Llegué a casa diez minutos tarde. El clima había mejorado, Larsen, incluso la suave brisa que recorría las calles estaba impregnada de coco, un aroma extraño que, siempre lo he pensado, recorre la ciudad en ese punto medio cuando la Primavera se convierte en Verano. Probablemente en el cielo alguien había destapado un bidón de caramelos de aquél sabor y el coco se derramaba desde las alturas por doquier.
Tereza permanecía afuera del edificio, escuchando en el auto un programa dedicado a los Beatles, que la radio local transmitía. Bajó la ventanilla. Alcancé a escuchar unos panderos y la voz cancina de Lennon. Se sonrío. El brillo en sus ojos repiqueteaba a pesar del obstáculo de los anteojos, como el sol de la mañana jugueteando en la superficie de un lago. Salió del auto.
Nos saludamos con un beso suave y un abrazo fuerte, en el que recorrí con las manos su espalda tibia. Olía a chocolate. No mencioné nada sobre mi retraso. Ella tampoco preguntó. Estaba feliz y lo que menos deseaba era perturbar ese ánimo con explicaciones, que siempre sobran. La vida es concreta, ocurre una sola vez. ¿Pudo ser de otra forma? Sí, pero esas formas son el consuelo para pensar que mis equívocos pudieron ser menos graves.
Sacó de la cajuela un bolso enorme, por el que asomaba la oreja de una olla de aluminio. Dio clic en el control para activar la alarma. Yo abrí la puerta para entrar al edificio. Tereza vestía una blusa blanca, de manga corta, botones esféricos y aperlados; además, un pantalón rojo, con pinzas, cuyas perneras se abombaban al insertarse en las botas de plástico a rombos, que ronronearon al ascender las escaleras.
—Traje todo para prepararte un pollito, Adu —dijo, depositando el bolso en la mesa del comedor.
—Ah, ¡perfecto! —dije animado. Ninguno de los dos sabemos cocinar y, aunque tenía dudas respecto a la preparación, supe que sería buena idea intentarlo. Incluso me sorprendió que trajera apuntadas las instrucciones para preparar “pollo con vegetales” en un post-it en forma de oso.
De la mochila, saqué el traje de baño, la toalla y el gorro de látex; fui a colgarlos al baño para que se secaran. Aún olían al cloro dulzón de la alberca. Por la ventana del baño se colaba “Run to the Hills”, una pieza de Heavy Metal, que el vecino nuevo, a quien usualmente me encuentro borracho a la entrada, intentado meter la llave en el zaguán, desplegaba a todo volumen desde su estéreo. Me di un par de palmaditas en el pecho intentando seguir el ritmo. Pero sentí todavía el resabio del resfriado, porque intenté toser. Cerré la ventana.
Mi departamento es de una recámara paso de la cual está el único baño. Antes de volver con Tereza, conecté el Ipod al sistema de audio: sintonicé el programa de los Beatles en la radio.
—¡Pero si no te gustan los Beatles! —dijo ella en tono risueño, sin mirarme, en tanto extraía del bolso las piezas del pollo envueltas en plástico.
Una cebolla, zanahorias, calabacitas y ramas de cilantro se despeinaban bajo la lluvia cayendo del grifo del fregadero, en la cocina. Le dije que por esta ocasión permitiría que los Beatles sonaran en mi casa. Subí el volumen y me senté en una silla. Tereza se quitó los lentes, se amarró enseguida el cabello en una cola. La luz entrante por las ventanas se fijó en su rostro, como cuando fijas un colorido biombo al foco de la estancia. La manera en cómo inspeccionaba la receta para el “pollo con verduras” era un derroche de movimientos coloridos. Lavó los vegetales repasándoles con ligereza una esponja. Llenó de agua la olla. Luchó unos instantes con la pequeña manivela de la parrilla hasta que finalmente la encendió. Sus pasos sobre el linóleo de la cocina me recordaron un danzón. Nunca he bailado danzón, ni siquiera salsa o cumbia, pero era un danzón íntimo el que Tereza interpretaba frente a mí, en el contrapunteo de los ruidos del exterior (un avión, el ropavejero presagiando a gritos fortuna), con ese gusto de servirme, de ayudar a que la idiota amargura, dueña de mi vida, claudique poco a poco con el fragor de sus mimos.
