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sábado, 25 de enero de 2025

Contra las fauces de la ola*


«Lorena, eres una chiquilla que apenas sabe limpiarse la cola… por eso debo cuidarte, porque de otra manera vas a andar de cusca, revolcándote con los muchachos… me incomoda cómo te vistes… odio que no quieras ir conmigo a misa… tampoco me agrada que me rezongues ni que te la pases hablando por teléfono… date cuenta, hija: estás desperdiciando tu vida… cuando seas grande vas a agradecérmelo…». La ola se agrandó con los minutos… Al principio, tenía el tamaño de las que suelen untarse a playa San Agustinillo, amables y tibias, de color turquesa… Sin embargo, a ésta se sumó una segunda y una tercera, las cuales, fundidas, irguieron cuatro o cinco metros de mar a lo lejos… Tras discutir con su madre, Lorena había abordado en su ciudad natal un autobús directo a Pochutla… Desde ahí, había viajado a San Agustinillo, Oaxaca, en taxi… Nadie le proporcionó la ruta, ninguna amiga se la sugirió… Simplemente, abrió el mapa en el celular y puso el dedo en un destino del sur… El viaje había sido agotador, porque el nerviosismo de saberse sola le trinchaba los párpados y la mantenía con los ojos pelones, como si tuviera un pingo sentado en la frente… Cansada, había terminado por dormirse con la cadenita, que le había regalado su madre, prensada entre los dedos, misma que había estado antes en su cuello y a veces la asfixiaba… A su arribo al hotel frente al mar, había salido a comer una pizza en un local atendido por italianos originales, o sea europeos, y después se había ido a la playa… Ésta era la historia, pero Lorena había llegado ahí para luchar con la ola, que crecía y crecía en el horizonte… Se embarró bloqueador en la cara y los brazos, pero le faltaba la espalda… A unos metros, había una pareja de jóvenes de piel blanca sentados en una toalla, besándose lentamente, como si lengüetearan un helado… Ella vestía un biquini que rellenaba con sus pechos de manera sobrada… Él se había colocado unos anteojos para sol… En la espalda, lucía un tatuaje de serpiente, una que se mordía la cola… Los saludó en inglés… Eran de Jalisco… Apenada, Lorena volvió a sentarse en su toalla e intentó esparcirse el bloqueador por los hombros y después en la espalda… La pareja se rio al verla contorsionarse por alcanzar aquella piel tan alejada de sus propios dedos… La otra joven le aplicaría la crema, que los acompañara ahí un rato a tomar el sol… Su madre le había advertido que nunca debía viajar sola, por el inconveniente del bloqueador solar y por algunos otros más… Se lo había pedido con esa voz que escupía como vidrio pulverizado, el cual se le había clavado en la piel cuando Lorena guardaba sus pertenencias en la mochila, y la madre se encontraba vociferando en la sala… Ahí había dispuesto dos tazas de manzanilla sobre la mesa de centro… Lorena aborrecía el té… Le gustaba a sus dieciocho años el café negro bien cargado, que tomaba a escondidas, porque si la descubría, su madre solía vaciarle la taza en el fregadero… Algo que la tenía harta, ¿por qué tomar café era un crimen? De esta manera comenzó el argüende de la madre, y la ola en San Agustinillo abrió asimismo sus fauces turquesa… La madre le dijo: «¿Te vas a ir sola a una playa perdida?... allá violan, allá te roban tus cosas y luego qué vas a hacer, Lorena, ¿qué?...». Y la ola desgarró el cielo y arrastró hasta la orilla el vozarrón de las nubes heridas… La pareja le invitó a Lorena una cerveza… Descorcharon la confianza y los tres se pusieron a oír la música que Xavier (ella era Sofía) programaba con el celular a través de una bocina Bluetooth… «¿Qué vas a hacer si te ocurre todo eso?... no vas a ir de viaje, hija… te voy a bloquear la tarjeta del banco con tus domingos, y me entregas ahorita mismo el celular… ¿sacaste dinero en efectivo?... ¡ah!, qué camiona… no quiero que pongas un pie fuera de esta casa… también está pendiente la universidad, carajo, Lorena, es la mejor del país, qué bonitas niñas van ahí, qué señoras tan elegantes son sus mamás, como yo… hazme caso: quédate aquí en la casa… el mundo esconde peligros por todas partes, como si