Sábado. Ella y yo nos dirigíamos al bautizo de Efra, el hijo de nuestros mejores amigos. Ella vestía una falda negra tableada, como abanico suave, que la hacía lucir esbelta y atractiva.
La tela era fina y cuando yo pasaba la mano sobre su pierna se adivinaba la textura de las medias debajo. El roce contrastante de las prendas. Arriba, en los hombros, una capa afelpada color hueso le cubría el cuello y el pecho que la blusa de tirantes dejaba vulnerable al embate del frío de noviembre. Recorríamos en taxi por una avenida que desconozco, lejos, allá en el sur de la ciudad, donde se levanta en cierto punto el monumento en el cual dos hombres empeñan sus brazos y esfuerzo monolítico sobre herramientas de construcción. El sol caía encima de nuestra piel apenas entibiándola. El armazón de los lentes de ella resplandecía rojo semejante a una envoltura de chocolate.
La tela era fina y cuando yo pasaba la mano sobre su pierna se adivinaba la textura de las medias debajo. El roce contrastante de las prendas. Arriba, en los hombros, una capa afelpada color hueso le cubría el cuello y el pecho que la blusa de tirantes dejaba vulnerable al embate del frío de noviembre. Recorríamos en taxi por una avenida que desconozco, lejos, allá en el sur de la ciudad, donde se levanta en cierto punto el monumento en el cual dos hombres empeñan sus brazos y esfuerzo monolítico sobre herramientas de construcción. El sol caía encima de nuestra piel apenas entibiándola. El armazón de los lentes de ella resplandecía rojo semejante a una envoltura de chocolate.
Yo iba atento al camino, alternando miradas furtivas al taxímetro y a las manos sobre el volante del viejo conductor, que escuchaba en la radio una estación de corte popular mientras la avenida se mantenía parcialmente congestionada de moteados y descascarados vehículos en marcha. Desconfío de los taxistas de la ciudad porque con frecuencia me roban o alteran la ruta para cobrar unos pesos extra. Además, últimamente había escuchado de secuestros y vejaciones en los mismos, por lo tanto, mi grado de ansiedad tocaba un punto mayor en la escala de lo aceptable.
Mas no importaba. Ella venía tranquila, con el bolso blanco sobre las rodillas, y la sonrisa trazada sobre los labios, ésa tan suya, nunca desaforada ni impuesta por la cortesía, mejor dicho, un gesto inacabable que sólo precisa un poco de energía para manifestarse. Yo, en cambio, deseaba que llegáramos cómodos, con bien y sin contratiempos. Consentirla.
En días anteriores las rencillas entre nosotros se vieron acentuadas por mis pendejadas. Me gustaría usar aquí alguna palabra más elegante: estulticia, imbecilidad, pero lo que había hecho no es más que esto: una pendejada. Ella desde entonces se ha sentido incómoda, con la confianza palpitando en el extremo de una frágil telaraña que se esparce frente al abismo.
Dimos vuelta. La radio anunció un concierto de música norteña en Chalco. El taxista traía las ventanas abajo y el vello grueso de sus brazos se alborotaba al medio día. Es un viejo correoso, pensé. Yo tenía la nariz congestionada y mi garganta era un incendio forestal. Hace tiempo que no me atacaba tan duro un resfriado. Esta ocasión me sentía aletargado, viendo las imágenes del momento bajo la influencia del ibuprofeno apabullándome la frente.
De pronto una catarina voló hacia el interior del auto. Roja. Veloz. Las alas transparentes y extendidas. Se detuvo en su capa. Ella le aproximó la mano y la catarina trepó al dedo anular. Después brincó a un costado: ella la siguió con la palma abierta, intentando encajonarla después en el cuenco de la mano. Verla gritando: “Una catarina, una catarina”, me hizo sentir algo. Fue el despertar de una emoción oculta en los antros y válvulas cardiacas, endurecida a fuerza de malos entendidos y desatinos aparentemente irreconciliables. Algo poderoso, chispeante en todo mi cuerpo, me hizo volver hacia ella y observar detenidamente sus gestos, la ruta pausada de cada ademán dirigiéndose hacia uno y otro sitio de la atmósfera cerrada del auto, persiguiendo el aleteo del coleóptero: un freno al tiempo y el espacio. En tanto acariciaba el caparazón de la catarina con los dedos, ella se convirtió a partir de ese instante en lo que más amo. Un sueño hermoso.
“Lo lamento”, dije próximo al silencio. No tenía más palabras para describir el estremecimiento que distorsionaba ahora la lejanía en siluetas titubeantes de vapor. Soy un hombre que está aprendiendo a entenderte. Soy un hombre ciego que a tientas camina. “Lo lamento”, volví a decir. Sé que ella no escuchó. Espero que ahora lo esté leyendo.

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