogelio, el escritor, el enamorado de las ventanas”.

3 textonautas opinan:
*Te escribiría algo pero ando viendo el cielo por la venta. Es tan chido como dijiste :)*
*Te escribiría algo, pero ando viendo el cielo. Se ven tan chulo como advertiste :)*
Me gusta tener a alguien con quien compartir este sábado al medio día... un abrazo, carnalito.
Publicar un comentario en la entrada