Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Artículos. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de octubre de 2022

Celebración de lo invisible


La tendencia actual consiste en infravalorar la vejez y regodearse en la juventud. La efebocracia, que se arraigara entre nosotros a partir de los años ochenta del siglo XX, y que empleara a los músculos y la piel radiante como ariete contra la decadencia y la enfermedad, ha borrado a la senectud de un palmetazo. Vejez que asimismo pareciera invisible cuando se habla del contenido de la literatura mexicana de los últimos tiempos.

Y es lógico: “Cuando uno es joven […]”, dice el narrador de Macho Viejo (2015), “la muerte se contempla como algo tan distante, tan lejano y ajeno a nuestros ímpetus que ni se nos ocurre que algún día dejaremos de existir”.

Sin embargo, queda mucho por aprender en torno a la última etapa de la vida y esta novela de Hernán Lara Zavala (Ciudad de México, 1946) ofrece la posibilidad de experimentarla de manera poco ordinaria, muy diferente a la postración e incapacidad física que nuestra época estereotipa.

¿Cómo se vive la soledad cuando el gran amor de la vida ha muerto? ¿Qué posibilidades existen para ejercer la sexualidad una vez que el vigor amaina? ¿Cómo aparecen las enfermedades? ¿Cómo se encara la muerte?

“Un ser humano no vive para sí mismo sino encadenado a otros”, se dice aquí. “Cuando los que amamos nos abandonan, se enferman o mueren, los contemplamos en su verdadera magnitud. A veces enaltecida, a veces degradada. Lo único que perdura en esta vida y nos justifica ante ella es la constancia, la entrega y la intensidad de nuestros afectos y de nuestras convicciones.”

Así, las respuestas a las preguntas anteriores se despliegan en esta novela con una sensibilidad dulce y tórrida, escenario donde abundan el mezcal, el sol, la humedad sabrosa de la playa, y también el deseo, que nuevamente se calienta de manera inesperada, o donde la alegría fluye una vez más por las venas cuando se recuerdan los momentos que integran una vida.

Macho Viejo es una experiencia que conmueve, se pude resumir de manera sucinta, lo cual a partir de las primeras páginas se sobrepone a la resistencia que el título acusa, ya que macho es un concepto apestado y cuestionable en nuestros días, pero que Lara Zavala retoma con otra intención.

“¿Y macho? ¿Acaso te consideras macho?”, se cuestiona el protagonista. “Menos aún, pues has conocido el miedo, la vergüenza y hasta la cobardía?”

De esta manera, desluce aquí la toxicidad con la que se relaciona ese término: Macho Viejo es más bien una reflexión sobre lo varonil, con sus fortalezas y debilidades; es la mirada de Ricardo Villamonte, médico de provincias y protagonista.

Porque Macho Viejo es asimismo el apodo de Ricardo, quien ha seguido su destino de “la medicina, el mar y Rosa”. Trabaja en Puerto Marinero, un litoral ficticio que se parece al San Agustinillo o Puerto Ángel oaxaqueños.

Es un hombre de sesenta y cinco años, viudo, que a lo largo del libro le irá contando al lector qué ocurrió con su esposa Rosa. “Las relaciones que asumimos de por vida acaban irremediablemente en la separación o la muerte, a veces en la desgracia.”

Tiene amigos como Papá David, un dentista y sacerdote, que lo orienta y cura. También, le gusta el buceo, y gracias a esta afición traba amistad con un pargo, pez recluido en la soledad de una gruta tras librarse del anzuelo de uno de los pescadores de la zona.

Y continúa siendo atractivo para mujeres como Cintia, con quien tiene una aventura y cuya intimidad se muestra con una narración intensa, erótica y piadosa a la vez, que esclarece el tabú de la sexualidad en las postrimerías de la vida.

Macho Viejo es además un médico generoso: perdona el pago a quien no puede cubrir sus honorarios, e incluso recibe terneras a cambio de la consulta. Esto le ocurre con el Gavilán Pollero, donjuán de provincias al que le han macheteado el miembro las mujeres con las que vive, y que se le aparece suplicando ayuda para que se lo reimplante.

Éstas son algunas de las tramas que irán desarrollándose de manera por demás entretenida: al final de cada uno de los cuarenta y seis capítulos el autor deja cabos sueltos que más adelante se retoman. Lo cual evita que la atención decaiga. A esto se suma un estilo conciso, que emociona debido al discurso libre de explicaciones en el que sólo se muestran los ires y venires de los personajes. Como de película. 

Justamente: quizás el único detalle en contra sea el uso de los diálogos. La mayoría son naturales, pero un puñado parece demasiado literario.

La novela está inspirada en la trilogía Puerto escondido, narraciones y vivencias del Viejo (1992), Las historias del Viejo de Puerto Escondido (1993) y Puerto Escondido: Había una vez un paraíso (1997) de Roberto Cortés Tejeda (1936-1999), autor desconocido para la literatura mexicana y quien viviera en Huatulco. Es necesario establecer diálogo con los escritores de quienes nos sentimos deudores, pareciera asumir Lara Zavala en la nota al final del libro, donde habla sobre la obra de Cortés.

