miércoles, 11 de mayo de 2016

El fuego a bocanadas: Ribeyro, tabaco y literatura


Mientras tacha algunas líneas en el cuadernillo que sostiene frente a sus ojos, Juan Carlos Onetti fuma tendido en la cama. Enseguida, a riesgo de que la ceniza encorvada en la punta del cigarro se desintegre en el aire, deja el bolígrafo sobre la colcha y se inclina a sorber el vaso de whisky dispuesto en el buró. A décadas de distancia, frente a la ventana, Raymond Carver presiona unas teclas con las manos amarillas de sol. Tiene el cenicero retacado de colillas al lado de la máquina de escribir y la fascinación contraída en el ceño. Con el tiempo medido entre las jornadas en el aserradero y otro domingo de pesca esperándolo, depura las frases de un dilema doméstico más, en tanto enciende un cigarro con la punta del anterior. 

Tabaquismo es sinónimo de literatura. La nicotina viaja por el torrente sanguíneo hasta el corazón y las ideas repiquetean en el avispero que gesta vida en la página en blanco. También, la calada incesante frena otras manías —desde rascarse la nariz hasta la trillada cacería de moscas— para que la concentración corrija sin vacilo la arquitectura de los párrafos. Así, los escritores suspenden sus necesidades fisiológicas a grado latente durante este periodo. Persiguiendo historias por horas, sólo la bocanada encaja en sus letras, nada ni nadie más lo logra.

«El cigarro llega a ser parte íntima de la persona y la relación establecida alcanza un profundo contenido emocional. De ahí que alejarse de él constituye en muchos casos un verdadero y profundo duelo; una pérdida, que aun siendo deseable por parte del fumador, puede dejar un hueco enorme», apunta en La última bocanada. Cartas de despedida al cigarro la doctora Guadalupe Ponciano, directora de la Clínica Contra el Tabaquismo de la Facultad de Medicina de la UNAM, en donde el método para abandonar el hábito tabáquico, además del suministro de fármacos, se basa en un tratamiento psicológico. El paciente se despide del cigarro a través de una carta, que, como podría esperarse, es una disertación de amor-odio, regularmente inclinada al primero. A pesar de que los pacientes acuden a este lugar con síntomas de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), en su carta ninguno maldice al cigarro. Al contrario, algunas mujeres lo llaman mi amor, o algunos hombres vinculan el goce de cada pitada con un masaje al cuello. De esta misma forma, muchos autores le han escrito cartas, si no es que tratados, al tabaco, sólo que en lugar de despedirse de él, le han jurado lealtad a pesar de que poco a poco los destruye.

Uno de los más grandes fumadores de la literatura latinoamericana es Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994). Además de novelista, diarista personal, dramaturgo y crítico literario, es en especial como cuentista que ha conseguido un prestigio creciente al paso de los años. En sus historias, deambulan seres fracasados e inseguros, quienes para sobrevivir se transforman en salvajes, sumidos en una silenciosa resignación; por lo que no es gratuito que el volumen en el que Ribeyro recopiló sus cuentos completos se titule La palabra del mudo, haciendo referencia a los «personajes desdichados, sin energía, individualistas, marginados, que viven fuera de la historia […] [en un] mundo sórdido, defectista, donde no ocurre nada grandioso», dice en La tentación del fracaso, un diario que va de 1950 a 1978, y en el que Ribeyro registró su etapa más conflictiva como escritor.

Sus relatos se dividen en dos tipos: los del Perú de mitad del siglo XX, que retratan a los habitantes de escenarios depauperados («Los gallinazos sin plumas», «Los merengues», «Al pie del acantilado»), y los relatos cosmopolitas ubicados en la Europa que le tocó vivir cuando trabajó en la agencia AFP o como consejero cultural en la Unesco, y que registran el abuso, el timo y la corrupción en diversos estratos («La juventud en la otra ribera», «Nuit caprense cirius illuminata»). 