hallaras de repente una coralillo en el cajón de tus calzones… quiero que te quedes… no, más bien, te vas a quedar encerrada así tenga que tragarme la llave de la puerta… ¿entiendes, Lorena?...». La ola oscureció el sol en tanto los tres jóvenes se bronceaban desnudos… Sofía había convencido a Lorena de liberar sus senos… Se reían de Xavier y de su lucha contra la excitación, pues era de libido fácil… La ola crecía como un tsunami cuando a la distancia apareció otro joven con una guitarra al hombro… Vestía bermudas y una camisa desabotonada… La arena que pateaba a cada paso salía espolvoreada a los costados de la misma forma que Lorena había visto al pizzero, a un guapísimo italiano, enharinar el molde antes de meterlo al horno con la masa… «Cuando murió tu padre, le prometí que te cuidaría… él tenía la ilusión de que te convirtieras en administradora… él lo deseaba, hija… él te mira desde el cielo, desde allá arriba… entonces, no me dejas la escuela… te voy a encerrar Lorena… tienes que pensar en mí, en mis sentimientos… yo te eduqué para que la vida estuviera a tus pies, como una reina… digo, es difícil porque tienes muchas pecas en la cara y eso hace que tu piel sea imperfecta… ah, ¡eso es!... si te asoleas, te vas a llenar de pecas, te vas a poner prieta, hija… debes hacerme caso… todo por allá engorda, pero bueno, es lo menos que me preocupa: ¡las drogas!... se meten mariguana y esos muchachos te van a meter mano después… ¿lo comprendes, Lorena?... ¿te das cuenta de todo el pendiente que cargo?... ¡te das cuenta!... mira la buena vida que yo tengo acá, sentada, viendo la televisión por las tardes, al frente del negocio… me encantaría que tú lo administraras, pero hasta el momento desconoces todo, lo que se dice todo de la bisutería… a ver, ¿cómo se llama el modelo de la cadenita en tu cuello?... estás en edad, mi amor… es buena hora… ándale, dale un beso a tu mami y después ponte a leer una revista en tu cuarto… sácate esas ideas de viajar sola… ¡válgame dios!... al rato vas a decirme que quieres mantenerte soltera, sin hijos, y que vas a tatuarte una rosa en el hombro como grumete…». Los veinte metros del muro de agua se vinieron abajo sobre los jóvenes, cuando Pepe, el que había llegado con la guitarra, cantaba: No los dejen entrar / No los dejen destruir / No los dejen dominar... y por las bocas de los cuatro paseaba un cigarro choncho de mariguana… Lorena sintió que la flor del mundo se abría dentro de su cuerpo… En su habitación, en donde hasta entonces había existido polvo y el linóleo de la casa materna, el agua de San Agustinillo reventó las ventanas y empujó con fuerza el plancton de la vida, que la inundó… Los muchachos quedaron sepultados momentáneamente bajo el Pacífico, pero, en lugar de hundirse, nadaron bajo la ola con espíritu juvenil… A continuación, entre las burbujas submarinas, salieron disparados collares de perlas, que al rozar el cuerpo de Lorena se rompieron y las cuentas retornaron mágicamente a las conchas… Bajo el agua, Xavier y Sofía volvieron a besarse y Pepe, quien pataleaba y braceaba de manera veloz, con la guitarra colgada al hombro, tomó de la mano a Lorena para bucear juntos entre los tentáculos de un calamar gigante, algo pinto por la vejez, algo atrofiado debido a los mares visitados, que entre la estela repetía: «Te quedas… basta de camionadas… vas a hacer lo que yo quiera, porque es lo mejor… ¡qué vas a andar de loca, de borracha!... nada de eso: tu vida es cuidar a tu madre, si no, para qué te tuve… nunca más vuelvo a darte dinero… te voy a echar a la calle para que seas una vagabunda… ¿quieres eso, Lorena?, te gusta eso, ¿no?... estás matando otra vez a tu padre, estás matando a tu abuelita y a mí… acabas con tu herencia… la misma que traes al cuello, esa cadenita de las que vendo… por favor, razona, hija…». Sin embargo, los muchachos con la piel bronceada bailaron por la noche en torno a una fogata… Lorena se las había ingeniado para ponerse la cadenita de su madre como diadema: una tira de cabello le caía al costado del rostro, misma que Pepe hizo a un lado al acercar la boca para besarla… A kilómetros de ahí, el calamar se pudría sobre la costa. 

