viernes 23 de septiembre de 2011

Gordo

Después de mi rutina de nado, salí del gimnasio y caminé a la Farmacia Unión de Pilares esquina con Vértiz. Días atrás había visto la báscula a la entrada del local. Un modelo viejo de estaño dorado y carátula idéntica a la de un reloj de catedral que me recordaba a la báscula en la farmacia próxima adonde viví de niño. Nada que ver con los instrumentos espaciales de ahora, que arrojan talla, peso, Índice de Masa Corporal y frecuencia cardiaca. Sólo un instrumento normal, de dos pesos por turno.

El sol del domingo estaba en su cenit. Traía bermudas y los tenis de suela verde fluorescente que compré hace poco. Levanté la mirada al cielo e hice sombra con la mano para evitar cegarme por el sol: limpio y azul, todo él infinito espejo de nostalgia. Sentí enseguida el repiqueteo en el abdomen de cuando estoy ansioso, parecido a un escalofrío extendiéndose como cinturón, por lo que apuré el paso para llegar a la farmacia.
Una vez ahí, la chica se rascó la mejilla regordeta, miró mi moneda de cinco puesta sobre el mostrador y de mala gana soltó el cambio sin una sola vez verme a la cara. Otra vendedora masticaba chicle; seguía atentamente con la mirada algo al otro extremo de Vértiz, quizás el vaivén de las palmeras del camellón. Fuera, pasó una mujer muy obesa, de conjunto deportivo y blusa pegadísima al abdomen, con dos perros labrador gordos a cada lado que apenas mantenía bajo control, jalándolos de la correa. Dejé mi mochila al lado de la báscula: subí en ella.
Recordé entonces que una mañana, varios meses atrás, muchos días así en el transcurso de los seis años recientes, había abierto los ojos y sentido en mi abdomen algo desastroso: el encubrimiento de una ausencia, ausencia de amor propio, al menos, transformado en aquella panza inigualable que al paso de las últimas ocho semanas fue desapareciendo. ¿Qué tanto? Ahora era tiempo de comprobarlo.
Inserté las respectivas monedas en la báscula y la aguja giró. Comiendo helados de colores, allá en el sol, la gente andaba sobre la banqueta con sandalias y pantalones cortos. El mexicano promedio se relaciona horrible con los alimentos, pensé. De los cuales, ocho de cada diez opciones son masa con aceite (tamales, gorditas, quesadillas); carne con aceite (tacos, tortas); o manteca con aceite (frituras, vísceras). Y si se quiere algo dulce, sólo hay que sustituir el aceite por azúcar refinada. No conforme con este hábito alimenticio, que puede matar a cualquiera si se sigue fervorosamente, porque tapona arterias e impide el funcionamiento adecuado de riñones y sistema hormonal, al golpear al páncreas, hígado o tiroides; el mexicano promedio come hasta reventar. Cuando en realidad la comida no es para llenarse; es para mantener activo el organismo. Vivir. Y para vivir requieres comer diariamente, máximo, mil quinientas calorías que se extraen de vegetales, fruta y carnes magras. No más. Cuando mis amigos me dicen que sufro vigorexia (nado cuatro a cinco días por semana, un par de horas cada vez), que me mato de hambre, que la pastura —germen de alfalfa con lechuga y col, sin limón ni sal ni chile ni nada, mi ensalada preferida— que como no es comida, que debo echarme un tamal de cuando en cuando, sólo respondo que estoy a gusto. Que no necesito comer una gordita de chicharrón para sentirme saciado y contento. Así fueron los últimos meses.
El vacío del mexicano, lo creo, no radica en la falta de comida, sino en la ausencia de algo —amor, en la niñez; de adulto: solvencia económica, certidumbre social y laboral, certidumbre psíquica—, manifiesto en la forma desmedida en que se atraganta de alimento, siguiendo como único criterio de elección el que sea barato —sin importar la calidad nutricional de lo que pasa por su boca— y en cómo abusa del placer efímero y simplista del buen sabor.
Yo aprendí a decir No, aunque suene a libro de superación personal. No quería que mi vida dependiera del atragantamiento, tampoco de las tiendas de ropa extragrande. Incluso, aprendí a desconfiar de las personas que no paran de comer: ¿Qué encubren? ¿Qué requieren que no pueden satisfacer? Yo, lo reconozco, comía por ansiedad. Esto me llevó a subir y subir de peso. A deprimirme. A transformarme en una masa de carne incapaz de subir tres pisos de escaleras sin vomitar por el esfuerzo. A ser una caricatura de mí, sin otra expectativa que la torta de salchicha a las afueras del Metro, que tantas veces frecuenté después de una borrachera.
La aguja se situó en los 73.3 kilos. Mido 1.73 metros. Por lo tanto mi Índice de Masa Corporal es de 24.49, número que indica peso normal. No pude negar mi alegría: después de seis años de sobrepeso dejé esa amplia franja de 70 por ciento que conforma la población obesa de este país. Había bajado doce kilos en medio año.
Sí, ahora sólo resta eliminar el cigarro y el alcohol, pero voy paso a paso.

0 textonautas opinan: