A la entrada de mi departamento, adherida a una pared, escrita con tinta roja en una ficha blanca, con letra fantasía, se lee: “La soledad resulta peligrosa para las mentes que piensan demasiado. Necesitamos ver a nuestro alrededor a hombres que piensen y hablen. Cuando permanecemos solos mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío”,
fragmento de El Horla de Guy de Maupassant que apunté primero en un papelito una mañana de 2004, el cual ha sobrevivió de una u otra manera a dos mudanzas, al colarse entre las páginas de algún libro (esta ocasión reciente, en Los relatos, I: Ritos, cuentos completos de Julio Cortázar, de Alianza Editorial), o a la quema de mi biblioteca en 2008, bajo la borrachera del insomnio que me atenazaba la cordura aquellos días extravagantes. Bien, esto último no es cierto, pero al mencionarlo se me antojó provocativo.
Aquí lo importante es que tal cita que ahora se lee a la entrada de mi casa, es harto razonable: anoche, mientras leía El mar de John Banville, tirado en la cama y el cobertor azul cubriéndome —regalo de mamá antes de morir atragantada por un huesito de pollo—; con mi gorro de lana en la cabeza, como dormía Nabokov, escuché intempestivamente una retahíla de toses y, ¡santo cielo!, enseguida, el cuerpo de un hombre que parecía al borde del sofoco, pataleando desesperado y azotándose contra los muebles. Evidentemente, pensé que el vecino del departamento de abajo había caído presa de un malhadado huesito de pollo. “Pobre, tipo”, musité, “ojalá la libre pronto para que el edificio entero pueda dormir”. Así de repentino como se inició el alboroto, el joven calló. Bien.
Dos horas más tarde, cerré el libro y apagué la luz de la recámara. Crucé los brazos por detrás de la nuca y prendí un cigarro. La colilla era una diminuta roca fundida palpitando entre mis dedos. Ahíto de silencio, los cristales de las ventanas comenzaron a temblar, como lo hacen las bocinas de un estéreo mal ecualizado, claro, muy bajito, inclusive en franco descenso.
Una vez que hube conciliado el sueño, en el cual mi amigo de la secundaria, El alemán, porque sufría desde la niñez un problema bajo la lengua que le imposibilitaba hablar el suave y cadencioso acento defeño, y más bien imitaba, mediante el acumulo de erres, un prototípico acento alemán, que el resto de los chicos de la escuela identificábamos por películas como Comando o Rocky, muy de moda entonces y muy retacadas de corpulentos hombres alemanes, maldiciendo. El alemán —para nada cargado de hombros; más bien, de cuerpo menudo y panza contradictoriamente fofa—, me decía en este sueño que se había casado con la chica rubia, casi albina, sombrero rojo coqueto que, montando un buldócer (eso era, ni modo), cortaba el césped allá en la lejanía campestre. Nosotros la veíamos trabajar desde el dominio visual que ofrecía la plataforma elevada, ¿una torre de castillo?, donde él y yo charlábamos, sosteniendo copas de whisky a medio vaciar. El alemán estaba a punto de presentarme a su esposa, cuando un ruido me despertó: algo como el chasquido del bate de beisbol cuando golpea la pelota. Obviamente retuve el peculiar sonido en mi cabeza porque fue breve y no se repitió. Dos, tres, cuatro ocasiones parpadeé, intentando adaptarme a la oscuridad, aún desconcertado. Prendí otro cigarro. Di una calada profunda. Expulsé el humo tan fuerte como pude hacia el rostro de la esposa del alemán —mirada azul y cejas carbón; labios rojo sangre, de incuestionable bondad erótica—, que asomaba ahora etéreo, no menos espectral, en la ventana abierta, a través de la cual se colaba un vientecillo tórrido junto a murmullos nocturnos. Crucé los brazos detrás de la nuca, la mujer fue convirtiéndose en una muselina que después cayó suavemente sobre mi cara. Cerré los ojos y el perfume de su presencia me arrancó una sonrisa. Tomé el reloj despertador para revisar la hora: 4.38 am. Me levanté. Metí los pies en las chanclas y anduve de aquí para allá en la oscuridad del departamento, a momentos pensando en que anhelo tener un amigo, un amigo que no juzgue mis locuras y frecuentemente las comparta; echo de menos recibir un visitante, que cuelgue su abrigo en el perchero solitario junto a la cita de Maupassant, y a continuación veamos la película del padre que busca a su hijo: ¿Flores rotas? Sí, ésa. Verla sin que me inunde ese pálpito en el pecho de cuando mi amigo me rechaza, porque no soy lo que él espera: “Qué película tan horrible. Qué amigo tan horrible. Qué hijo tan horrible”. Poco antes de volver a la cama —empezaba a agotarme y el sudor recorría mis sienes—, anhelé una invitación a tomar café, tal y como sucediera años atrás, durante una tarde de Otoño, temporada de luz que juguetea sobre la cara de los viandantes al capricho de la superficie del americano. También, extrañé a mamá, y el huesito de pollo, y su mirada triste y cansada al momento en que me abandonó a mi suerte en este sitio, sin agua sin luz ni comida, sólo por sustento una máquina de escribir para encarar el paso avasallante de la vida y el horror de lavarse la boca porque la caries… la caries mata la dentadura y el día menos pensado, te asfixias en la noche con la muela que trastabillaba al fondo del paladar. Me revolví en el pasado hasta quedarme patidifuso sobre el colchón. Me revolví en el pasado hasta quedarme patidifuso sobre el colchón. Hasta quedarme patidifuso sobre el colchón. ¡Aquí debería aparecer un cobertor! ¡Dónde está ahora!
No soñé.
No hubo rubias ni amigos de la infancia. Tampoco al despertar hubo un juego de beisbol sobre la tierra fértil de mi pensamiento. Levantado, comencé a hacer mi maleta para irme a la cocina y calentar el agua del último café. Bien, esto último no es cierto, pero al mencionarlo se me antojó provocativo.
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