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lunes, 1 de marzo de 2021

China



| José Donoso |

Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.

Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.

Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.

Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:

—¡Por Dios, esto es como en la China!

Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: “Zurcidor Japonés”.

No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El “Zurcidor Japonés”, por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en “China”, nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.

Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:

—¿Vamos a “China”?

Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.

—Como salieron —dijo—, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.

—No, tonto —susurré—, esta vez vamos a IR a “China”.

Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a “China”, había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.

Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.

—Aquí es —dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.

Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.

Fernando preguntó:

—¿Y por qué es “China” aquí?

Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.

—Vamos al “Zurcidor Japonés” —dije—. Ahí sí que es “China”.

Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:

—Ves, tonto, tú no creías. 

—Pero es feo —respondió con un mohín.

Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacía un calor lento y agradable.

—No seas tonto. Atravesemos para que veas —lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.

Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del “Zurcidor Japonés”. Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:

—Mira… —y hacer que la tocara.

Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.

Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de “Pinocho en la China” y se puso a deletrear cuidadosamente. 

Los años pasaron. “China” fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma.

Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era “China”. Además, “China” estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el “Diccionario Enciclopédico” de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas. Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.

En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era “China”, aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. “China” había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del “Zurcidor Japonés”.

Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:

—En “China”…

Y yo no comprendí.

_

José Donoso requiere escasa presentación, ya que novelas como El obsceno pájaro de la noche o El lugar sin límites le abrieron un espacio en el reducido nicho de los clásicos latinoamericanos. “China” pertenece al volumen que la editorial chilena Zig-Zag publicó en 1954 en su Antología del nuevo cuento chileno. El relato dramatiza lo que Octavio Paz llamó “la eternidad del instante”, es decir, lo irrepetible que anida en aquellos hechos que conforman una vida.



sábado, 12 de diciembre de 2020

Vaharada



| Luis Spota | 


I

Brutales marineros cantaban canciones brutales. Ritmo de bárbaras caderas llevaba a la sangre de los hombres el íntimo calor de las mulatas. Abotagado y dormilón, Pirulí le daba vueltas al puro sobre el labio. La marimba de Esmeralda pendía del techo y cuatro negros de negras manos la hacían vibrar como río y selva, como montaña y mar. Aguardientes de lumbre echaban a los rudos estómagos, como a hornos de barcos nocturnamente inmóviles, paletadas de sopor. Y a los cerebros, el machismo de los oprimidos que aman, por estética, la sangre y la muerte. Así sea su propia muerte.

Como el mismo Uriel García. Porque Uriel García mató por la emoción de sentirse homicida, como matan los verdaderos hombres. Y este hecho lo hermoseaba en su dureza lineal, que de geométricamente pura se convertía en ondulante, animada, cálida; igual que la sangre que no encuentra donde ocultar, en su carrera, el rojo escándalo de su presencia.

Por eso le gustaban aquellos marineros de torva sed que se untaban a las hembras de cuerpo y senos de cacao de la casa de Pirulí, al lado del río. Por eso, porque al verlos se veía a sí mismo, multiplicado y diferente; plural en fuerza y empuje, en la noche de sopores vegetales y antiguos deseos reprimidos.


II

Llevaba todavía, pegado a la piel, el cuchillo. Fresco de sangre y lleno de vital calor. Porque los cuchillos que no han herido, que no han matado, son infelices en su ociosidad y mueren de frío, o se enmohecen como solteronas.

El acero era ya útil. Conoció el dulce silencio de la sangre en la reyerta, y esto lo ennoblecía. No esperaba Uriel García que lo comprendieran. En cosas tan personales como el placer, la opinión ajena le era indiferente. Y como amaba el placer no compartiría con nadie la íntima satisfacción de aquel minuto anterior, para no revelar algo que le era propio y que había hecho sólo para sí.

No tenía miedo. No lo tuvo nunca. Menos ahora, aunque hubiese matado a un hombre. Si lo hizo fue exclusivamente para analizar, en el instante de la ira desbordada, un concepto muy suyo de la estética, de la muerte como placer sin límites ni pánicos.

Y si Uriel García pudiera sentir en vida su lenta, sangrante muerte, llegaría, estaba seguro, al placer infinito. Pero no podía morir en vida; más bien, no sentiría su muerte en la propia muerte.

Estuvo pensando mucho en ello, y también en lo violentamente que amaba esa noche a los hombres brutales que se embriagaban, menos conscientes que él, en los gemelos placeres del alcohol y de la sangre que no se derrama, pero que quisiera hacerlo, en otra caliente y salada sangre. Homicida era ya Uriel García.

Homicida por cuanto había de bello en desafiar al creador de los hombres, al creador de las vidas como la que Uriel entre dos sombras del puerto, había cortado. Y un simple cuchillo, helada llama de una hoguera blanca y muerta, fue suficiente para darle personalidad divina, al suprimir silenciosa y machamente a otra entidad humana.


III

Uriel García hubiera querido ser marino. Su padre quizá lo fue. Lo sospechaba, pero ni aun su propia madre estaba segura. Dentro de él había un latir que le era ajeno, que no era igual al de los demás hombres. Un latir como de mar, como de río, como el de los grandes motores de los barcos.

Había visto uno íntimamente, con sus cubiertas, sus sollados, sus cuartos de máquinas, sus pañoles. Y había reconocido, en el del barco, el olor de su cuerpo.

Petróleo, aceite, sal y sueños sexuales. Estaba seguro de que él mismo debía ser así por dentro, y que sus máquinas iban inutilizándose, empolvadas, sin fuego.

Y eran sus pies pegados a la tierra, fondos sucios; un lastre, una resta a sus impulsos.

Sabía también que su vida era inútil y que cada día y cada noche confirmaban su fracaso. Aunque el río lo atraía con su encanto pernicioso, con su olor a algo que lentamente se descompone, a algo que llevaba a todo su sistema la sacudida violenta de los deseos más abominables, Uriel García continuaba, como una planta más, pegado al campo, a la tierra de los cacaotales.

Amaba al río y al misterio de su doble marea, por la que corrían con rumbo al mar o a los aserraderos de corriente abajo, los grandes troncos de madera de balsa, las finas caobas, los cedros rojos y panzudos. Y amaba los barcos que lo remontaban, salados de océano y de horizontes azules. Y amaba los pájaros siniestros de la tempestad, que se mecen inmóviles y negros sobre las cubiertas, batiendo los duros vientos con la cuchilla de sus alas en zigzag.

Pero más que todo, amaba a los hombres de los barcos, a los marineros lánguidos y elásticos que saben golpear a las mujeres.

Uriel García, sin embargo, estaba en tierra, siempre en los campos o en el puerto, como esa noche, en el bochorno dulzón de las yerbas que se pudren en las riberas y del cacao que se seca en las calles.



IV

Senos de piloncillo tenía la hembra, y Uriel García un infinito deseo de ignorarla.

Lentamente bebían el veneno de los vasos, mientras las manos negras de los músicos enmarañaban bejucos sonoros. Pirulí enamoraba sin recato a dos ruidosos marineros.