Las mejores novelas nos dan la posibilidad de calzar zapatos o sandalias ajenas, como en este caso. La encarnación eficaz en un cuerpo de tinta palpitante, en alguien que desconocíamos antes de abrir las solapas del libro, requiere maestría, tiento, dominio de técnicas narrativas que se perfeccionan con años de práctica. Virtud de la veteranía que el apresurado tiempo de la efebocracia* desconoce. En ese sentido, quien lea estas páginas se halla en buenas manos: Lara Zavala es un autor experimentadísimo, que prodiga recursos técnicos para narrar una historia libre de ambigüedades y abstracciones; con sólo la palabra en bañador, podría decirse.

Macho Viejo es la inmersión en un río por el que tarde o temprano descenderemos. “Ese gran río de estrellas, río de leche lleno de mundos y atestado de luminarias celestes.” Es la constatación de que somos una totalidad, masa acuática en la que abundan las mismas interrogantes, miedos y alegrías, tanto si ya se vivieron, como si su arribo se aproxima. “Somos nuestro pasado, y por ello rememorar cómo se desplegó la intensidad de la existencia en diferentes momentos y circunstancias resulta no sólo placentero, sino estimulante”, dice el narrador. Aspecto que dota al libro de una atemporalidad que se manifiesta todavía en cada uno de sus párrafos a casi siete años de haber sido editado.

_

* Neologismo de Leonardo da Jandra (Chiapas, 1951), quien cuenta con otros también muy elocuentes, como plebefobia.

Lara Zavala, Hernán, Macho viejo, México, Alfaguara, 2015, 156 pp.
_

Publicado en revista Casa del Tiempo, número 4, época VI, agosto-septiembre de 2022, p. 75-77.



martes, 28 de junio de 2022

Prefiguraciones del fin


Nada se sabe de la existencia después de la muerte, solo trazos en algunos mitos como el citado en la República de Platón, donde los dioses al soldado Er le conceden la gracia de la memoria después de su fallecimiento para que recuerde todo lo visto en el inframundo. De esa manera, volverá con los vivos a narrar cómo las tres parcas —Cloto, Láquesis y Átropos— hilan, alargan y cortan el destino de las almas, las cuales aguardan su próxima reencarnación en la Tierra. O el recuento que el padre fantasmagórico del relato “Nadar de noche” (1991), del autor bonaerense Juan Forn, le hace a su hijo durante una velada al lado de la alberca: “[El inframundo es] como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.”

No obstante, existen evidencias clínicas de que durante la agonía podrían aparecer aquellos con quienes el enfermo terminal departió en vida: familiares, amigos e instantáneas presentes a la hora señalada por Átropos, que consuelan a quien muere con renovados ojos.

Death is but a dream. Finding hope and meaning at life’s end,* del doctor Christopher Kerr, director del Hospice and Palliative Care Buffalo, en Nueva York, con la colaboración de la profesora Carine Mardorossian, recaba las experiencias de numerosos enfermos terminales, que en sus últimos momentos dicen ver a seres físicamente inexistentes en el hospital. Los ancianos presencian a los padres fallecidos durante la infancia, los niños sonríen ante la visita de su perro muerto, algunas madres arrullan entre los brazos al hijo que ya es adulto o los soldados narran con lucidez batallas inquietantes. Las visiones ayudan al moribundo a reunirse con aquellos seres amados y diluidos en el tiempo, mensajeros de compasión y de paz. De esta manera, la conciencia de quien muere le resta temor al fin. 

“Para mí, todo esto significa que las mejores partes de la vida nunca se pierden realmente. En una ocasión una paciente con demencia avanzada quería salir del hospital porque necesitaba ir a su boda”, dice el doctor Christopher Kerr para LitMed Magazine. “Rebosaba amor y alegría al revivir el mejor instante de su vida a pesar de estar cerca del último. La paradoja de la muerte es así: vemos un deterioro físico, pero el paciente está muy vivo, incluso iluminado, emocional y espiritualmente.”

Los hallazgos del doctor Kerr se replican en la literatura. O quizá sea al revés. Cuentos con sesenta años de antigüedad acreditan las presencias inmanentes a la agonía, cuando la práctica médica apenas hoy las enarbola como descubrimiento. Y para confirmarlo puede uno acercarse a la obra de Dino Buzzati (1906-1972).

Nacido en Belluno, provincia en el norte de Italia, el también pintor y periodista del diario milanés Corriere della Sera publicó en 1958 el cuento “El asalto al Gran Convoy”, incluido en la colección Sesenta relatos.

Gaspare Planetta, un viejo bandido, y el joven Pietro, de diecisiete años, planean dar un último golpe, el alivio definitivo a sus bolsillos maltrechos. Intentan robar el Gran Convoy, el tren de los impuestos que una vez al año recorre las vías cargado de oro, pero también de soldados que lo resguardan. Lo que parece un suicidio debido a que ninguno de los dos es físicamente capaz de hacerle frente a un desafío de esas dimensiones.

Mientras acechan el tren desde la colina más próxima, Buzzati le da un giro a la historia y, una vez más, como en muchos de sus cuentos, se desliza por lo maravilloso. Herido de bala a causa del disparo sorpresivo de alguno de los custodios, el viejo Planetta se tumba en la colina. Ahí, confundido y atemorizado, percibe a sus antiguos compañeros de oficio, incluso, se le aparece ensillado Polàk, su caballo muerto: “Parecían diáfanos como una nube y, sin embargo, destacaban claramente sobre el fondo oscuro del bosque. […] Los reconoció. Eran sus antiguos compañeros, los bandoleros muertos que venían a buscarlo. Rostros curtidos por el sol y atravesados por largas cicatrices, […] semblantes honestos y simpáticos, polvorientos por las batallas. […] Planetta se levantó, ya no de carne y hueso como antes, sino diáfano como los otros, y a la vez idéntico a sí mismo.” El viejo ladrón está muriéndose, mas esto lo sabe solo el lector.