En ese momento me reconocí culpable. ¿Cuántas ocasiones Tereza había hecho proezas singulares por mí? Una carta para animarme después de que me despidieron de la editorial, hecha de cromos de abejas adheridos a un texto de António Lobo Antunes que habla de personas comunes, que escuchan un partido de futbol por la radio, se entusiasman, se decepcionan, y que salen a caminar por las calles sin esperar milagros a cambio. Gente a la que impacta el resplandor de la vida en cada palabra. Esta es la lección de Tereza, pensé, para quien mirar el cielo de fondo azul una tarde de agosto es mirar lo trascendente.
—Adu. Leí tu blog ayer —dijo. El locutor en la radio hablaba de tributos, nuevas versiones, de biografías inconclusas—, no sé, a veces pienso que no ves para adelante.
—Ahí nada más escribo quejas. Una burla para todos aquellos que piensan que la vida es fácil.
—Sí. Pero ojalá alguna vez hablaras de lo bueno.
—En nuestros tiempos no se tolera el pesimismo. Los Beatles tienen la culpa de eso —dije, riéndome.
Pasó por el fuego un muslo del pollo para calcinar los residuos de pluma en la piel. Olía a cabello quemado.
—Es que es como si no hubiera nada lindo en tu vida. Todo es fatal.
—También escribo de mis fajes. De mis perversiones. De una que otra rachita de alcohólico. Eso le gusta a la gente.
—Y a ti, ¿te gusta?
Respondí que sí. Sin embargo, no dejé de sentirme un farsante. En realidad escribía así porque deseaba contar algo valioso. Eso quería. Aunque siempre destacara lo malo. Lo fatal, como había dicho Tereza. Y no tuviera la capacidad de reconocer que en lo sencillo y benévolo había, a su vez, algo trascendente.
—Ojalá, el día que escribas de mí sea algo bueno —dijo vertiendo en la olla las calabacitas y zanahorias cortadas.
Tosí forzado. La lumbre de la parrilla parpadeaba con su docena de ojos azules, a la espera de que yo contestara algo revelador, Larsen. Pasé la yema de los dedos por la barba. Dije al fin:
—Algún día voy a escribir sobre que viniste aquí a prepararme un caldo de pollo para que mejorara mi resfriado. A pesar de que ya estoy saliendo de la enfermedad, no sabes cuánto aprecio este impulso.
—Siempre olvidas los buenos momentos, Adu. Se me hace que ni te vas a acordar.
Tereza tomó el reloj del librero de la estancia e hizo un conteo breve con los dedos, murmurando números. Enseguida fue a la cocina y tapó la olla con una sartén que cubría apenas la mitad. El aroma de la comida cocinándose se extendió por la casa. Era como si estuviera en 1987, con mi abuela Lila, haciendo tortillas a mano y dejándolas caer, extendidas, sobre el comal, mientras unos ejotes con huevo chisporroteaban en la sartén sobre la estufa. El mandil de Lila está manchado de masa, su trenza se contonea encima del hombro. Afuera se oye el trajinar de la vecindad donde nací, repiqueteo de jícaras que raspan el fondo de una pileta, canciones pop de viejo cuño meciendo la infinita maleza de plantas domésticas. Tengo hambre. Veo con apetito la hinchazón de las tortillas, sus vientres de vapor. Mamá no está, Larsen, no la escucho charlar afuera. Se ha ido. Posiblemente está en el hospital…
—La única manera de alcanzar la eternidad es ahondando en el instante —dije, por lo bajo.
—¿Qué, Adu?
—Nada. Nunca pasa nada —respondí, sin ganas.

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