Los hombres mordían a las mulatas, con los dientes afilados de deseo, en la propicia penumbra de humo y calor.

Uriel García pensaba en el oscuro rincón de la sangre y en el hombre sin ella, vacío y estéril. Entre el ruido de una música que jamás le había parecido más absurda, vibraban las voces rijosas de su pelea y, luego, la sola voz de su triunfo, después del crimen.

La hembra olorosa a río, y tan perversa como éste, lo miraba torpemente, con una mirada negra:

—¿Me pagas otra copa?

—Pídela.

Era la primera palabra que pronunciaba en la noche y parecía distinta, por su tono, a las que antes habían salido de su boca. Una palabra que estuvo dentro de él, en su cerebro y en su garganta, cuando el cuchillo abrió las siete puertas de la sangre, y que de ésta conservaba la exacta precisión.

—Pídela.

Y se escuchó de nuevo, ya completamente hombre, seguro de su brazo y de su esfuerzo.

—No has hablado antes de ahora.

—No había motivo.

—Sin embargo, hablas.

—Quiero escucharme.

—Escucha la otra voz, la que llevas dentro.

—No hago otra cosa.

—Es un alivio.

—No lo necesito. He matado a un hombre.

—Me gustan los que saben matar.

—¿Entiendes el placer?

—No hay otro superior al de la sangre.

¿Era él mismo, su cerebro mágicamente sonoro, o la mujer de enfrente quien hablaba? Era ella, suavemente maligna, que pronunciaba palabras que a él le eran agradables, que lo impulsaban a seguir escuchándolas para recrearse en su monstruosidad.


V

Era ella, sí. Ella como un oscuro charco de agua, fascinante como los esteros nauseabundos. Y tenía algo de carroña y también el encanto de la corriente lentísima que en verano, por las noches, parece quemar. Lo atraía de pronto, violenta y brutalmente, hasta despertarle el bárbaro propósito de poseerla, de sangrar unas carnes que debían ser tan negras por dentro como lo eran por fuera.

—¿Cuándo lo mataste?

—Al empezar la noche. Aquí tengo el cuchillo. Lo miró la mulata y sus ojos, como por reflejo, se llenaron también de sangre.

—Bello es en tus manos.

—Más bello era aún hace una hora.

—¿Siete puertas abriste a la sangre?

—Siete anchas puertas.

—Roja está la noche.

—Y caliente, también.

—Salgamos.

Siluetas artilladas se balanceaban en medio de la corriente, y en el aire insoportable la presencia del cacao. Tres veces chilló un pájaro nocturno. Estaba la noche llena de ruidos apagados y de un sórdido deseo de crimen o de riña marinera.

Golpeaba el río, en un murmullo de comidas descompuestas, sobre el atracadero, poblado de lanchas insomnes y de hombres que iban en busca de mujeres.

Uriel García tornaba, con su sombra, al sitio del máximo placer, al encuentro nuevamente de la sangre ya perdida, ya bebida por la tierra. No tenía la angustia de su inferioridad para con los marinos, sino la certeza de que era igual a ellos en su audacia, en su espíritu, en su rebeldía homicida.

El cuchillo los había nivelado. Los conceptos estaban hermanados. Igual que los viriles impulsos. Ahora sus máquinas tenían fuego y era la sangre el mejor combustible; cada uno de sus pasos de retorno al lugar donde habría de encontrarla, significaba el jalar de cien hélices batiendo el agua sucia del río, al desandar la corriente.

La mujer lo admiraba y esto era para Uriel García uno como látigo que exprimía, a cada golpe, la intimidad de sus glándulas, haciéndolo estremecerse con sacudidas bárbaras y abominables. La vuelta al sitio donde esa tarde inaugurara la virginidad del acero, ponía en sus piernas un grato temblor de miedo y de ciego deseo de probar, otra vez, la deliciosa angustia del peligro.

Uriel García empezaba a admirarse, ebrio, terrible, cruel. Especialmente cruel.

—Soy igual que Dios. Mi poder es semejante al suyo, y puedo acabar con vidas que le pertenecen.

No quiso oírlo la mujer. Ella también gozaba con toda la perversidad de sus vicios, de sus odios, de sus miedos. Y adoraba animalmente al macho poderoso que con un cuchillo era igual a Dios. Lo adoraba porque era fuerte y bello la noche de su crimen.


VI

El cuerpo estaba allí, secas las siete puertas de la sangre. Secas y negras. Lo miraron en silencio, bestiales y concretos como la noche. Fue entonces mayor el placer al contemplar lo consumado, irremediable y exangüe. No era, después de todo, más que un despojo inútil; para Uriel García, la mejor de sus obras, la sublimación de su hombría. Porque se necesita ser muy hombre para matar, y regresar después al sitio donde yace el cadáver que pudo haber sido el de uno.

Secamente admirada estaba la mujer.

—Un bello crimen.

—Lleno de luz y de sangre.

Uriel García se había deslumbrado ante sí mismo. Le hubiese gustado, y esto no lo dijo, ser el muerto y a la vez el asesino. Espectacular muerte, sin duda alguna.

Se fueron otra vez, ahora hacia el río, al silencio bochornoso de la noche. Se fueron pisando la sangre de su propio destino.

1945

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Reconocido por novelas como La Plaza o Casi el paraíso, o por su trabajo como argumentista cinematográfico al lado del director Roberto Gavaldón, Luis Spota (1925-1985) fue un autor mexicano muy popular en su época, cuyo trabajo se centra en la mecánica del crimen y el influjo de las pasiones sobre la razón. "Vaharada" pertenece a De la noche al día, volumen que reúne los catorce relatos de Spota escritos entre 1943 y 1945, prácticamente desconocidos.



miércoles, 19 de septiembre de 2018

El precio del amor


| Ricardo Piglia |

Entró en el zaguán bajo la suave claridad del atardecer: imperturbable, de sombrero, un poco ridículo y como disfrazado, esforzándose en parecer más viejo o más seguro, menos frágil con sus veintidós años recién cumplidos y el paquetito envuelto en papel de seda. Reconoció el olor a humedad y a madera quemada que bajaba por el pozo de aire, una neblina pálida, invisible, que siempre asociaba con la piel de Adela. Se miró la cara en el espejo del ascensor, satisfecho, y después bajó, lento y oscuro, repasando lo que había preparado para decir cuando le abrieran. Tardaron un rato en contestar y él siguió inmóvil, de perfil a la puerta del departamento, ensayando un gesto humilde, temeroso de que si trataba de insistir ya no lo recibieran. Del otro lado llegaba un quejido apenas perceptible, como si alguien rezara en voz baja o llorara bajo el agua. “Parece una gata que maúlla”, pensó él, “una gata con cría”. Volvió a llamar y después de un rato la puerta se entreabrió. En el umbral una nena que no debía tener más de seis años lo miraba inclinando la cabeza hacia un lado en un ademán tímido que la hacía parecer un pájaro. Llevaba trencitas y anteojos sin aro de mucho aumento, que le daban una expresión adulta, concentrada. Él se agachó hasta quedar a la altura de la chica.

