Tengo brotes alérgicos en los brazos y frente. Sarpullido rojizo que me estremece de comezón. Mi salud ha ido de más a menos en los últimos meses. Dolores de espalda, de riñones, gripe, tos y ahora lo que parece ser una reacción secundaria a los medicamentos para tratarme lo anterior (si analizaran mi sangre en estos momentos aparecerían trazos de antibióticos, antiinflamatorios, antitusivos, antihistamínicos de la más diversa ralea, ninguno alucinógeno, por desgracia). Esto me tiene con el ánimo en franco declive. “Se fue tu toque, Rog, ya no queda más que un tipo acabado. Mírate. Tienes los brazos como cáscara de tuna”, me digo al espejo.
A pesar de que he intentado estar a gusto, mantenerme optimista, incluso tomado las cosas con humor (espero que los granos no me broten en la punta del glande, de otra forma, adiós mundo). Me siento de malas. Poco apetente. Cansado. Emputado. Quisiera unas vacaciones de mi vida. Pero eso es imposible. Seguir. Debes seguir sin detenerte, ésa es la consigna de los días laborales. De los días que rápidamente pasan de lunes a ser viernes. Idénticos. Sin variación ninguna. Empero (fea palabra), me queda esto. Abrir la sesión del blog y aterrizar en palabras lo que me sucede. Ser incluso alegórico hasta la saciedad. Por eso, ayer escribí este pequeño cuento que le compartí primero a mi chica (ella siempre tiene estas premisas) y ahora se los comparto aquí con mucho gusto.
***
Día de ajuste
Rogelio Pineda Rojas
El fondo de la grieta, por donde cayó Román, olía a tierra húmeda y yerba recién segada. Aún confundido por el golpe al caer, miró hacia arriba y un ojo del cielo, alargado e irregular en sus párpados de tierra, se revelaba luminoso, prácticamente esperanzador. De un salto quiso escalar, pero su esfuerzo se hundía entre la blandura de la tierra mojada. Gritó pidiendo auxilio. Suplicó ayuda. Sólo el viento de la tarde le respondió con un silbido agudo como machete rebanando de tajo una sandía. Recordó entonces que en alguno de los bolsillos de su peto estaba la navaja con la que había estado ajustando minutos antes el sistema de riego. En el cielo, a una velocidad de pesadilla, algunas nubes grises y melancólicas comenzaron a arremolinarse, asfixiando uno que otro rayo de sol. Dos gotas de agua le cayeron en el dorso de la mano. Nervioso, Román encontró por fin la navaja en uno de los bolsillos. ¿Cuánto tiempo había esperado la lluvia? ¿Cuántas veces tuvo que reparar el sistema de riego para que el campo de cultivo de calabazas continuara con agua suficiente durante la terrible sequía? Ahora, por absurdo que pareciera, estaba atrapado en la grieta que pensaba ampliar a pozo y llenar de agua con ése mismo sistema. Se soltó la lluvia con la violencia de dos años de amargura contenida.
Román clavó la navaja en uno de los muros y puso el pie para impulsarse hacia arriba. Fue tanta la presión que ésta se hundió, sin ni siquiera impulsarlo un centímetro. El agua caía torrencial. Poco a poco el fondo en el que se hallaba se reblandeció y el agua subía ahora a la altura de los tobillos. Enseguida, a la pantorrilla. Asustado, incrustó la punta de los dedos en la tierra resbaladiza, jaló mas no logró asirla. Lo mismo ocurrió con la punta de la bota. Nada a su alrededor era concreto, sólo un barrial de certeza endeble. El agua le anegó la cintura en un abrazo de despedida. Román pensó en su hijo Renán que seguro estaría viendo por la ventana la lluvia, presionando entre sus manecitas la pelota que Román le había hecho de hilacha, y quien se estremecería con los relámpagos rasgando de leche el horizonte oscuro. En la cara de Carmen, su esposa, que desde la mesa de la cocina se estaría preguntando dónde estaba él, por qué no había regresado del campo de cultivo a pesar de la tempestad, despreciando el jarrito de café de rigor.
Con el agua hasta el pecho, Román dio algunas brazadas pero las botas eran demasiado pesadas como para ayudarle a flotar. Se estaba quedando anclado en ese abismo personal. ¿Qué ocurre cuando te abandonas a la suerte de tu asfixia, al límite de tus capacidades que no bastan para sobrevivir? Román levantó la cara al cielo. El agua penetraba por la nariz en uno que otro chasquido vehemente. Intentó retirarse las botas. El nudo ciego de las agujetas impidió cualquier resultado a favor. Tomó aire. Lo hizo en la forma más profunda que pudo. Se sumergió en ese mar encajonado que amenazaba ahogarlo. Vio la arcilla arremolinarse, a las agujetas suspendidas en un mínimo acceso gravitatorio, igual que dos algas abandonadas a polifagia de un pez. La valenciana del peto. La palma de cada mano en las que, usando un código amoratado, el destino inició la escritura de la muerte.

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