Pueden enumerarse docenas de relatos de Buzzati —“Una muchacha que cae”, “Siete pisos”, “Los bultos del jardín”, “Una gota”— donde la caducidad de la vida juega un papel preponderante, pero en ninguno de ellos el escritor describe con tanta exactitud el paso previo a la muerte como en “El asalto al Gran Convoy”, cuya semejanza con los casos del doctor Kerr es asombrosa.

Y es que, desde hace mucho, ha desaparecido el sentido de la vida humana inmerso en las leyendas, fábulas y mitos. Buzzati sugiere esta idea en otro cuento, “La muerte del dragón”. En él, unos cazadores destrozan a la criatura del título y a sus pequeños críos. La masacre la llevan a cabo como símbolo de la disolución de la sabiduría de los cuentos a manos de la modernidad. Los aprendizajes milenarios que estos suministraban, en el siglo XXI han sido degradados a llana fantasía, a menos de que la práctica médica los reivindique.

Es por esta razón que libros poseedores del alma científica, como el del doctor Kerr, con “asombrosos personajes e historias de la vida real”, según versa la cuarta de forros, terminan por coincidir con una narración escrita décadas antes. ¿Cómo hizo Buzzati para encuadrar su cuento en terrenos hoy apenas descubiertos por la práctica clínica? Será porque la “historia verdadera” de inapreciable valor, sagrada, ejemplar y significativa se ha mudado a nuestros sueños y a nuestra imaginación desde hace tiempo, dice Mircea Eliade con respecto al mito.

Al final, poco sabemos. La muerte continúa siendo el primordial misterio al cual la literatura trata de dar solución. O al menos aproximarse. Para eso, contamos con un puñado de páginas, en las cuales los escritores tratan de hallar una respuesta inequívoca. La misma que puede ser muy sencilla, claro está. Como la visión sugerida en La muerte de Iván Ilich (1886), donde el funcionario zarista, el entrañable personaje de Lev Tolstói, abre los labios y pronuncia entre gorgoteos y estertores espaciados: “¡Entonces es así! ¡Qué alegría!”

_

* Christopher Kerr y Carine Mardorossian, Death is but a dream. Finding hope and meaning at life’s end, Nueva York, Avery, 2020, 256 pp.

_

Publicado en Letras Libres en marzo de 2022.

_


sábado, 5 de febrero de 2022

'Muerte derramada' de Mario Sánchez Carbajal*

La primera impresión que uno tiene al leer los cuentos de Muerte derramada es la de estar frente a un autor de experta sensibilidad narrativa. Si uno pasara de largo por la ficha biográfica en la solapa, sin mirar la fotografía ni los datos onomásticos, podría jurar que lee a un escritor de cincuenta o sesenta años de edad, es decir, a un cuentista experimentado y maduro, en completo dominio de su oficio, quien ha sorteado los años de la vaga juventud.

Esta misma impresión tuve en semanas recientes al releer los cuentos de Muerte de derramada, y fue exactamente la misma de hace siete años, cuando Mario me obsequió la primera edición del libro que hoy nos reúne. Yo había leído antes La línea de las metamorfosis (2013), su primer libro, un compendio de minificciones cuya escritura cuidadosa y resorte imaginativo me habían sorprendido. Pero luego de leer Muerte derramada, mi impresión caminó hasta el borde de aquella pendiente donde todo lector equilibra antes de echarse a correr en pos de la admiración. Esto se debió a que no podía creer lo sólidas que eran las tramas ni lo plástico de sus imágenes —especialmente esto último—, en donde pareciera que las palabras bailan en torno a nosotros o, mejor aún, nos toman de las manos para introducirnos con ritmo de contradanza al universo mefistofélico que proponen.

Porque es cierto. Las historias de Muerte derramada se desenvuelven en lo sórdido. En ellas hay niños que juegan con muñecos diabólicos, hombres desalmados que enloquecen en tugurios de mala muerte, mujeres que reciben el anuncio del fallecimiento de una hija a través de emisarias misteriosas o familias disfuncionales que asfixian a sus integrantes.

Muchas veces me he preguntado de dónde proviene la fascinación por la oscuridad del amable y tranquilo Mario que conozco. Sin embargo, luego de pensarlo, freno mi puya moral, porque reconozco que yo —o los lectores, en general— solemos evaluar la literatura como si fuera un ideario de la época, con sus sueños de justicia social y “buenismo” al fin cristalizados, en lugar de darnos cuenta de que el arte radica en nunca voltear la cara a la verdad por más que duela, en mirarla de frente, y en este caso, la verdad propuesta por Mario es incómoda, porque contiene más de nosotros mismos que todos los ideales que aparecen actualmente en las pantallas, pretendiendo reflejarnos. Es decir, negar la oscuridad del espíritu humano es una ingenuidad que ningún lector serio debería permitirse.

Volviendo a lo mefistofélico, trayendo a colación a Goethe y su Fausto, a veces pienso que nuestro autor aquí presente ha pactado con el diablo. Han pasado sus buenos once años desde que nos conocimos aquella ocasión en el encuentro de escritores de nuestra respectiva beca del Fonca, él en cuento, yo en novela, y lo veo tan jovenazo como entonces.