—¿Cómo te va? —le dijo—. ¿Eh? Lucía.

La nena lo siguió mirando en silencio, distante, ajena.

—Mamá no está —dijo, por fin, como si recitara—.Y yo no puedo abrir la puerta a los desconocidos.

—¡Pero cómo no te acordás de mí! ¿No te acordás de Esteban?

La chica negó con la cabeza y se quedó quieta contra el reflejo del sol que brillaba en el fondo del pasillo. “La misma cara pero avejentada”, pensó él, “como si la hija envejeciera en lugar de la madre”.

—Estaba jugando con él —dijo la chica de pronto, y le mostró un muñeco de goma.

—Lindo.

—No. Lindo no es, lo que tiene que flota.

—No me digas.

—En la bañadera, lo pongo y flota.

—Así que lo ponés en la bañadera y flota —dijo él y se sintió un poco idiota hablando con la chica ahí abajo. Ella lo miraba de frente ahora, los ojos muy pálidos, la mirada agradecida y turbia de los miopes detrás del cristal de los anteojos.

—¿Y vos quién sos? —dijo después.

—Te dije. Soy Esteban. ¿Cómo no te acordás de mí?

La chica se acomodó los lentes y se tocó la cara, suave, con la yema de los dedos.

—¿Sabés cómo se llama él? —dijo mostrando el muñeco—. Se llama Óscar.

—Muy bien. Ahora escuchame: ¿te dijo Adela dónde iba?

—Ella no va a volver.

—¿Por qué no va a volver?

—Siempre se va y después no viene.

“Está adentro. Está encamada con un tipo”, pensó él, y sintió una especie de alegría, como si eso hubiera sido lo que había venido a buscar. “Ella con un tipo y la nena jugando con agua”.

—Bueno —dijo—. Voy a entrar, voy a esperarla.

La chica apretó el muñeco contra el cuerpo y pareció que iba a largarse a llorar, pero se movió hacia un costado dejando libre la puerta.

Adentro la luz de la tarde se aquietaba contra las cortinas de tela cruz. Todo seguía igual, las cosas en el lugar de siempre, pero no había rastros de Adela. “Mujeres”, pensó, tratando de darse ánimo. “Sucias, abiertas. Se desangran y lloran. Mujeres”, pensó él, como si estuviera soñando. Buscó un sillón y se acomodó en medio del cuarto, el sombrero apoyado en las rodillas, cubriendo el paquetito color rosa. La chica se había sentado enfrente, en una silla baja y acunaba al muñeco. “Parece una sonámbula”, pensó él sin emoción, “una versión en miniatura de la mujer que habrá de ser. Tonta, miope, desencantada”.

—¿Vos eras un novio de mamá?

—Sí —dijo él—. ¿Te acordás ahora?

—Me parecía —dijo la chica, y le sonrió, tímida, sosegada.

Él prendió un cigarrillo y decidió que iba a quedarse. No tenía a dónde ir, en el fondo todo le daba lo mismo. “Esperar acá, esperar en otro lado”.

—Sabés —dijo la chica de pronto—, yo sé cantar canciones.

—¿No me digas?

—¿Querés ver? —dijo ella, y se acomodó los lentes antes de empezar a cantar en voz baja y serena, siempre con el mismo rostro indiferente:

Oh Madre, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial.

Cantó la chica, rígida en la silla, y después se detuvo, bruscamente.

—Muy bien —dijo él—. Bárbaro como cantás. ¿Quién te enseñó?

—Adela —dijo la chica, y volvió a quedarse callada.

El rumor de la ciudad llegaba sordamente por la ventana como una respiración, un jadeo. Esteban sintió que el olor de ese lugar lo ponía triste. Era un olor dulce, a jugo de naranja, a tierra húmeda, que lo obligaba a pensar en su infancia, en los viajes en tren a Bolívar, sentado en el vagón comedor. La chica se había bajado de la silla y jugaba en un rincón. Él la sentía murmurar y reírse, hablando sola. Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde ahí se veían los techos y las azoteas de Buenos Aires. Chapas, esqueletos de cajones, antenas de televisión. “Ciudad de mierda”, pensó él, “sucia, arruinada”.

Cuando volvió a mirar hacia adentro la chica estaba agazapada en un rincón y parecía olfatear el aire, la cara alzada hacia el ruido que hacían los tacos de la mujer en las baldosas del pasillo: “Ahí está”, pensó él, endurecido, desafiante. “Ahí está ella” y trató de encontrar una frase para recibirla: “Soy yo. Soy Esteban, estaba cerca y quise verte. Estaba cerca, pasaba, tuve ganas de verte”, pensó él, como quien reza, mientras la mujer abría la puerta y su figura alta y suave se recortaba contra el último resplandor de la tarde.

—Corazón —dijo Adela, levantando a la nena—. ¿Qué dice mi hermosura?

—Está un señor —dijo la chica, y Adela buscó en el fondo de la pieza, encandilada, la figura del hombre que sonreía, borroso, rígido.

—Esteban —dijo ella, turbada—. Querido.

—Pasaba. Vine a verte —dijo él—. La chica estaba sola y yo...

—Pero sí, claro. Dejame que reaccione. Dios mío, mirá cómo me encontrás. Pero sentate, no te quedes así, sentate, por favor.

—Pasaba —se empecinó él—. Me dieron ganas de verte.

—Mamá —dijo la chica—, ¿es tu novio?

—Es Esteban —dijo ella—. Esteban. Pero vení, Dios mío, cómo te has puesto. Se pasa la vida jugando con el agua. Esperame un minuto, un minuto y ya estoy.

Esteban la miró abrazar a la nena y pasar al otro cuarto, atropellada y un poco culpable, como siempre que trataba con su hija. Después sintió que hablaban, escuchó ruido de papeles, ruido de agua en las cañerías y se quedó quieto, sin pensar, hasta que Adela reapareció, sonriendo, un tenue brillo de recelo en los ojos húmedos. Se había retocado la cara; las finas arrugas que marcaban su piel le daban una expresión fatigada, turbia.

—Estás igual —dijo él—. Todo está igual.

—Salí. No me hables. Vieras lo que fue hoy —dijo ella—. De un lado a otro todo el santo día.

Se miraron sin hablar, disueltos en la líquida claridad del cuarto.

—Es tan raro —dijo ella, y trató de sonreír—. No sé qué decirte.

—¿Raro? ¿Qué?

—No sé. Que hayas venido, que yo llegue y vos... Pero no me hagas caso.

—Pasaba, ya te digo —dijo él, y se movió, apenas, hacia un lado—. Te traje esto —dijo, y empezó a desenvolver el paquete con cuidado, tratando de no arruinar el papel transparente con florcitas de colores—. Es perfume. Te traje perfume. ¿Te gusta?

“Es tan ridículo, Dios mío. Me trae perfume”, pensó ella. “Tan hermoso. Me hace sentir tan vieja”.

—¿No lo abrís? —dijo él—. Abrilo. ¿No lo querés? Si no te gusta te lo puedo cambiar.