A pesar de que coincidió con los tiempos del Boom, su obra no sería catalogada dentro de éste. Ribeyro, tímido y torpe para relacionarse con el poder y los grupos literarios, marcó distancia y por siempre escribiría con el fracaso rondándole el ego. Prendería un cigarro tras otro y sometería entre los labios la incandescencia del tabaco, que sorbería con deleite para a continuación derramarla en cada línea escrita. Sólo le importaba la gente común y por eso rehuyó la literatura que dominara el continente en aquellos años, plagada de conflictos políticos y dictadores, lo que acentúo su disidencia. Alejandro Zambra apunta en No leer: «Mientras sus colegas escribían las grandes novelas sobre Latinoamérica, Ribeyro, el orillero del Boom, daba forma a decenas de cuentos magistrales que, sin embargo, no llenaban las expectativas de los lectores europeos. Y él lo sabía muy bien: ‘El Perú que yo represento no es el Perú que ellos imaginan: no hay indios o hay pocos, no ocurren cosas maravillosas o insólitas, el color local está ausente, falta lo barroco o el delirio verbal’, dice, con calculada ironía». 

Admirador de la tradición francesa del siglo XIX —Flaubert, Proust y Maupassant—, Ribeyro desarrolló un brillantísimo estilo conversacional carente de adornos, y leerlo es seguir las palabras de un buen amigo. Uno que fuma y bebe vino en tanto describe la casa donde nació y cómo se metía a jugar con sus hermanos a escondidas de su padre en un ropero enorme que había ahí, un palacio barroco lleno de perillas, molduras, cornisas y medallones; o relata aquella vez que su novia francesa y el amante de ella, pistola en mano, le robaron el dinero que le quedaba para el mes. 

Resulta curioso que el género breve haya sido el más procurado por Ribeyro, porque si bien escribió novelas o textos de distinta naturaleza, nunca tuvieron el encanto ni la perfección de sus relatos. Podría decirse que, al menos en anchura, son un reflejo de él mismo: Ribeyro jamás engordó y se mantuvo en su mínima talla, con un cinturón que estrechaba sus pantalones a la cintura como un puño aprieta una rama. Cuenta Daniel Titinger, su biógrafo, que Julio Ramón era tan flaco que al verlo de frente uno imaginaba que seguía de lado. Esta flacura fue consecuencia de la úlcera que padeció a mediana edad, complicada por el tabaquismo, y que le cercenó el estómago. «Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cocido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. [Los médicos] me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago». El periplo quedó registrado en «Sólo para fumadores», el tratado más importante sobre esta adicción que existe en nuestra lengua. 

Ribeyro expone en este relato su teoría sobre el tabaquismo, porque está cansado, dice, de la idea psicoanalítica que vincula las pitadas con una regresión al pecho materno o una sublimación cultural del deseo de chupar un pene, algo insustentable y ridículo. De esta forma, crea una teoría subjetiva sobre la importancia del cigarro: «El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida».

A través de una prosa impersonal, punzante, pero nunca melodramática ni sensiblera, dice aquí que una tarde, desde la ventana de su cuarto en la clínica de rehabilitación postoperatoria a las afueras de París, donde debió quedarse un tiempo después de la intervención gastrointestinal, mira a un grupo de albañiles que en el almuerzo bebe vino y después fuma en la sobremesa, y es cuando, tras muchísimas recaídas, en las que a pesar de la recomendación médica volvía a fumar, parece entrar en razón y reconoce: «Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, mientras que esos hombres simples e iletrados estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más elementales. […] Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración. […] Sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer, beber, fumar y disfrutar». Chispa que inicia un nuevo e inacabable ciclo adictivo, porque menciona al término del texto: «Veo además con aprehensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que le digo adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco».

Ribeyro murió en diciembre de 1994 después de someterse a una intervención en el riñón que se complicó con una neumonía irrefrenable para sus alvéolos de fumador. Tenía sesenta y cinco años y días antes había recibido el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, pero el premio más importante que podríamos darle a partir de ahora, es leerlo con o sin bocanadas de por medio.

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Publicado en La Peste, no. 19, enero-febrero 2015.