Es como si hubiera caído a la Tierra ya con treinta y pico años de edad, y su tiempo biológico se hubiera detenido, pero también, es como si hubiera venido a este plano con un bagaje enorme a cuestas de lecturas de escritores latinoamericanos —de los cuales él siempre me habla y yo tomo nota—, y hubiera escrito de manera magnífica desde la primera vez. Esto lo supongo debido a que jamás le he conocido un texto malo, de principiante. Y vaya que he leído todos sus libros, e incluso cuentos inéditos.

Sé que no van a creerme, que dirán que es mi amigo y le aplaudo. Sin embargo, para que no les quede duda, los invito a leer Muerte derramada, donde la oscuridad trae consigo la luz y la muerte diseminándose es el preámbulo del alumbramiento. Dinámica de la vida que solamente un viejo-joven demiurgo, como Mario, podría conocer y obsequiarnos. 

_

* Texto leído el pasado 8 de enero de 2022, durante la presentación de Muerte derramada (Malabar, 2021) de Mario Sánchez Carbajal.

El amor de Saturno

Donde yacen los perros


miércoles, 12 de enero de 2022

El amor de Saturno

Pervive en el inconsciente humano la idea de que el padre devorará a sus hijos tarde o temprano. El Saturno desgreñado y enjuto de Goya es la representación habitual de esta tendencia desenvuelta en el plano simbólico, y la cual tiene su expresión máxima en la literatura, con padres-Saturno o padres-ogro a quienes los hijos deben desafiar.

Sobre esto último pueden citarse dos ejemplos de muchos: Billar a las nueve y media (1959) de Heinrich Böll, donde el arquitecto Robert Fähmel destruye la abadía construida por Heinrich Fähmel, su progenitor; o El libro de todas las cosas (2004), novela infantil del neerlandés Guus Kuijer en la cual el pequeño Tomás aprende a librarse de su papá violento.

Escasean las obras contemporáneas donde la figura paterna sea amorosa con sus vástagos. Lo cual posiblemente se deba a que la literatura escrita en el último siglo se sostuvo en la “sociedad disciplinaria”, llamada así por el ensayista francés Michel Foucault, o en la “modernidad sólida” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Es decir, la literatura replicó un modelo masculino, el cual se petrificó en sus ideales, y bien se sabe que todo idealismo lapida cuando se fuerza a otros a obedecerlo. 

Más allá de las reflexiones al respecto, siempre será saludable para el arte ir a contracorriente de las ideas imperantes en el trecho de historia donde se desarrolla. Tirar las mentiras de la mesa y mirar la luz a través de las rendijas de lo hoy vituperado.

El protagonista de Un año pésimo (1985) es Dominic Molise, un muchacho de Roper Creek, Colorado, Estados Unidos, hijo de una familia italoamericana pobre, que a los diecisiete años desea convertirse en jugador profesional de beisbol. Es 1933 y para cumplir esta meta debe enfrentarse a su padre y al destino como albañil que él quiere imponerle, el oficio predominante por generaciones sobre los Molise.

Dominic necesita huir de casa antes de que su excelente brazo zurdo —fuerte y preciso para lanzar la bola lejos del bat contrincante— se atrofie construyendo muros de piedra. Su brazo es su tesoro y en innumerables ocasiones a lo largo del libro lo vemos acicalándolo con pomada para mantenerlo caliente durante el invierno, cuando se frena la práctica del beisbol en el pueblo. Sin embargo, como carece del dinero para el viaje a Chicago, lugar donde podría enrolarse en los Cubs, el equipo de su pasión, decide vender la revolvedora de cemento del padre y así obtener algunos dólares.

Una tarde, la sube a la camioneta que un amigo le facilita y arranca directamente a la ferretería de Roper. En el trayecto, Dominic justifica el robo diciendo que cuando sea un beisbolista exitoso le comprará al papá una máquina nueva, más grande.

Apenas se marcha, la abuela Bettina sale de la casa y le grita en italiano con ojos indignados: “Ladrón, estás robando a tu propio padre; no le hagas esto al hijo de mi vientre. Cómo quieres que mezcle el cemento, ¿con las manos? ¡Esto es América! ¡Esto es!”

La escena es impactante porque Dominic se convierte aquí en parricida simbólico. Sin la herramienta fundamental para ejercer su oficio, el hijo condena al padre al desempleo y a la crudeza del hambre que ello trae consigo. También condena a sus hermanos pequeños, a su madre y a la abuela a idéntico futuro depauperado.

Por eso, su brazo lanzador le dice a través de un monólogo interno: “Dale vuelta a la camioneta y regresa. Pon ladrillos como tu padre, cava zanjas, sé un vagabundo si no tienes más remedio, pero huye de esta ignominia”.

Vuelve a casa avergonzado y entrega al hombre la revolvedora, quien triste, ni siquiera molesto, sólo triste, lo aguarda en el porche donde ocurrió el robo. Durante la novela lo habíamos visto inflexible y seguro de la orientación dada a su hijo, a quien desaconseja una y otra vez, de buenas y malas maneras, seguir el sueño de beisbolista profesional, pues la posibilidad de fracaso es del noventa y nueve por ciento.

Cuál es la sorpresa —en uno de los momentos más poderosos de toda la obra de Fante—, que horas después el padre da el dinero a Dominic para que vaya a convertirse en pelotero: el hombre ha vendido por su cuenta el armatoste y ha conseguido los dólares que quizá cristalicen el deseo de su hijo, aunque eso represente privaciones en el tiempo inmediato.