—No. Sí. Gracias —dijo ella, y se obligó a sentir el perfume vulgar y a emocionarse.

—Es importado —dijo él—. Consigo perfume de contrabando. Todo el que quiero.

—¿En serio?

—Tengo un amigo en la aduana —dijo él, siempre serio y solemne—. Consigo lo que quiero: perfume, ropa fina. Cualquier cosa de esas que quieras no tenés más que decirme.

Ella lo miró alzando, ávida, el rostro agudo y pálido, tratando de parecer dichosa, humilde.

—Me alegra tanto que viniste. Todo este tiempo, siempre pensando, vieras. Primero me enteré que estabas viviendo con Adolfo, si serás loco, vivir con ése. Solo a vos se te ocurre. Lo encontré un día, ¿no te dijo?

—Viví, sí, en la casa de él, un tiempo. Al final me harté: todo el día hinchando con la política. Es un samaritano, un tipo del Ejército de Salvación. Ahora estoy en un hotel.

—Yo estuve por ir a verte, ¿sabés? ¿No te dijo Adolfo? Te quiero decir, mirá: yo fui tan mala, ese día. Quiero pedirte disculpas, Esteban. Estaba tan nerviosa, fui injusta con vos, estaba como loca.

—Está bien —dijo él—. No es la primera vez que me echan de algún lado.

—No —dijo ella, la cabeza gacha, jugando con las perlas del collar—. Vos vieras, querido. Yo me sentía...

—Ya sé —la cortó él—. No te hagas mala sangre.

—Es que tengo que decirte, quiero que sepas: estaba como loca, yo, nerviosa, neurasténica.

—Está bien —dijo él—. ¿Por qué no hacés un poco de café?

—Pero sí. Mirá, ves cómo soy. Te tengo ahí pobre querido. Te traigo algo de comer. ¿Querés comer algo? ¿Con el café?

Él se quedó mirando la figura delgada, elegante, de Adela, enfundada en el vestido azul: el brillo azulado de la carne de la mujer que caminaba, taconeando, hacia la cocina. Desde el otro cuarto llegaba la risa sofocada de la nena que jugaba, hablando sola.

—Esta nena es una santa, ¿vos viste? —dijo ella, volteando la cara desde la cocina—. Vieras cómo se queda solita, vieras cómo me hace compañía.

Sin motivo, como queriendo prepararla para lo que vendría, él se obligó a mentir.

—Me conoció perfectamente, apenas me vio, tu hija. Se acordaba de una vez que la llevé al zoológico.

—Pero, claro, ¿cómo no se va a acordar? Desde que te fuiste no hace más que hablar de vos.

“Bien”, pensó él. “Empezamos los juegos, ella y yo”.

—Pero qué hiciste todo este tiempo —dijo ella, entrando con la bandeja y sin mirarlo—. Decime. ¿Qué habrás hecho? Salvaje.

—De todo un poco.

—Te mataría, mirá. Sos un salvaje —dijo ella acomodando las tazas en la mesita baja—. Tengo strudel. ¿Te gusta el strudel?

—Sí, claro —dijo él, y empezó a comer, inclinado, tirando el cuerpo hacia adelante—.Te vi, un día. Ibas con un tipo. ¿Vos no me viste a mí?

—No —dijo ella—. ¿Cuándo?

—Raro. Ibas por Suipacha, con el tipo. Raro que no me hayas visto. Llevabas un vestido rojo, parecías de lo más feliz. No sé por qué pensé que el tipo era brasilero.

—¿Brasilero? Qué loco sos. No. Seguro era, ya me acuerdo, seguro era el amigo de Patricia que...

—No sé por qué pensé que el tipo era brasilero —la interrumpió él—. Uno tiene esas cosas, ¿no? Por la manera de caminar, supongo.

—Ya te digo, era un amigo de Patricia, iríamos a la casa de ella. Pero, ¿qué importa eso ahora? No importa nada. Ahora viniste, estás acá, soy tan feliz. Yo nunca me hubiera atrevido a buscarte. Me conocés, sabés cómo soy. Nunca me hubiera atrevido y sin embargo desde ese día, no me vas a creer, estaba segura que ibas a volver. Nos íbamos a encontrar para hablar, para que yo pudiera decirte, Esteban, querido —dijo ella, y pareció que la piel se le agrietaba, disuelta en la piedad que sentía por sí misma—.Te he extrañado tanto. Estaba loca, como vacía. Nunca vas a saber —dijo ella, y se inclinó tan cerca que Esteban alcanzó a sentir el perfume dulce que desprendía la piel de la mujer. Era un perfume como una niebla turbia que lo entristecía y lo decidió, por fin, a empezar a decirle para qué había venido.

—Sí, claro. Pero yo, sabés —dijo él sin poder mirarla—. Quiero decirte, vine a despedirme. Me vuelvo a Bolívar.

—Dios mío —dijo ella—. Estás loco.

—¿Por qué? Quiero cambiar de aire. Mi viejo me va a poner al frente del negocio. Porvenir asegurado —dijo él—. Buenos Aires no es para mí. Mientras estaba con vos no me daba cuenta. Claro, como vos me mantenías.

—Esteban, por favor. Te dije que ese día, te dije que yo...

—No. Si tenés razón. Sos una mujer práctica. Tus cosas siempre van a ir bien. Vos te arreglás.

—Me acostumbro, querrás decir.

—Puede ser. Pero yo no, ves. Nunca me acostumbro, nunca me voy a acostumbrar a nada. Los que hacen eso es como si estuvieran muertos.

Ella buscó un cigarrillo y lo encendió, agazapada, tratando de disimular la mano que temblaba.

—¿Y por qué te volvés, si se puede saber?

—Porque uno piensa las cosas de un modo y después todo sale distinto. Parecía fácil ¿no?, cuando recién llegué. Me acuerdo y me mato de risa. Me iba a llevar el mundo por delante, fijate vos, y ahí tenés —se detuvo como si no pudiera respirar—. En esta ciudad de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere acordarse está perdido, triturado.

La oscuridad iba llegando de a poco; en la ventana la ciudad era una mole gris.

—¿Y cuándo te pensás ir?

—No sé todavía. Mañana, pasado. Lo peor va a ser cuando llegue. Hay cada hijo de puta en los pueblos, no te imaginás. Cada uno que se vuelve hacen una fiesta.
Adela trató de calmarse y fumó quieta, el humo nublándole la cara.

—¿Qué pensás? —dijo él.

—Nada. Estoy tratando de entender.

—A la larga va a ser mejor —dijo él, y se levantó. Caminó hasta la ventana. Al fondo el río era una mancha sucia—. Todavía tenés la estatua —dijo él, y la alzó con las dos manos. Era una figura de plata. La imagen de una virgen con rostro de pájaro—. El Cuzco. Trescientos años. Nunca me gustó esta estatua, te voy a confesar. Demasiado cara para ser un adorno. Siempre pensé que vos eras como esta estatua: demasiado fina para mí.
Ella siguió quieta, las manos flojas; lo miró acomodar suavemente la imagen en la repisa y volver al sillón.

