Terminó la beca del FONCA. Por fin, debería apuntar como prefijo. El año reciente fue duro. Muchas veces agónico; otras, solitario, desesperanzador; la mayoría, rico. El proceso de escribir una novela se lleva todo consigo: surge la necesidad vital de escribir solo ese libro, pensar como piensa ese libro, creer que tú eres el personaje principal —prácticamente yo soy Adunar, como diría Flaubert con Madame Bovary— y estás limitado para invertir tu energía en otros proyectos.
Sin embargo, me gustó el tránsito de la nada al borrador de lo que se convertirá en un futuro en mi primera novela. Descubrí por ejemplo cuán ignorante soy respecto a música, cine, pintura y otros menesteres básicos para fundamentar un escenario o una localización geográfica al interior del texto; que carezco de muchísimas lecturas, en específico de Clásicos; que mi sintaxis es un caos; que soy descuidado al corregir; que uso muchos “que”. Sin embargo, también comprendí mi situación como escritor. No soy de aquellos escritores quienes recibieron una beca a los diecinueve años y, desde entonces, no se han dedicado a otra cosa que a leer y hacerse amigo de otros escritores que los alimentan intelectualmente; tampoco tuve chance de estudiar en un liceo o en una escuela de la cual egresara con dominio de dos idiomas, y me abriera el pasadizo rumbo a un destino brillante. Hoy apenas puedo leer un párrafo en Inglés. Mal, por cierto. Mi secundaria se llama Leopoldo Ayala y se ubica en Mixcoac. Mi prepa, la 8, está en Plateros. Soy de la UNAM. Entonces, mi proceso equidista del de la mayoría. No es que me queje, pero, cuando los tipos, mis coetáneos, que publican libros actualmente, eran adolescentes y caían con languidez sobre sus camas, junto a un vaso de leche tibia con galletas en un platito sobre el buró, y extraían su volumen de Charles Dickens debajo de la almohada, yo aprendía a pelear y salía a la jungla de asfalto —no hay que temerle a los lugares comunes: son efectivos— a buscar empleo en alguna papelería para seguir manteniéndome la prepa, sitio donde los chicos me negaban su charla y cuya única noviecita que tuve ahí me dejó porque yo era pobre, sí, como suena; o debía encontrar a mi padre para que cubriera la renta del cuarto de vecindad donde crecí, antes de que nos arrojaran a la calle, y donde pasé tardes enteras, días, si acaso, bebiendo agua tibia para mitigar el hambre a la que me sometió la infamia de la bastardía. Esta fue mi suerte.
En efecto, no soy un escritor exquisito, de tintes puros. Soy un callejero, admirador de las mujeres y dipsómano gozoso. Hoy menos, sí. Hoy estable, pero mi esencia se mantiene cuando escribo. También soy un poeta. Mis textos tienen más poesía que muchos sonetos dicen poseer, escritos por la caterva del tipo de escritores que aludo aquí. Sin embargo, el contrapunto, es que poseo una vitalidad alarmante y sensibilidad en abundancia —mi orgullo— para la cual no existe libro ninguno capaz de contenerla (momentáneamente). Porque sin sentir, la literatura vale para nada; sirve únicamente para mostrarla a los brothers en día de junta. Sin sentimiento redactas —verboide justo: redactar— uno o dos libros y en seguida vámonos a escuchar a Haydn. Se acabó.
Sé que me quejo mucho. Pero estoy en mi derecho a hacerlo porque he conocido la vida y he comprobado que es una mierda. Anda, muchacho, intenta demostrarme lo contrario y te daré cinco razones aparte para encaminar tu mentira al precipicio. Una de éstas se llama John Fante. Léelo. Otra más: Dostoievski. Sin embargo, jamás he pensado en el suicido o lastimarme. Es mejor quedarse aquí, frente al teclado, con los huevos bien puestos, como guardia en un palacio del Imperio apunto de ser conquistado por el enemigo, listo para empuñar el culo del fusil y ejecutar con palabras. Es mejor quedarse aquí y fastidiar y lastimar al mundo, ejerciendo el suicidio funcional.
Como siempre, soy un manojo de digresiones. Todo por escribir en la oficina durante un día de cierre en la revista, bajo la zozobra de haber sufrido robo a mi cuenta de débito y timado después por el banco.

5 textonautas opinan:
Aplauso por esta entrada. Confirmo que tenemos bastante para conversar. Desde un frente distinto he convergido en ese conocer la vida y en el sentido de la escritura como una trinchera. ¡Sigamos pues!
Abrazo.
Sigamos pues en esta trémula trinchera, una telaraña que la lluvia azota y jamás rompe. Un abrazo.
Siempre he considerado "benéfico" para la literatura que los chicos que dejaron de tomar leche con galletitas -o nunca la tomaron- y aprendieron a pelear a los diecinueve -o antes- escriban, revitalizan a las letras mismas, a los lectores.
Saludo,
Yan.
Enhorabuena por los descubrimientos que tuviste en este año. Para ser escritor no se puede ser sino un observador, y para ninguno de ellos puede pasarsele por alto que este mundo está jodido. Es lo que nos toca, a escribir de ello.
Un abrazo y espero volvamos a compartir beca el próximo periodo
Gracias por tu comentario, Yan. Espero que tu presagio se cumpla. Un saludo grande.
Noel: Es un placer tenerte por acá, leyendo mi bitácora. Ojalá nos encontremos muy pronto. Un abrazo.
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