De niño, mi padre nunca me dio un consejo, jamás me dio un abrazo sincero y nunca me golpeó. Mantuvimos así una relación indiferente por alrededor de veintisiete años, como si no existiéramos el uno para el otro.
Es decir, a partir de mi nacimiento hasta que mamá y yo supimos que había muerto de una trombosis en 2007.
Jamás hablamos de chicas, nunca me llevó a un putero, tampoco jugamos futbol ni me enseñó a manejar y lamentablemente jamás bebimos una cuba en una cantina. Saben, siempre admiré a mi padre por buen bebedor. Los niños admiran las habilidades de sus padres. Unos admiran que sean ingenieros, comerciantes o abogados. Admiraba al mío porque era buen bebedor, porque leía el periódico Esto y porque era un excelente mecánico de máquinas de escribir, negocio de amplio futuro. Eso soy muchachos, hijo de una obrera y un mecánico. Se entiende entonces por qué durante mi joven e impetuosa juventud, con el pecho pletórico de indignación social, pertenecí al Frente Zapatista y por qué trabajé en dos asociaciones civiles intentando ayudar a gente necesitada. Cuando me enteré de la muerte de mi padre, yo había hecho más activismo que cualquier estudiante de la Facultad de Economía o de Ciencias Políticas.
En esa larga ausencia de veintisiete años, entendí una cosa: no puedes ver por ningún otro ser humano si no estás satisfecho contigo, si no rellenas previamente el vacío de tu existencia. Mandé al diablo todo y comencé a ver por mí porque de otra forma nadie lo haría. Me mudé a vivir solo, me enrolé en una editorial importante y aprendí a nadar.
De niño, infinidad de veces, esperé a mi padre en la puerta de la casa. Recuerdo que salía a jugar carreterita al patio de cemento bruto donde Édgar, mi amigo de la escuela primaria, y yo habíamos trazado con Vinci una pista de curvas y planos inclinados. Cómo nos divertimos en aquella carreterita. No hacían falta pistas eléctricas ni video juegos ni ir al cine, sólo un par de cochecitos y nuestro dedo golpeando sus minúsculas carrocerías. Sin embargo, yo jugaba en solitario frecuentemente porque los abuelos de Édgar no le permitían venir seguido a la vecindad, decían que era peligrosa, con sus cuartos derruidos y hombres fumando mariguana en la entrada. Ahí esperé a mi padre. A la entrada del cuarto. La mayoría de las veces, nunca llegó, jamás vivió con mamá ni conmigo. Sólo nos visitaba muy de cuando en cuando. Una vez cargando una pequeña tele; otra, con una bicicleta; por último, con un balón de futbol. No todo fue malo. Papá y yo comimos tortas de pierna en la Castellana y cuando enfermé de varicela, a los dieciocho, compró mis medicamentos. Recuerdo que al verme tirado en la cama, con cinco kilos menos y cráteres en el rostro, me abrazó. Sí, esa ocasión me abrazó, el único abrazo verdadero.
Ahora escribo una novela pensando en él. Papá, eres un hijo de puta afortunado. Mis medios hermanos y tu matrimonio legítimo jamás harán algo idéntico por ti. Los hijos con quienes sí jugaste futbol en el parque los domingos, los hijos que estudiaron una licenciatura sin necesidad de servir tragos en un bar para pagársela, los hijos que heredaron tu casa en Cuernavaca y la llantera “Sí hay” de Cancún, los hijos que fueron a casa para hostigar a mi madre y decirle que te dejáramos en paz, que debíamos ver por nosotros mismos porque tú habías enfermado y ya no querías saber nada de nosotros. Ellos no. Yo sí. Yo sí te dedico mis palabras a pesar de que nunca me quisiste. A pesar del problema que padezco, pues la deficiente alimentación de niño me echo a perder la cabeza, lo cual no me permite articular correctamente las ideas cuando hablo ni tampoco me permite aprender idiomas ni mucho menos pronunciar correctamente algunas palabras del español porque simple y llanamente no recuerdo cómo se pronuncian. ¿Por qué creen que escribo? No escribo para que me quieran ni para ser estrella de nada, escribo porque de otra forma no podría expresarme. Qué curioso, papá, el hijo que nunca quisiste ahora te hará inmortal.

5 textonautas opinan:
Me gustaría saber si es ficción o no. Si es ficción opino con mucho gusto sobre lo escrito, si no lo es, si sólo es catarsis, no hay opinión que valga.
Hola, muchas gracias por leer. En realidad no tengo una respuesta a tu comentario. O quizá sí: "Imaginando que invento todo lo que escribo,
las cosas adquieren un sentido,
inexplicable, es cierto, pero del cual sólo podría dudar
si dudara simultáneamente de mi propia existencia".
Juan Carlos Onetti
Un saludo.
Para mí todo iba bien hasta el último párrafo. Produce extrañeza.
Saludos,
Yan.
Okey, Yan. Si el río suena es porque piedras lleva... Gracias por leer, siempre es bueno saber que andas acá. ¿Creo que tu blog ya no existe, verdad? Un saludo.
Sí, sí existe. Recién lo he retomado.
Saludísimo.
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