—Gran cara de turro el tipo que iba con vos, la verdad —dijo él—. Te gusta coleccionar. A los hombres, quiero decir.

—No seas tonto.

—Si es lo que hacés.

—Bueno, ¿y qué?

—Nada —dijo él.

Se había sentado otra vez y miraba el piso, un lugar en el piso, concentrado, rencoroso.

—Tonto —dijo ella—. Sos tan tonto.

Tendió la mano y le rozó la cara con la yema de los dedos. Él la miró de frente, indeciso, como sin verla.

—¿Qué nos habrá pasado a nosotros, Adela?

—¿Quién sabe? —dijo ella.

—Siempre me acuerdo cuando llegaste de Chile. Me acuerdo de eso, no sé por qué. Estabas tan hermosa. Nos íbamos a querer toda la vida.

—Sí —dijo ella—. Nos íbamos a querer toda la vida.

—Me trajiste una botella de pisco, ¿te acordás?, cuando viniste de Chile —dijo él—. Nunca vas a saber cómo te quería. Me quería casar con vos para que no pudieras dejarme, mirá si seré pelotudo.

—No —dijo ella—. Querido.

—Estoy tan jodido —dijo él, y hundió la cara en el cuerpo de la mujer.

—Hermoso —dijo ella, y lo abrazó—. Mi chiquito.

Él se había recostado en el sofá y la acariciaba, los ojos cerrados, la cara tensa. Ella sentía las manos de él contra su cuerpo, rozándole los muslos, el cruce de los muslos, y se dejaba hacer, húmeda, abierta.

—Viste el perfume que te traje. Consigo todo el que quiero —dijo él de pronto, sin dejar de acariciarla.

—Sí —dijo ella—. Sí.

—Pensaba, con eso puedo salir a flote. El tipo que te dije, el tipo de la aduana, me dice que teniendo el efectivo puedo ponerme por mi cuenta.

—Por favor —dijo ella—. No hablés ahora, esperá, no hablés, por favor.

—Todo lo que necesito, a lo sumo son cien mil pesos.

Ella se sintió floja. Disuelta. Sintió que se ahogaba.

—No —dijo—. No. Soltame —dijo ella.

—¿Qué hacés? —dijo él—. ¿Qué pasa?

Adela estaba parada frente a él, un leve temblor en la piel de los párpados.

—¿Cuánto necesitás? ¿Cuánta plata querés? —dijo—. Yo te la doy. Te venís acá, yo te doy la plata. ¿Está bien?

—Pero ¿qué pasa? —dijo él, mal sentado en el sofá y trató de sonreír—. ¿Estás loca?

—Viniste a eso, ¿no? Te traés todo, te doy la plata.

Esteban se levantó, despacio, hasta quedar de cara a la mujer.

—¿Por qué me humillás? —dijo.

—¿Quién? —dijo ella—. ¿Quién?

—Vos. ¿Por qué me humillás? ¿Qué estás buscando? ¿Por qué me humillás? Querés verme tirado, arrodillado. ¿Eso querés? —dijo él, y se arrodilló a los pies de la mujer—. Ahí está —dijo—. Bien. La señora es una señora. Tiene sentido práctico, es orgullosa, tiene sentido de la oportunidad. La señora —dijo él.

—Levantate, por favor. No seas ridículo.

—¿Ridículo? Claro que soy ridículo. Ridículo. ¿Y? ¿Con eso?

—No sigas. No arruines todo.

—Claro que arruino todo. No tengo salida, no tengo adónde ir, ¡para vos es fácil!

La chica se había recostado contra el marco de la puerta y los miraba.

—Esteban, la nena —dijo Adela—. Te pido que...

Él buscó la cara de la chica y le sonrió; después abrió los brazos y empezó a cantar:

Oh María, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial.

Cantó él, desentonando.

La nena le sonreía, el rostro suavizado, apretando el muñeco contra el cuerpo, mientras Adela la abrazaba para alzarla.

—Va a ser como vos —dijo él—. Igual que vos: miope, tonta.

—Andate —dijo ella—. Te vas.

—Está bien —dijo él, y empezó a levantarse—.Tenés razón.

En la otra pieza, el aire todavía era claro y transparente, luminoso contra las paredes blancas.

—¿Qué le pasa? —dice Lucía.

—Nada —dice Adela—. No te preocupes.

Arrodillada, le acomoda el pelo, le pasa la mano por la cara, tratando de no llorar. Desde ahí, como envuelto en una bruma, lejano en la penumbra del otro cuarto, ve a Esteban que esconde, torpemente, la estatua de plata bajo el abrigo.

—¿Por qué cantaba? —dice la nena.

—No importa —dice Adela, y la abraza—. No importa, mi querida. Mamá ya viene.

Cuando sale, él sigue en el mismo lugar, con el sobretodo abrochado, el sombrero en la mano, un brazo apretado contra el cuerpo.

—¿Te vas? —dice ella.

—Me voy —dice él.

Adela lo mira acomodarse, con una mano, el ala del sombrero y caminar despacio hacia la puerta.

—Esteban —dice.

Él se da vuelta, pálido, tenso.

—Me das tanta pena —dice ella.

—Sí —dice él—. Sí. Ya sé.

Ella mira la puerta que se cierra y sigue quieta, las manos flojas. Del otro lado de la ventana ya es noche cerrada: las luces de la ciudad arden, suaves, en la oscuridad.

—¿Se fue? —dice la chica.

—Sí. Se fue —dice Adela—. Pero va a volver. Mañana va a volver.

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Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en 1941. Narrador, ensayista y docente cultivó el género de cuento con gran maestría técnica. “El precio del amor” se publicó originalmente en el libro de relatos Nombre falso (1975). Falleció en Buenos Aires en 2017.


miércoles, 7 de febrero de 2018

Nadar de noche


| Juan Forn |

Era demasiado tarde para estar despierto, especialmente en una casa prestada y a oscuras. Afuera, en el jardín, los grillos convocaban empecinados y furiosos la lluvia, y él se preguntó cómo podían dormir en los cuartos de arriba su mujer y su hijita con ese murmullo ensordecedor. Tenía insomnio, estaba en pantalones cortos, sentado frente al ventanal abierto que daba a la terraza y al jardín. Las únicas luces prendidas eran los focos adentro de la pileta, pero la luz ondulada por el agua no conseguía matar del todo la sensación de estar en una casa ajena, el malestar indefinible con aquel simulacro de vacaciones. Porque, en realidad, no estaba ahí descansando sino trabajando. Aunque el trabajo no implicase ningún esfuerzo en particular, aunque no tuviese que hacer nada, salvo vivir en esa casa con su mujer y su hija y disfrutar las posesiones de su amigo Félix, mientras éste y Ruth remontaban el Nilo y gastaban fortunas en rollos de fotos y guías egipcios sin dientes, a cuenta de una revista de viajes italiana.