Como el resto de la narrativa de John Fante (1909-1983), Un año pésimo se basa en su historia familiar. Sin embargo, es diferente a sus otros libros en los cuales “le carga la mano” a la figura paterna. En este caso, abandona al entrañable Arturo Bandini o al Henry Molise de sus novelas tardías, y se enfoca en su hermano de la vida real, quien tuviera el mismo deseo que el Dominic del libro y que, como es posible inferir, fracasó como pelotero y se convirtió en el albañil anhelado por el padre.

Los acontecimientos de Un año pésimo no ocurrieron como tales. Eso se da por hecho. Al menos no ocurrieron como Fante los organizó para darle salida a sus memorias de modo que nos hablaran de nuestro padre, de nuestros hermanos, de nuestros sueños.

A veces enfocándose en el alcoholismo paterno (La hermandad de la uva, 1977), a veces en sus propias ilusiones y frustraciones como escritor (tetralogía Arturo Bandini), a veces desnudando el fanatismo religioso de su madre (La orgía, 1986; El vino de la juventud, 1985), Fante nos contó a lo largo de nueve libros sobre la desventura de su familia; no obstante eso, en ninguno es posible aburrirse de lo mismo.

En éstos, la narración desde el plano micro de la soltura de las frases, la libertad para repetir un verbo idéntico en oraciones contiguas, en pos de la fluidez y naturalidad, sin la autocensura del gramático que todos los escritores llevan dentro; hasta el plano macro de los cimientos de sus historias, los cuales descansan en una delicada mas férrea arquitectura, al igual que las casas construidas por su padre, el albañil retratado aquí, el objetivo del autor es convencernos de la “verdad”, la “verdad” con la cual vivía a diario.

La literatura trata de eso. Cada autor tiene sus verdades acomodadas en la repisa. Cuando escribe un libro, toma alguna y la pone en el escritorio, la mira, la escucha. Esa verdad podría ser que los peces escupen lumbre, por ejemplo, o que los padres aniquilan los sueños de sus hijos, tal y como determinaba el mundo en el que Fante creció, o que el progenitor —y he aquí lo valioso— también puede redimir a su vástago.

No importa cuán insólita parezca la teoría, el talento gira en torno a la capacidad de convencer de ella al lector. La novela termina siendo un sistema de verdades íntimas que el escritor organiza con encanto, con lógica. Ése es el truco.

Seguramente lo narrado en Un año pésimo ocurrió a medias. Quizá Fante conocía la versión relatada por su hermano o, menos aún, poseía apenas algunos recuerdos. Tal vez ni siquiera hubo una confrontación directa padre e hijo. Pero él tomó la anécdota —que cualquier aficionado hubiera hecho añicos al contarla con un melancólico tono, depositando la valía de lo escrito en sus recuerdos (algo ingenuo)—, para dotarla del sentido y especialmente de la emoción por vernos reflejados en sus páginas, a tal punto que nos transforma cuando la leemos.

Transformación que repercutió muy alto, en la jerarquía de pensamiento que en ese entonces determinaba cuán maligno era el padre-Saturno, a quien Fante se encargó de arrancarle los andrajos y vestirlo con el amor que muchos papás sienten por sus hijos, pero que a veces ignoran cómo expresarlo.

Fante, John, Un año pésimo [1933 Was a Bad Year], Barcelona, Anagrama, 2005, 139 pp.

_

Publicado en revista Casa del Tiempo de la UAM, noviembre-diciembre 2021. 

_

Donde yacen los perros

Ventura López o un relato millonario


lunes, 13 de julio de 2020

Salamandras y palomas


En la mitología europea, la salamandra puede extinguir el fuego con su cuerpo al sortear las más altas temperaturas a raíz de su sangre fría. De ahí que este anfibio aparezca en la heráldica representado con una corona llameante o cubierto con una capa de incendios. Es común, relata Helena Paz, en esta segunda edición de sus Memorias (la primera data de 1993), encontrarlas dormidas en los medidores eléctricos de París, donde el torrente de energía que circula por los cables les cosquillea la piel viscosa. La salamandra es asimismo, para la hija de la pareja más conocida de la literatura mexicana, Elena Garro y Octavio Paz, un símbolo. Es que para la también poeta su vida fue aplacar hogueras. Apaciguar el temperamento de su padre y restañar los sentimientos de su madre fueron tareas difíciles, especialmente cuando desde niña debía tomar partido por una u otro pero, además, debía ser la caja de resonancia de los conocimientos y genialidad de ambos, algo que para cualquier niña puede ser excitante, aunque agotador: el maravilloso mundo que ella presenciaba le exigía estar a la altura del mismo, incluso sacrificando su desarrollo emocional en pos del de sus padres, como queda evidenciado en su ingenuidad amorosa de las páginas finales.

Asimismo, en Memorias se habla de una necesidad de emancipación femenina que empata con el ímpetu de nuestro momento. Y tal vez ésta sea la razón por la cual la editorial, Penguin Random House, decidió recuperar las remembranzas de esta mujer que fue educada para la libertad.

Al respecto, esto le dice la tía Eva, la misma que le enseñara a Helena la salamandra en el medidor de luz, cuando le habla sobre el matrimonio y el yugo doméstico: “No te cases. Ten amantes. Mira para lo que sirve el matrimonio: he tendido catorce mil quinientas camas desde que me casé...”