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*Este cuento obtuvo una mención de honor en el concurso Caminos de la Libertad 2024 de Grupo Salinas y será publicado próximamente en una antología.

Crédito de ilustración: Pixabay

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jueves, 1 de junio de 2023

La última de Lucas


Lucas mantuvo a raya su herencia familiar hasta límites imposibles, mi niño. ¿Por qué se emperró en pararle el tren a su legado? ¿Por qué intentó, enloquecido, pintarle cremas a lo impostergable? No lo sé. Pero antes de ir al acuatizaje, te voy a contar el principio del principio unos años atrás. Porque esto comenzó ese domingo cuando pasé a su casa para ir juntos al básquet, como todos los días vacacionales de aquella época noventera.

Al recibirme, tenía la cara más blanca que de costumbre y balbuceando me dijo: Vente, Roy, vamos a ver qué onda con Toribio porque no abre la puerta del cuarto y es hora de que tome su medicina.

Subimos corriendo las escaleras y todavía recuerdo nuestro sollozo intervenido por jalones de aire al detenernos frente a la puerta de su abuelo. En ese entonces Lucas no era Lucas; se llamaba Ricardo. No usaba aún la gorra con el Carnage bordado al frente ni tenía los pelos aplastados de gel. Era un chavo tranquilo, modoso, que a regañadientes jugaba con nosotros si lo jalábamos a completar la quinta, porque le temía a los manotazos debajo de la tabla que enrudecían nuestros duelos. Prefería sentarse en una banca y reírse a quijada batiente cuando entre todos nos cargábamos carrilla. ¿Por qué nos hicimos amigos si Lucas no jugaba a la pelota? Las tarjetas coleccionables de la NBA, los superhéroes de Marvel, las porno de Hustler, las pinturas fantásticas de Boris Vallejo y los asquerosos Trash Can Trolls nos hermanaron cómplices de una misma afición, aunque yo nunca fui tan clavado como él.

Mientras caían los encestes o llovían los manotazos cerdos dentro de la cancha, Ricardo-Lucas con delicadeza de monóculo, pipa y guante hojeaba su colección de tarjetas en la carpeta de tapas de vinilo, sentado en alguna de las bancas que rodeaban el terreno de juego. Guardaba la mayoría en cubiertas plásticas dobles, para que no se gastaran ni con la mirada, me decía sonriendo con los incisivos muy blancos y alineados cuando le criticaba tanto blindaje una vez que nos sentábamos a intercambiar las repetidas.

Además de las tarjetas, había algo que lo hacía diferente a todos nosotros y quizá por eso Ricardo era bienvenido aunque no supiera botar la pelota y jugar las tercias lo acobardara: su cabello chingón, a veces con mechones asimétricos; otras alocado y plumífero, nada qué ver con nuestro aburrido casquete corto o tusado de hospicio. Cada tres semanas, de ley, aparecía en el deportivo luciendo un corte nuevo que nosotros veíamos sorprendidos. Era la ventaja de ser nieto del peluquero más picudo del rumbo, dueño de un salón-barbería bien equipado. Todo esto, mi niño, pasó hace un rato.

En aquellos días habíamos cumplido los diecisiete, dieciocho. El deportivo Plateros no tenía la alberca chingona que tiene hoy, ni empastadas las canchas pamboleras. Era un deportivo ruinoso, cuyo pavimento descascaramos a fuerza de tallarlo con las suelas mientras corríamos rumbo al tablero para encestar la pelota en el aro. Todavía me acuerdo de aquellas tardes con el airecito pegando a toda velocidad en mi cara durante los partidos. Momentos chingones, mi niño, chingones. Cómo quisiera verme otra vez haciendo aquellos saltos, aquellos tiros, aquellas “coladas”…

¿En qué iba?

La puerta. Quisimos tirar la puerta a patadas, a la manera de las películas, pero no la movimos ni de chiste porque éramos unos espaguetis, flacos, flacos. Temiendo lo peor, Ricardo-Lucas se acordó del duplicado de la llave en la maceta de manzanilla de la cocina, donde su mamá había enterrado fierros de todo tipo. La jefa había muerto cinco años antes y Toribio y él vivían solos desde entonces.

Abrimos la puerta y un tufo a sudor agrio se nos metió en la nariz al primer paso que dimos adentro del cuarto. Las ventanas y cortinas estaban cerradas, pero había luz suficiente para ver en dónde pisábamos. El tanquecito de oxígeno del abuelo había rodado por el piso; la manguera transparente hinchada de aire serpenteaba sobre el linóleo. Toribio tenía los ojos cerrados y la piel gris. Engarrotado, parecía una momia. N’hombre, se me subieron los testículos a la garganta; abracé a Lucas porque me aterró ver al abuelo muerto. Estaba muerto, bastaba con verlo para darse cuenta de eso.