Para calmarse, para atraer el sueño, pensó que no iba a pisar Buenos Aires en todo el mes. Viviría en pantalones cortos y sin afeitarse, cortaría el pasto, cuidaría la pileta, vería videos y escucharía música mientras su hija crecía delante de sus ojos y su mujer inventaba postres raros en la cocina. Y en todo ese tiempo quizá le dejaran algún mensaje mínimamente estimulante, o al menos catastrófico, en el contestador automático de su departamento. Mientras tanto, a lo mejor Félix y Ruth decidían prolongar su viaje un mes más, o tenían un accidente, o se enamoraban los dos de un mismo efebo andrógino y analfabeto en Alejandría. Un mes podía ser mucho tiempo en algunos lugares, un mes podía ser casi una vida. Para su hijita, por ejemplo. Tenía que empezar a vivir al ritmo de ella, como le había dicho su mujer. Día por día, hora por hora, lentamente. Tenía que asumir la paternidad de una vez, como dirían Félix y Ruth, si es que no lo habían dicho ya.

Entonces oyó la puerta. No el timbre sino dos golpecitos suaves, corteses, casi conscientes de la hora que era. Cada casa tiene su lógica, y sus leyes son más elocuentes de noche, cuando las cosas ocurren sin paliativos sonoros. Él no miró el reloj, ni se sorprendió, ni pensó que los golpes eran imaginación suya. Simplemente se levantó, sin prender ninguna luz a su paso y cuando abrió la puerta se encontró con su padre parado delante de él. No lo veía desde que había muerto. Y, en ese momento, supo incongruentemente que ya se había hecho a la idea de no verlo nunca más.

Su padre tenía puesto un impermeable cerrado hasta arriba y el pelo tan abundante y bien peinado como siempre, pero totalmente blanco. Nunca habían sido muy expresivos entre ellos. Él dijo: “Papá, qué sorpresa”, pero no se movió hasta que su padre preguntó sonriendo:

—¿Se puede pasar?

—Sí, claro. Por supuesto.

El padre cruzó el living a oscuras y el ventanal abierto y fue a sentarse en una de las reposeras de la terraza. Desde allá miró hacia adentro, lo llamó con la mano y tocó la reposera vacía a su lado. Él salió obedientemente a la terraza. Dijo:

—Dame el impermeable, si querés ¿Te traigo algo para tomar?

El padre negó con la cabeza. Después se estiró todo lo que pudo y respiró hondo sin perder la sonrisa.

—No, no así está bien. Va a llover en cualquier momento —dijo—. Qué maravilla. ¿De día es así, también?

—Mejor. Para Marisa y la beba, especialmente.

—Marisa, y la beba. Debés tener un montón de cosas para contarme, ¿no?

Él sintió que se le aflojaba apenas la mandíbula. En los sueños en que volvía a verlo, su padre siempre estaba al tanto de todo lo que les había pasado a ellos en su ausencia.

—Sí, claro —dijo—. Supongo que sí.

—Por supuesto, no pretendo que me pongas al día con las noticias. Obviemos la política, el trabajo, el mundo en general, si es posible. Las cosas domésticas, me interesan. Tus hermanas, vos, Marisa, la Beba. Esas cosas.

A él le sorprendió que mencionara la palabra domésticas. Y mucho más aún que hubiese nombrado a todos menos a su madre, pero no supo qué decir.

—Voy a servirme un whisky ¿Seguro que no querés?

—No, no, gracias. A propósito, qué buena idea, las luces adentro de la pileta.

—No es mía —dijo él antes de entrar—. La casa, quiero decir. —Cuando volvió a aparecer, con un vaso bastante lleno, se frenó detrás de la reposera de su padre y de golpe sintió que todavía no se habían tocado—. Yo creí —dijo, desde ese lugar—, yo creí que vos veías todo lo que pasaba acá, desde donde estabas.

La cabeza de su padre se movió levemente a uno y otro lado, varias veces.

—Lamentablemente no. Es bastante distinto de lo que uno se imagina.

Él miró la pileta y tuvo la sensación de que no controlaba lo que decía ni lo que iba a decir.

—Si supieras la cantidad de cosas que hice en estos años para vos, pensando que me estabas mirando. —Y se rió un poco, sin alegría pero sin amargura, para vaciarse los pulmones nomás—. O sea que no sabés nada de estos cuatro años. Qué increíble.

El padre se reacomodó en la reposera y lo miró de costado.

—A lo mejor hay cambios, adonde nos mandan ahora. Si te sirve de consuelo.

Él lo miró sin entender.

—Hubo un traslado. Voy a estar en otra parte, a partir de ahora. No sólo yo, muchos más. Las cosas allá no son tan ordenadas como se supone. A veces pasan estos imprevistos. Digo, que esté ahora con vos.

—¿Y por qué conmigo? ¿Por qué no fuiste a ver a mamá?

El padre miró un rato la luz ondulante de la pileta. Su cara cambió muy levemente, hubo un ínfimo matiz de tristeza en su inexpresividad.

—Con tu madre hubiera sido más difícil. Una noche no es tanto tiempo, y yo necesito que me cuentes todo lo que puedas. Con tu madre hablaríamos de otros temas. Del pasado, especialmente, de ella y yo, de muchas cosas buenas que vivimos los dos juntos. Y eso hubiera sido injusto de mi parte. —Hizo una pausa—. Hay ciertas cosas que son técnicamente imposibles en mi estado actual: sentir, por ejemplo. ¿Entendés? En cierta medida, lo que soy esta noche es algo que no tendría ningún valor para tu madre. Con vos, en cambio, es más sencillo, para decirlo de alguna manera. Siempre te ubicaste en una posición panorámica en cuanto a las emociones. Con tu madre, con tus hermanas, con vos mismo. En fin. —Hizo otra pausa—. También pensé que podrías arreglártelas mejor con los sentimientos que te provocará esta visita. A fin de cuentas, yo nunca fui tan importante para vos, ¿no es cierto?

Él sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía. Una especie de sumisión y de necesidad de oponerse a esa sumisión. Supo de pronto que en los últimos cuatro años no había sido esto que ahora era, nuevamente: hijo de su padre. Fue hasta el borde de la pileta, se sacó los mocasines y se sentó con las piernas dentro del agua.

—Si no hubieras sido tan importante para mí, entonces no habría hecho las cosas que hice para vos, por vos, en estos años. ¿No se te ocurrió pensar eso?

—No.

Él quedó perplejo. La respuesta le había parecido tan rápida y brutal que sonó sincera. Y justamente por eso inverosímil. Cobarde. Casi injusta.

—Y ahora qué sabés —atinó a decir.

—Nada —contestó el padre. Después se levantó, llevó la reposera hasta el borde de la pileta y se sentó con las manos en los bolsillos—. Supongo que no cambia nada. Lo que hiciste, ya lo hiciste. Y me parece que no tiene sentido que te enojes ahora, con vos o conmigo, por eso. ¿No?

No sólo era inútil, además empezaba a sentir que no le era lícito, frente a la condición de su padre, cuestionar nada, ni permitirse esa insólita belicosidad. La necesidad de oponerse se desvaneció y sólo quedó la sumisión, no ya dirigida a su padre sino a un estado de cosas, a una abstracción obtusa e inabarcable.