Tan importante, como el detalle de la salamandra, resulta el viaje al Oriente, que madre e hija emprenden desde París para alcanzar a Octavio en la embajada en Japón. Una bitácora muy vívida en la que, por ejemplo, la estancia en Ceylán permite inmiscuirse de tal manera en la narración que hasta es posible oler el aroma del té del lugar.

El viaje remata con un encuentro de la jovencísima Helena con Yukio Mishima, ya en Japón. “Al fondo de su pequeña tienda, […] había una mesa para el té y tres señores japoneses muy finos charlando. Uno de ellos era muy joven. […] Todas las tardes me esperaban, y como me había vuelto aún más experta en todo lo japonés, platicaba con ellos con soltura. El único joven que había en la tertulia, con el que charlaba más y quien me había tomado mucho cariño, era Yukio Mishima, que algunos años más tarde se haría tan famoso. […] En esa época, Mishima era muy delgado y extremadamente guapo, con una voz ronca y melodiosa.”

Si bien estas memorias alumbran el panorama de toda una época que corre desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando Helena tenía ocho años hasta sus diecisiete, entrados los años 50, por donde asoman personalidades como Picasso, Christian Dior, Camus, Sartre, entre muchos otros, es decir, todo un canon histórico, un problema para interesarse más allá de esto por Memorias radica en la compulsiva infatuación de Helena, quien reitera incansablemente su inteligencia y belleza (lo último no se cuestiona, sobre todo si se aprecian las fotografías de ella y sus padres que acompañan la edición), pero el retintín del tipo: “A mí, revolucionaria admiradora de Robespierre”, “Declaró que yo era ‘una gran inteligencia precoz’”, “Mi padre, muy satisfecho, me felicitó por mi inteligencia”, agota cuando se prolonga por tantas páginas.

Otro aspecto que debe cuestionarse es cuando el libro salta del tono histórico al intimista, porque de hechos sustentables pasa a la opinión. Así, se apodera de él un espíritu de tabloide de espectáculos cuyos encabezados podrían versar: “Conozca la verdad sobre el distanciamiento entre Paz y Fuentes”, “Encuentre aquí los detalles del amorío Garro-Casares”, “Véase la razón por la que Paz casi destruye a Garro”. Y es en este tono cuando Helena, aprovecha, para prodigar algunas verdades a sus padres: “Era un inseguro” (Paz), “Le faltaba carácter” (Garro). “Era un posesivo”. “Era hermosa y no lo supo aprovechar”.

Por último, en una de las fotografías que se incluyen en la edición aparece Helena sosteniendo en la mano a tres palomas: también los incendios se alimentan de aire.

Memorias
Helena Paz Garro
Debolsillo, 2019
480 pp

_

Publicado en Luvina, no. 98, marzo de 2020.



domingo, 29 de julio de 2018

La tilde, por fin, cayó sobre la E


A los dieciséis años gané un concurso literario en mi preparatoria, por un cuento en el que un abuelo se transforma en monstruo cuando se refleja en el espejo de su baño, todo ello narrado a través de la mirada de su nieto, un muchacho que lo cuida por las tardes después de la escuela, y quien huye despavorido a la calle para nunca volver tras presenciar la mutación. El concurso era tributo a Horacio de Quiroga, el escritor uruguayo de terror, y el premio consistía en un valiosísimo diploma de papel bond. Nunca imaginé que ese diploma, y no tanto la distinción que representaba, fuera a convertirse en mi suerte como escritor. Y es que cuando salí de la oficina donde me lo entregaron, el ánimo se me escurrió del cuerpo cuando leí que el título de mi relato, “La enfermedad de René”, tenía un error: René estaba escrito sin acento. “Réne”, se leía. Decepcionado, fui a sentarme a una banca y miré la hoja durante minutos, pensando en si mi cuento merecía esto. Contrario a lo que la mayoría hubiera hecho, como volver a la dirección de la escuela a subrayarles su torpeza, pues cómo se les ocurría organizar un concurso literario si nadie dentro de esa oficina dominaba el Español, me quedé sentado en la banca. Vacío de carácter, tan magullado como el granito recién exprimido en mi frente, asumí la torpeza de quien había redactado el diploma como si fuera mía y, por eso, más que merecida.

Esto que les platico, dinamitó dos aspectos de mi personalidad, presentes hasta el día de hoy. El primero, quizá el más obvio, es la obsesión por aprender a diario, en profundidad, el idioma Español, idioma inabarcable pero luminoso y expresivo, que en la actualidad todo mundo pisotea, especialmente a través de su uso en las nuevas tecnologías. En mi caso, debido a que gramáticos como Gonzalo Martín Vivaldi y su Curso de redacción son el único modelo paterno con el que cuento, le debo al buen Español casi todo, por ejemplo, el que estemos hablando aquí de esta novela, expresándome sin el “dijistes” común en mi vieja calle, o consciente de que se pronuncia “apellido” y no “apeído”, o se dice “con base en aquello” y no “en base a esto otro”. Es así que continúo aprendiendo el Español, sin dominarlo por completo. A veces conjugo mal un verbo o echo mano de la preposición incorrecta. Por ejemplo, estoy seguro de que a lo largo de este texto he cometido más errores de los que podría reconocer. Si hay algún gramático en la sala, por favor, puede corregirme la plana.

