viernes 27 de enero de 2012

Ascenso, éxito y caída de una revista de rock

Ese sábado Édgar y yo fuimos al tianguis del Chopo a comprar “Tatuajes de pólvora”, el primer disco de Cabrito Vudú, que al fin llegaba original, y no pirata, a la ciudad.
Había ahorrado durante semanas la mitad del sueldo de la papelería donde trabajaba a diario, de cuatro a diez de la noche, sacando copias y haciendo engargolados. Édgar era mi amigo desde la escuela primaria y trabajábamos ahí: su prima era la dueña del local.
El sol ardiente no dejaba frescura bajo ningún árbol y la polvareda que recorría a breves remolinos la calle se metía en la nariz. Sin darle importancia a la tos, él cantaba el sencillo del Cabrito, que sonaba entonces en Órbita 105.7: “Son los colores del pelo, que llevas, cuando todos lo ven café, son los tatuajes del cuerpo, que llevas, cuando nadie los puede ver”. Y yo hacía segunda con una entonación horrible: “Y es que ahora estoy, fuera del abismo, tanto corazón no me bastó”. Mientras, recuerdo, yo acariciaba en el bolsillo de los vaqueros los 70 pesos en monedas de diez y el boleto del metro para regresarme a casa.
Un perro callejero babeaba echado sobre la banqueta, el pellejo se le incrustaba entre los costillares en cada jadeo. Muy cerca, se oía un concierto de hardcore en el foro improvisado del tianguis y los batacazos estallaban en el cielo. A nuestro lado pasó un punk flaco, la cresta le resplandecía roja, igual que crines de caballo salido del infierno. Más o menos así. Vestía pantalones a cuadros entallados y chaleco de piel sintética; tatuado en el hombro, un esqueleto con guitarra en mano. Se detuvo, giró y se nos quedó viendo para enseguida pasar de largo.
—Voy a tatuarme el logo del Cabrito —dije a Édgar—. Aquí, en la espalda.
—¿La flama con cara demoniaca? —dijo; la gorra de los Lakers le cubría parcialmente los ojos.
—No es demoniaca. Más bien, maliciosa.
—Estás bien loco. Y luego, cuando seas viejo, vas a traer ahí el tatuaje, cargando a tus nietos, ¿no?
—Pues ni modo, me gusta mucho el grupo. Además, podré acordarme de cuando lo hice, recordar una época.
Llegamos al tianguis. En los primeros puestos, un chico gordo con playera de Joy Division vendía chamarras viejas y botas que parecían hechas de madera pintada a mano, otro por allá tenía tendidas en el piso revistas viejas de La Mosca. Leímos las portadas y Édgar dijo, en broma y en serio, ingenuo y difuso, como surgen muchos proyectos cuando eres joven, que deberíamos hacer una revista de rock, por lo menos un fanzine. Desde muy chico, yo había querido trabajar en una revista. Mejor si era de rock. Reseñar discos, hacer entrevistas con las bandas que me gustaban. Le contesté que sí, que podríamos utilizar el texto que había escrito hace poco sobre Los Tres y él podría, además de diseñar, escribir sobre el nuevo disco de Fórceps.
Llegamos al puesto de discos de rock en español. Tras un par de ojeadas, despegué de la tira de cinta canela en la que pendían varios títulos, el disco de Cabrito Vudú. Todavía puedo sentir el sol a medio día calentando mi camiseta de The Cure, obsequio de Dada-X, antro donde entonces despachaba cervezas las noches del fin de semana. O el plástico recubriendo la portada del disco y ahí lo sorprendente del logotipo, que tatué en mi espalda meses después. Extendí los 70 pesos al vendedor, un tipo de piel morena, cabello largo y ajustados vaqueros con un parche de La Polla Records en la pernera. Y fuimos a tomar una nieve de limón que Édgar me invitó, sentados en la banqueta, mientras especulábamos los contenidos de aquella hipotética revista, fanzine, panfleto u hoja volante. Lo que fuera. Teníamos veinte años y Édgar quería ser diseñador gráfico y yo editor, periodista, escribano, en una revista. Como desconocíamos todo de cómo se hacía una publicación así, nos devorábamos las de entonces para ver de qué se trataba: La mosca, Nuestro Rock, La Lengua, Mescalito, La Banda Rockera, Códice Rock, todo lo que pudiéramos. Curiosamente, hice este ejercicio cuando entré a trabajar a Yo con Diabetes, sólo así se aprende a planear un artículo: viendo cómo lo hacen los otros.
Ha pasado mucho tiempo desde entonces. Mi vida ha dado volteretas interminables después de aquellos días de ir a comprar un disco y escucharlo con Édgar, tirados en la alfombra de su cuarto, en casa de su tía en la Roma, hablando de esa revista de rock que deberíamos editar, en tanto escuchábamos a La Gusana Ciega. Y si alcanzaba el tiempo, hasta un cuento insertaríamos, uno donde hubiera sexo después de una tocada. Sí. Esa publicación existió: Reseña Rock se llamó y la reproducimos en fotocopias que él repartía en la ENAP y yo a otros amigos de la ENEP Acatlán.
¿Qué habrá sido de Édgar? De el púas, como le decíamos en la primaria. Nunca he tenido otro amigo como él (distintos, claro). Mismos intereses, las mismas camisetas rotas e idénticos tenis de básquetbol raídos con los que jugábamos tardes inacabables en el deportivo de Plateros.
Ahora queda poco de este ímpetu juvenil: se ha convertido en paciencia luchona, que a veces se extingue y acabo tendido en la lona, desganado y triste. Queda poco de esa ilusión que te hace creer que el mundo es más fácil, y no una interminable película de frustración, miedo y soledad. Un mundo en el que sobrevives con nieves de limón y saltando con Riesgo de Contagio en un concierto gratuito en el Monumento a la Revolución, mientras otros chicos agitan los brazos al viento, en el momento más libre de su vida. Sí. Ahora las alegrías son otras, jamás lo negaré. Sólo que este tipo de recuerdos afloran junto con los últimos rayos de sol de una tarde como esta, en que hilos dorados brotan entre las nubes de un enero preñado de recuerdos. Una tarde que poco a poco va dejando a oscuras mi departamento, y en tanto escribo sentado a la mesa del comedor, oyendo a Cabritu Vudú.




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