—Es cierto —dijo—. Perdón.

Se quedaron callados un rato, hasta que él dijo:

—De todas maneras, exageré un poco. No fueron tantas las cosas que hice pensando en vos.

El padre soltó una risita.

—Ya me parecía.

Un relámpago rajó en dos el fondo del cielo. Cuando sonó el trueno el padre se encogió y su risita volvió a oírse.

—Ya casi no me acordaba de estas cosas. Es notable cómo funciona la memoria, lo que conserva y lo que deja de lado.

—Los grillos —dijo él—. ¿Los oís? No me dejaban dormir. Por eso estaba despierto cuando llegaste. —Después de decir estas palabras dudó ¿Los grillos? Pero lo pensó mejor y prefirió quedarse con la duda.

—Bueno —dijo el padre con voz muy suave.

A lo nuestro.

—¿Puedo preguntarte algo, antes?

La reposera crujió. Él hizo un esfuerzo para mantenerle la mirada a su padre.

—Como quieras. Pero ya sabes cómo es eso: una vez que te enteras, difícil que puedas borrártelo de la cabeza. No es una amenaza. Lo digo por vos, simplemente.

—Sí, ya sé —dijo él. Y preguntó, con voz insegura—: ¿Todos van al mismo lugar? ¿No importa lo que haya hecho cada uno?

—Eso es algo que podría haberte contestado desde los veinte años, más o menos. Siempre sospeché que importaba más en vida que después. En cuanto a la otra pregunta, no es exactamente un lugar, adonde van. Pero sí: todos van al mismo, en la medida en que todos somos relativamente iguales. El modo de vida de tu vecino y el tuyo, por ejemplo, se diferencian tanto como tu estatura y la de él. Son matices, y los matices no cuentan. Digamos que hay, básicamente, sólo dos estados: el tuyo y el mío. Es bastante más complejo, pero no lo entenderías ahora.

—Entonces vos y yo vamos a encontrarnos de nuevo, en algún momento —dijo él.

El padre no contestó.

—¿Importa algo estar juntos, allá?

El padre no contestó.

—¿Y cómo es? —dijo él.

El padre desvío los ojos y miró la pileta.

—Como nadar de noche —dijo. Y las ondulaciones de la luz se reflejaron en su cara—. Como nadar de noche, en una pileta inmensa, sin cansarse.

Él tomo de un trago el whisky que le quedaba en el vaso y esperó a que llegase al estómago. Después tiró los hielos en la pileta y apoyó el vaso vacío en el borde.

—¿Algo más? —dijo el padre.

Él negó con la cabeza. Movió un poco las piernas en el agua y miró la base de la reposera, el impermeable, la cara blandamente atemporal de su padre. Pensó en lo reticentes que habían sido siempre en todo contacto corporal y le parecieron increíblemente ingenuos y artificiales aquellos abrazos en los sueños en que aparecía su padre. Esto era la realidad: todo seguía tal como había sido siempre, y recomenzaba casi en el mismo punto en que quedara interrumpido cuatro años antes. Aunque sólo fuese por una noche.

—Por dónde querés que empiece —dijo.

—Por donde quieras. No te preocupes por el tiempo: tenemos toda la noche. Hasta que termines no va a amanecer.

Él respiró hondo, largó el aire y supo que había entrado en la noche más larga y secreta de su vida. Empezó, por supuesto, hablando de su hija.


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Juan Forn nació en Buenos Aires en 1959. Ha escrito guiones cinematográficos, tradujo libros y textos breves del inglés y del portugués. También, durante algunos años redactó como escritor fantasma manuales de autoayuda, novelas históricas y de política-ficción. Fue asesor literario de Emecé entre 1984 y 1989 y, posteriormente, director editorial de Planeta. Este cuento, “Nadar de noche”, cierra su libro de relatos de título homónimo, publicado en 1991 por Planeta Biblioteca del Sur: “[Sus personajes] corren con los ojos cerrados, chocan entre sí y buscan refugio en la engañosa geografía de una juventud que se les escapa cada vez que afrontan el fin del amor, las drogas, o el espanto de lo cotidiano ante el cine y las letras mágicas del rock and roll. Sin saber del todo la magnitud de las guerras íntimas que están librando en sus departamentos bien iluminados, apenas animan a preguntarse si existirá realmente un lugar adonde llegar”, dice la cuarta de forros de aquella edición.



lunes, 22 de enero de 2018

El faro



| Arturo Vivante |

Donde concluía el malecón y empezaba el muelle, estaba el viejo faro: blanco y redondo, con una pequeña puerta, una ventana circular hasta arriba y una inmensa linterna. La puerta estaba usualmente entreabierta y se podía ver una escalera de caracol. Era tan invitadora que un día no pude resistir aventurarme en su interior y, una vez dentro, subir. Tenía trece años, era un niño alegre de pelo oscuro; mi paso cargaba la mitad de mi peso actual en todos sentidos, y podía entrar a lugares donde no lo puedo hacer ahora, deslizarme con ligereza y sin escrúpulos de si sería bien recibido.

El pueblo —un balneario a la orilla del mar con un buen puerto en Gales del Sur— era ajeno a mí. Mi casa estaba muy lejos del mar, en un pueblo italiano en las montañas, y había sido enviado a Gales por mis padres para pasar el verano, quedarme con amigos y mejorar mi inglés. Nunca antes había salido de Italia. El pueblo lejano, el mar, las vacaciones, el verano, todo se sumaba a mi júbilo. El año también. Era 1937, e Inglaterra había comenzado a rearmarse; había una sensación de despertar en el aire. “En Bristol”, recuerdo que el jefe de familia donde me quedaba decía en voz baja y con una sonrisa agazapada, “están construyendo más de cien aviones al mes”. Las amenazas, escarnios y alardes de los fascistas estaban frescos en mis oídos, así que me hacía muy feliz escuchar esto. Todo me hacía feliz. Observaba a las gaviotas volar en círculo, salvajes; hacían parecer mansos a los petirrojos en el pasto. En Italia, excepto las palomas en las plazas, las aves nunca se acercaban. Miraba a las olas chocar contra el muelle con una violencia de la que nunca había sido testigo, después rebotar para encontrarse y apaciguar la bravura de la siguiente. Hice muchas cosas que nunca había hecho antes: volé papalotes, patiné en ruedas, exploré cuevas tapizadas con estalactitas, chapoteé en los charcos que dejara la marea, visité un faro.

Visité un faro. Subí la escalera de caracol y toqué a la puerta de hasta arriba. Me abrió un hombre que parecía la imagen de lo que un farero debía ser. Fumaba una pipa y tenía una barba canosa. Como un hombre de mar, llevaba una gruesa chaqueta azul marino con botones dorados, pantalones haciendo juego y botas. Sin embargo, también tenía algo de la tierra: una mirada bien puesta, plantada con firmeza, y sus botas podían haber sido las de un campesino. Bañados por el océano, sostenidos por la roca, el faro y su cuidador estaban en medio, sobre la delgada y larga franja de agua y tierra, perteneciendo a ambos y a ninguno.

