jueves 15 de septiembre de 2011

Canon particular

“No puedes escapar de tu niñez, nunca superas el vértigo de su consumición en manos del trabajo prematuro”, decía el fragmento de hoja amarillenta que encontré en mi libro de El Principito, edición Porrúa, cuando hoy por la mañana elegía del librero, como si buscara una playera que ponerme y con el pensamiento fijo en los colores y combinaciones de cada lomo, un libro para leer rumbo al trabajo. Al extraer uno de Pellicer, se desplazó el título en cuestión, cayó al suelo y de entre sus hojas brotaron dichas palabras.
En 1999, durante la Huelga de la UNAM, a los diecinueve años, trabajé en la tienda de abarrotes La Esperanza, por el rumbo de Mixcoac. Sus dueños eran una pareja entrada en años: Don Manuel y la señora Robles. Él, obeso, ciego por la esclerosis múltiple. Ella, delgada, el rostro deshecho a base de arrugas.
Durante seis meses, limpié estanterías con frituras, acomodé brillantes empaques de galletas, surtí pedidos de jamón y queso a domicilio y cada semana fui a la Central de Abastos por sacos de azúcar o empaques de latas de atún. El horario era de 11 de la mañana a 10 de la noche y el sueldo de 800 pesos a la quincena, el cual incluía una fría, además de delgada e insípida, torta de queso de puerco y un Boing, envase de cristal, como refrigerio.
Recuerdo que cuando lo tomaba, iba al escalón de la papelería al lado de La Esperanza y, mientras comía sentado ahí, enfundado en mi mandil de mezclilla burda, maloliente y sempiternamente manchado, veía a los autos recorrer la Avenida Félix Cuevas, fijándome en la defensa trompa de puerco de algunos, en la nariz respingada de otros, o a los chicos que salían de la secundaria más cercana, la número 10, a la que curiosamente yo asistí años atrás, que se veían sumamente felices. A diferencia de mí en ese momento.
En ocasiones, si no me dolían los brazos por cargar empaques de diversos productos o el apetito no me reblandecía la concentración, leía una o dos páginas de un libro, pues aquél descanso era breve, quince minutos a lo mucho, o escribía algo que me imaginaba era un verso o una que otra idea que pescaba al morder el siguiente bocado. Escribía en pedazos de hoja, de servilleta, en algún ticket, que después hacía bolita y metía en el bolsillo del pantalón, donde seguramente se desintegraría en la próxima lavada. Entonces, leí El Principito. También, La Ilíada, pero me aburrió mucho. Muerte sin fin; no le entendí nada.
La tarde cuando escribí la línea que cito, pensé en mi padre y el año de ausencia que enmarcaba su recuerdo. Entonces ya no nos visitaba muy a menudo; su manutención se volvió incierta, prácticamente nula. Estaba enfermo de la circulación y le prescribieron descanso fuera de la ciudad: vivía en Cuernavaca, en una casa grande, que, cuenta mamá, tenía alberca y squash. Yo contemplaba mi realidad. Era un estudiante sin un centavo que no podía leer o ir a jugar básquetbol a placer porque debía trabajar todo el día. Mis tenis rotos. El mismo par desde hacía dos años. Pasaba mucha hambre, que no era el peor de mis problemas comparado con el miedo que sentía. Miedo a vivir. Miedo a que la huelga —que tenía paralizada la vida educativa del país— jamás concluyera y yo me quedara al margen de obtener un título universitario, algo con que valerme: desmarcarme parcialmente de la derrota a la que un hijo bastardo está destinado, pensaba entonces. Aquí el origen de este apunte. Sin intención: estas palabras son ahora mi canon.

3 textonautas opinan:

Femme infâme dijo...

El principito y su idea de domesticar...sentencia filosófica que rige en mi vida ;)

textonauta dijo...

Muy bien. Te mando un saludo. Bienvenida(o), quien quiera que seas.

Femme infâme dijo...

suave, su*eve*