Es un largo camino el aprendizaje del Español, especialmente cuando vienes de un mundo cerril, pedestre, con una madre tan fría como analfabeta y un padre embrutecido por el alcoholismo. Es aquí donde salto al siguiente punto que dinamitó aquella falta de ortografía en mi diploma. ¿Por qué agaché la cabeza y pasé por alto esa errata que al final casi supuse mía? La respuesta llegó cuando terminé de escribir Permite que tus huesos se curen a la luz. Al paso de los capítulos, y ustedes podrán leerlo también, descubrí que Raymundo Félix, el protagonista, reconoce que su destino es desenvolverse en un mundo del que no puede salir porque, cuando lo intenta, es devuelto a su origen a fuerza de golpizas y abusos múltiples. Supe entonces que a lo largo de mi vida he tomado muchas decisiones, como la del diploma aquel, basado en el miedo a ser devuelto con violencia al mundo donde me tocó crecer, aunque éste ya no exista. Cuando terminé la primera versión de la novela, contenía sólo 22 fragmentos numerados, que abarcan desde los tres hasta los veintiuno o veintidós años de edad de Raymundo Félix. Después de releerlos, entendí lo mucho que me mostraban acerca de mí. Pienso que un autor no escribe un libro porque sabe lo que quiere decir, más bien lo escribe para saber por qué tuvo ganas de escribirlo, y esto me pasó. Las cuartillas revelaron ante mis ojos una lección de autoconocimiento, es decir: un cínico pero a la vez tipo frágil que jamás me hubiera imaginado ser, y fue por eso que en la segunda versión de la novela agregué los episodios titulados con letra: A, B, C, hasta la H. En ellos cuento una historia paralela, simbólica, en la que Raymundo despierta encerrado en un jacal donde una voz, que proviene de una ventana, le cuestiona su existencia. Esta historia es una especie de rito de iniciación, como aquellos donde jóvenes de tribus salvajes son encerrados en chozas durante meses, y después salen convertidos en hombres, una vez que cursaron las ordalías o retos de la tribu. Algo que también aparece en el libro pues cada uno de los capítulos son primeras experiencias que guían al protagonista a nuevos planos de sí mismo.

En agosto de 2017, Permite que tus huesos se curen a la luz ganó un premio. En prácticamente todas las entrevistas que me hicieron en relación con el triunfo, el título aparece mal escrito: Permite que tus besos sean de luz, Permite al cura que sus huesos luzcan, Permite que tus huesos curen la luz y otros por el estilo. Pero no únicamente eso. En una se menciona que nací en el Estado de México, cuando soy más chilango que la quesadilla de hongos o de papa, con o sin queso. Estos hechos me hicieron especular entorno al regreso del fantasma de “Réne”. Afortunadamente, para mi consuelo, tras veinte años de aquel diploma preparatoriano, el diploma que me entregaron por este nuevo premio tiene cada palabra y acento donde corresponde. La tilde, por fin, cayó sobre la E.

_

Texto que leí durante la presentación de mi novela en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia, de la Ciudad de México, el pasado 25 de julio de 2018.

miércoles, 11 de mayo de 2016

El fuego a bocanadas: Ribeyro, tabaco y literatura


Mientras tacha algunas líneas en el cuadernillo que sostiene frente a sus ojos, Juan Carlos Onetti fuma tendido en la cama. Enseguida, a riesgo de que la ceniza encorvada en la punta del cigarro se desintegre en el aire, deja el bolígrafo sobre la colcha y se inclina a sorber el vaso de whisky dispuesto en el buró. A décadas de distancia, frente a la ventana, Raymond Carver presiona unas teclas con las manos amarillas de sol. Tiene el cenicero retacado de colillas al lado de la máquina de escribir y la fascinación contraída en el ceño. Con el tiempo medido entre las jornadas en el aserradero y otro domingo de pesca esperándolo, depura las frases de un dilema doméstico más, en tanto enciende un cigarro con la punta del anterior. 

Tabaquismo es sinónimo de literatura. La nicotina viaja por el torrente sanguíneo hasta el corazón y las ideas repiquetean en el avispero que gesta vida en la página en blanco. También, la calada incesante frena otras manías —desde rascarse la nariz hasta la trillada cacería de moscas— para que la concentración corrija sin vacilo la arquitectura de los párrafos. Así, los escritores suspenden sus necesidades fisiológicas a grado latente durante este periodo. Persiguiendo historias por horas, sólo la bocanada encaja en sus letras, nada ni nadie más lo logra.

«El cigarro llega a ser parte íntima de la persona y la relación establecida alcanza un profundo contenido emocional. De ahí que alejarse de él constituye en muchos casos un verdadero y profundo duelo; una pérdida, que aun siendo deseable por parte del fumador, puede dejar un hueco enorme», apunta en La última bocanada. Cartas de despedida al cigarro la doctora Guadalupe Ponciano, directora de la Clínica Contra el Tabaquismo de la Facultad de Medicina de la UNAM, en donde el método para abandonar el hábito tabáquico, además del suministro de fármacos, se basa en un tratamiento psicológico. El paciente se despide del cigarro a través de una carta, que, como podría esperarse, es una disertación de amor-odio, regularmente inclinada al primero. A pesar de que los pacientes acuden a este lugar con síntomas de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), en su carta ninguno maldice al cigarro. Al contrario, algunas mujeres lo llaman mi amor, o algunos hombres vinculan el goce de cada pitada con un masaje al cuello. De esta misma forma, muchos autores le han escrito cartas, si no es que tratados, al tabaco, sólo que en lugar de despedirse de él, le han jurado lealtad a pesar de que poco a poco los destruye.