“Entra, entra”, dijo y de inmediato, con ese particular poder que tienen algunas personas de ponerte a gusto, me hizo sentir como en casa. Parecía considerar muy natural que un niño viniera a visitar su faro. Desde luego un niño de mi edad lo querría, toda su actitud parecía estarlo diciendo; debía haber más personas interesadas en él, más visitas. Prácticamente me hizo sentir que él estaba allí para enseñar el lugar a los extranjeros, como si ese faro fuera un museo o una torre de importancia histórica.

Bueno, no era nada de eso. Estaban los barcos, y ellos dependían del faro. Sus mástiles estaban a nuestro nivel. Las gaviotas cruzaban por las ventanas a cada lado. Afuera del puerto estaba el Canal de Bristol, y en el lado opuesto, apenas visible, a unas treinta millas de distancia, la costa de Sommerset como un banco de nubes. A nuestra espalda estaba el pueblo con sus techos de pizarra, y el malecón con sus caminantes que no advertían ser observados desde arriba.

Tenía un gran telescopio —el latón muy bien pulido— sobre un pedestal y apuntando al mar. Dijo que podía mirar a través de él. Vi un barco bajar por el Canal de Bristol, una ola rompiendo a lo lejos —su salpicar, la espuma— y escarpados distantes y gaviotas volando. Algunas estaban tan cerca que eran sombras rápidas sobre el campo de visión; otras, muy distantes, parecían apenas moverse, como si descansaran en el aire. Yo descansé con ellas. Aún otras, volando en línea recta, aleteando con firmeza, progresaban muy poco a través del pequeño círculo, tan amplio era el círculo de cielo que el telescopio abarcaba.

“Y esto”, dijo, “es un barómetro. Cuando la manecilla se hunde, hay una tormenta en el aire. Ahora señala: VARIABLE. Eso quiere decir que en realidad no sabe lo que va a pasar, como nosotros. Y eso”, agregó, como alguien que está dejando la mejor parte para el final, “es la linterna.”

Levanté la vista hacia el inmenso lente con su bulbo de muchos miles de bujías en el interior.

“Así es como lo enciendo en el crepúsculo.” Se dirigió a la caja de controles cerca de la pared y puso la mano en una palanca.

No pensé que lo encendería sólo por mí, pero lo hizo, y la luz apareció, lenta y poderosamente, como lo hacen las luces fuertes. Podía sentir su calor sobre mí, como el del sol. Yo brillaba con aprecio, y él se veía satisfecho. “¡Chispas, es maravilloso!” Exclamé y lancé todas las nuevas palabras elogiosas que había aprendido —las viejas también—, como “hermoso” y “encantador”.

“Se queda prendido por tres segundos y apagado por dos. Uno, dos, tres; uno, dos”, dijo marcándole el tiempo, como un maestro dando una lección de piano, y la luz parecía obedecer. En verdad sabía cuánto tiempo exactamente permanecía encendida. “Uno, dos, tres”, dijo y bajó la mano como un director de orquesta. Después con las dos, como el Creador, parecía pedir por la luz, y la luz llegaba.

Yo miraba encantado.

Apagó la lámpara. Se extinguió despacio.

“¿De dónde eres?”, me preguntó.

“De Italia.”

“Bueno, todas las luces de distintas partes del mundo tienen ritmos distintos. Un capitán de barco, mirando ésta y tomándole el tiempo, sabría cuál es este faro.”

Asentí.

“Ahora, ¿querrías una taza de té?”, dijo. Tomó una taza y una jarra azul y blanco de la alacena y vertió el té. Después me dio una galleta. “Debes venir y ver la luz en la oscuridad alguna vez”, dijo.

Una noche volví allí ya tarde. La luz del faro iluminaba un gran estrecho del mar, los barcos, el malecón; y la oscuridad que seguía parecía más oscura que nunca. Tan oscura, tan penetrante y tan duradera que la luz de la linterna, poderosa como era, no parecía más fuerte que la de una luciérnaga y casi tan efímera.

Al final del verano regresé a Italia. Para la Navidad compré un panforte —un tipo de panqué de frutas, la especialidad del pueblo donde vivía— y lo mandé al farero. No pensé que lo volviera a ver otra vez, pero al año siguiente estaba en Gales, no de vacaciones sino como refugiado. Una mañana después de haber llegado, fui al faro para enterarme de que el viejo se había retirado.

“De todas maneras, todavía viene”, dijo el hombre mucho más joven que ahora ocupaba su cargo. “Lo encontrarás sentado afuera cada tarde, si el clima lo permite.”

Regresé después de la comida y allí, sentado en una saliente del faro junto a la puerta, fumando su pipa, estaba mi farero con un perro pequeño. Parecía más pesado que el año anterior; no porque hubiera subido de peso, sino porque parecía haber sido colocado en esa saliente y que no se podría desprender de allí sin ayuda.

“Hola”, dije, “¿Me recuerdas? Vine a verte el año pasado.”

“¿De dónde eres?”

“De Italia.”

“Ah, yo conocí a un niño de Italia. Un niño muy agradable. Me mandó un panqué de frutas para Navidad.”

“Era yo.”

“Ah, era un niño estupendo.”

“Yo fui el que lo mandó.”

“Sí, vino de Italia. Un niño muy agradable.”

“Yo, yo, era yo”, insistí.

Me miró directo a los ojos por un momento. Sus ojos me descontaron. Me sentí como un intruso, alguien que intentaba tomar el lugar de otro sin tener derecho a ello. “Ah, era un niño muy agradable”, repitió como si el visitante que veía ahora nunca pudiera igualar al del año pasado.

Y viendo que tenía tan hermoso recuerdo de mí, no insistí más; no quería destruir el cuadro. Estaba en el momento de la vida en que los niños de pronto se vuelven torpes, pierden lo que nunca podrá ser ganado de nuevo —una mirada floreciente, una frescura temprana— y entran en una etapa desacostumbrada en la que ingenian cientos de cosas para estropear la gracia de su ejecución. Yo no podía ver este cambio, este extraño periodo en mí, desde luego. Pero de pie frente a él, sentí que nunca podría —nunca sería posible— ser tan agradable como había sido el año anterior.

“Ay, era un niño muy agradable”, dijo de nuevo el farero y pareció perderse en sus pensamientos.

“¿Lo era?”, dije como si estuviera hablando de alguien que yo no conocía.


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Arturo Vivante (1923-2008), uno de los más interesantes cuentistas anglo-italianos, cuya obra es prácticamente desconocida en México, nació en Roma en 1923 y en 1938 se refugió en Inglaterra. Dejó la medicina para dedicarse a escribir cuentos cortos —la mayor parte publicados originalmente en el New Yorker— y novelas en inglés. Entre sus libros de cuentos figuran Run to the Waterfall, English stories, y las novelas A Goody Babe y Doctor Giovanni. Es traductor al inglés de Giacomo Leopardi. Esta versión al español de “El faro” corrió a cargo de Mónica Lavín; se publicó originalmente en La Jornada Semanal, en 1999.