“Algunos años más tarde cuando el Círculo ya había entrado en mi vida y yo era un periodista melancólico, lo volví a ver. Hudson era un vagabundo que mendigaba alcohol en los bares. No había escrito nada pero siempre hablaba de la gran novela que, febrilmente, construía.
Al verlo se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Qué era yo entonces sino el ínfimo periodista de una redacción de sonámbulos? Como todos los colegas, estaba destinado a envejecer con los muebles del diario mientras corría en mí un torrente de incertidumbre. Tenía un libro de cuentos terminado, una obra imperfecta que yo estimaba con ciego cariño… Los otros dos chicos que trabajaban conmigo eran Sergio y Juvenal. El primero era una especie de ogro hermoso, un joven robusto y algo desaseado que tenía el corazón de un niño. Su máxima aspiración era hacer una película gore, cantaba en una banda de rock garaje que copiaba mal a los Stooges y siempre llegaba tarde a todos lados. Juvenal, por su parte, era un escritor talentoso cuya extrema timidez lo liquidaba hasta el punto de hacerlo rencoroso y calculador. Nunca fue mi amigo por decisión suya (sabía que yo también escribía y esto, en vez de acercarlo, alimentó ese ánimo competitivo con el que se enfrentaba al mundo). Yo, que apreciaba sus lúcidos comentarios como detestaba sus dardos venenosos, no podía dejar de sentir cierto aprecio por ese chico inteligente y resentido”.
Este fragmento pertenece a El círculo de los escritores asesinos, novela del escritor peruano Diego Trelles Paz, editada por Candaya (2005). La cual leí, si la memoria no me traiciona, en el verano de 2008. La cito porque al llegar a casa hoy por la mañana estuve pensando en mi timorato ánimo para escribir y, específicamente, para escribir un libro. También pensé en todo el tiempo que he permanecido noqueado, babeando sangre tirado sobre la lona, por pretextos como pensar en lo timorato que soy. Valga la contradicción.
Cuando fui a la recámara, observé en el librero al lado de la cama el lomo negro de esta novela que me resulta aún estimulante. El libro es un expediente que da testimonio sobre la formación y decadencia de El Círculo, grupo literario conformado por jóvenes escritores de Lima que a principios de la década del 2000 asesina a García Ordoñez, el crítico más famoso del Perú. La trama consiste en descubrir —con la información que brindan los manuscritos reunidos por Alejandro Sawa, partícipe de El Círculo y comentador a pie de página— ¿quién?: Ganivet, Chato, Casandra o Larrita disparó el arma aquel día aciago. Sin embargo, el libro no es una pesquisa de detectives (claro, homenajea desde el epígrafe a Los detectives salvajes de Bolaño), más bien, yo diría que es el largo lamento de aquellos escritores jóvenes que renuncian, ya sea por cansancio, ya sea por falta de motivantes del mundo que los circunda, a la literatura. Es el canto de los derrotados que algún día cruzaron nuestra mirada con un cuento o fragmento de novela bajo el brazo pero que fueron devorados por la oscuridad de las buenas intenciones o por el hambre del éxito jamás satisfecho.
A diferencia de muchos, me gustan las novelas y cuentos en los que el personaje principal es un escritor (¡aquí hay cinco!). Los infortunios a los que se enfrentan estos personajes son, para mí, una especie de compañía reconfortante.
Tomé la novela, pasé los dedos sobre el filo de sus hojas y seguí encandilado el camino de los post-it que señalan mis párrafos predilectos. Supe aquí que mi vida se ha convertido en la recolección paulatina de las notas, líneas punteadas bajo una oración, resaltados, separadores viejos que he hallado recientemente entre muchos de los títulos de mi biblioteca exigua; digamos: soy, más que nunca, un ser melancólico que recolecta el rastro de los viejos tiempos entre las páginas de un libro (ocurre también con las fotos y calcomanías que hace poco encontré al mudarme en viejas cajas que creí perdidas). Busco porque estoy construyendo un puente hacia el otro lado de mi vida y los primeros metros, erigidos en lo alto, deben quedar firmes para concluirla. Bien asentados los pilares. Por ello, ahora que voy a la mitad de la edificación, vuelvo y checo que el cemento se haya endurecido completamente y resista un temblor. Sólo así puedo seguir sin despeñarme hacia el vacío.
El círculo de los escritores asesinos me habla de lo que fui, de las ilusiones que tenía (tengo), pero básicamente de escribir por el mero gusto de sentirse bien con uno. Me ha pasado con frecuencia que escribo para alguien: “¿Le gustará a sutanito? ¿Le entenderá menganito?” y al mismo tiempo recibo, desde el ogro de mi mente, la retroalimentación despiadada y destructiva de “mejor te hubieras dedicado a ser maestro de educación física”. Ello me paraliza.
Para Diani, con amor, para Miguel, Juanjo y Carlos porque saben de lo que hablo.“No es momento de derrumbes, amigo mío, todavía no. Aún le queda mucho por decir y, si usted se abandona, no habrá camino de regreso al mundo. Sospecho que en este cuaderno misterioso que oculta, hay páginas de enorme validez que no deberán perderse. Sígalas escribiendo. Es ése mi consejo. Escriba y escriba, todo lo que pueda; escriba hasta que ya no sienta el pulso, hasta que ya no le queden palabras en la garganta y se le haya marchitado toda inquietud. La literatura será la llave y, entonces, acaso sin moverse, usted será libre. Pero ahora mejor descanse el cuerpo, enfríe bien esos nervios e intente cerrar los ojos que yo me quedaré en la puerta de la celda velando su sueño”.

3 textonautas opinan:
Hermano, el libro que comentas es parte de mi lista de búsquedas no encontradas. Gracias por la dedicatoria, sé de lo que hablas, pero más allá, creo que entendemos el mismo idioma.
Por supuesto que no es momento de derrumbes, sino de seguir construyendo con estructura firme. Aquí estamos.
Abrazo.
Pues este libro anda por acá en mi librero para cuando lo requieras, JJ, ya sabes la regla básica: sólo regrésalo a su lugar después de leerlo porque es un regalazo que me hizo mi chica... Construyamos con puro concreto indestructible... Un abrazo.
Lo que quería señalar era sobre todo esa coincidencia en ciertos gustos e intereses. Pero agradezco la oferta que sin duda algún día de estos tomaré, quizá la próxima vez que nos veamos :)
Abrazo.
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