Uno de los más grandes fumadores de la literatura latinoamericana es Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994). Además de novelista, diarista personal, dramaturgo y crítico literario, es en especial como cuentista que ha conseguido un prestigio creciente al paso de los años. En sus historias, deambulan seres fracasados e inseguros, quienes para sobrevivir se transforman en salvajes, sumidos en una silenciosa resignación; por lo que no es gratuito que el volumen en el que Ribeyro recopiló sus cuentos completos se titule La palabra del mudo, haciendo referencia a los «personajes desdichados, sin energía, individualistas, marginados, que viven fuera de la historia […] [en un] mundo sórdido, defectista, donde no ocurre nada grandioso», dice en La tentación del fracaso, un diario que va de 1950 a 1978, y en el que Ribeyro registró su etapa más conflictiva como escritor.

Sus relatos se dividen en dos tipos: los del Perú de mitad del siglo XX, que retratan a los habitantes de escenarios depauperados («Los gallinazos sin plumas», «Los merengues», «Al pie del acantilado»), y los relatos cosmopolitas ubicados en la Europa que le tocó vivir cuando trabajó en la agencia AFP o como consejero cultural en la Unesco, y que registran el abuso, el timo y la corrupción en diversos estratos («La juventud en la otra ribera», «Nuit caprense cirius illuminata»). 

A pesar de que coincidió con los tiempos del Boom, su obra no sería catalogada dentro de éste. Ribeyro, tímido y torpe para relacionarse con el poder y los grupos literarios, marcó distancia y por siempre escribiría con el fracaso rondándole el ego. Prendería un cigarro tras otro y sometería entre los labios la incandescencia del tabaco, que sorbería con deleite para a continuación derramarla en cada línea escrita. Sólo le importaba la gente común y por eso rehuyó la literatura que dominara el continente en aquellos años, plagada de conflictos políticos y dictadores, lo que acentúo su disidencia. Alejandro Zambra apunta en No leer: «Mientras sus colegas escribían las grandes novelas sobre Latinoamérica, Ribeyro, el orillero del Boom, daba forma a decenas de cuentos magistrales que, sin embargo, no llenaban las expectativas de los lectores europeos. Y él lo sabía muy bien: ‘El Perú que yo represento no es el Perú que ellos imaginan: no hay indios o hay pocos, no ocurren cosas maravillosas o insólitas, el color local está ausente, falta lo barroco o el delirio verbal’, dice, con calculada ironía». 

Admirador de la tradición francesa del siglo XIX —Flaubert, Proust y Maupassant—, Ribeyro desarrolló un brillantísimo estilo conversacional carente de adornos, y leerlo es seguir las palabras de un buen amigo. Uno que fuma y bebe vino en tanto describe la casa donde nació y cómo se metía a jugar con sus hermanos a escondidas de su padre en un ropero enorme que había ahí, un palacio barroco lleno de perillas, molduras, cornisas y medallones; o relata aquella vez que su novia francesa y el amante de ella, pistola en mano, le robaron el dinero que le quedaba para el mes. 

Resulta curioso que el género breve haya sido el más procurado por Ribeyro, porque si bien escribió novelas o textos de distinta naturaleza, nunca tuvieron el encanto ni la perfección de sus relatos. Podría decirse que, al menos en anchura, son un reflejo de él mismo: Ribeyro jamás engordó y se mantuvo en su mínima talla, con un cinturón que estrechaba sus pantalones a la cintura como un puño aprieta una rama. Cuenta Daniel Titinger, su biógrafo, que Julio Ramón era tan flaco que al verlo de frente uno imaginaba que seguía de lado. Esta flacura fue consecuencia de la úlcera que padeció a mediana edad, complicada por el tabaquismo, y que le cercenó el estómago. «Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cocido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. [Los médicos] me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago». El periplo quedó registrado en «Sólo para fumadores», el tratado más importante sobre esta adicción que existe en nuestra lengua. 

Ribeyro expone en este relato su teoría sobre el tabaquismo, porque está cansado, dice, de la idea psicoanalítica que vincula las pitadas con una regresión al pecho materno o una sublimación cultural del deseo de chupar un pene, algo insustentable y ridículo. De esta forma, crea una teoría subjetiva sobre la importancia del cigarro: «El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida».

A través de una prosa impersonal, punzante, pero nunca melodramática ni sensiblera, dice aquí que una tarde, desde la ventana de su cuarto en la clínica de rehabilitación postoperatoria a las afueras de París, donde debió quedarse un tiempo después de la intervención gastrointestinal, mira a un grupo de albañiles que en el almuerzo bebe vino y después fuma en la sobremesa, y es cuando, tras muchísimas recaídas, en las que a pesar de la recomendación médica volvía a fumar, parece entrar en razón y reconoce: «Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, mientras que esos hombres simples e iletrados estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más elementales. […] Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración. […] Sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer, beber, fumar y disfrutar». Chispa que inicia un nuevo e inacabable ciclo adictivo, porque menciona al término del texto: «Veo además con aprehensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que le digo adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco».

Ribeyro murió en diciembre de 1994 después de someterse a una intervención en el riñón que se complicó con una neumonía irrefrenable para sus alvéolos de fumador. Tenía sesenta y cinco años y días antes había recibido el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, pero el premio más importante que podríamos darle a partir de ahora, es leerlo con o sin bocanadas de por medio.

_

Publicado en La Peste, no. 19, Vicio, enero-febrero 2015.