Mi cuate, bien machote, se acercó y le sobó los dedos gotosos. La cara de Lucas era la de un niño desconsolado. Él no es muy agraciado que digamos: tiene la nariz gruesa y los ojos más separados de lo normal, pero lo compensa con engreimiento. En ese entonces le sobraba. Pasó la mano por la calva del abuelo como si lo peinara, como si el viejecito fuera un bebé ansioso de chiqueo. Se encerró para que no lo viera morirse, me dijo con la voz hecha una cuerda de violín. Después, acercó los labios y le dio un beso en la calva. Huele a su loción, mano, huele a su loción, repitió. Sonriendo, Ricardo cerró el tanque de oxígeno y cubrió a Toribio con una sábana y le hizo tamalito el contorno del cuerpo.

El abuelo se había perfumado para morir. Andaba en las últimas del enfisema o una válvula fallida del corazón. Ricardo jamás me lo aclaró chido. Lo que sí sabía es que eran muy unidos. Toribio era la única familia que le quedaba, porque el papá se había dado a la fuga cuando Ricardo tenía ocho años. La mamá, decepcionada e inestable de los nervios, había empezado a tomar como loca meses después y de buenas a primeras un cáncer de páncreas la fulminó. Lo último que mi amigo recordaba de ella era un mechón de pelo sobre las sábanas revueltas, finos los cabellos de telaraña.

Por cierto, mi niño, el oficio familiar era la peluquería, el rasurado con navaja, el estilismo de unos años a la fecha. Pero Toribio, aunque se enorgullecía de su chamba, quería que Ricardo brincara ese peliagudo destino y fuera profesionista: abogado, arquitecto o doctor, preferentemente. Le pagaba la preparatoria en una escuela privada chida, y los veranos lo inscribía que a clases de idiomas, que a clases artísticas. En ese tiempo, Ricardo tomaba un curso de apreciación pictórica para jóvenes en Bellas Artes. A pesar de esto, catalogaba las pinturas de Boris Vallejo como obras renacentistas, aunque todos sabemos que son arte pop.

El abuelo le daba todo aquello que pudiera servirle para la vida, para que no se ensuciara las manos con pelos. O si lo hacía, sería al cobrar la renta de piso a los barberos y estilistas del negocio que Toribio había vigilado y atendido hasta poco antes de cursar la etapa final de su padecimiento.

Mi cuate repasó la palma de la mano sobre la calva del abuelo en tanto llegaba la funeraria que prepararía la cremación. Como si la pelona se relacionara de alguna forma con el trastorno que lo mató, la mimaba con el respeto que impone el temor a padecer una condición idéntica.

Semanas después del sepelio, escombrando el cuarto para ventilarlo, halló un álbum fotográfico choncho. Eran imágenes de cuando el abuelo comenzó su oficio y tenía nuestra edad. En casi todas, su mata resplandecía lustrosa en las impresiones sepia; en las restantes, Toribio se había calado un sombrero con el ala inclinada sobre la ceja, tipo Arturo de Córdova, debajo del cual asomaban racimos de su cabellera hermosa. En esos años, creo yo, no se estilaba usar la mata de esa forma. Pero Toribio había ido en contra de su época. Tenía el cabello largo y si uno miraba con detenimiento el papel fotográfico, podía percibir el volumen de aquella melena de príncipe, que emergía de las tomas como las crines de los caballos de cartón que brotan de los libros desplegables para niños. El contraste poca madre de los claroscuros daba esa sensación.

Qué chidas fotos, hermanito, le dije un día, tu abuelo era un chingón. Mira esa mata; míralo tan galán. Obviamente, terminó peloncito como tú terminarás, pero en sus buenos tiempos ligaba harta muchacha, se me hace.

Ricardo halló junto al álbum un montón de navajas de afeitar sin pizca de óxido ni huellas digitales opacando el metal. Muchas con el mango nácar, perlado o bañado en oro, con el “Toribio” grabado en cuidada letra manuscrita sobre las hojas filosas. Roy, al darme cuenta de que jamás fueron deslizadas sobre ninguna barba ni cuero cabelludo, sentí una tristeza de ésas que te estrujan los intestinos y el corazón se te hace pasita, me dijo. Toribio había retrasado su estreno para una gala a la cual ya nunca llegaría. La ocasión para gozar de aquellos bártulos finísimos había quedado sepultada bajo calendarios de desidia y un chorrito de mezquindad. Ricardo vendió algunas y las restantes las obsequió a los barberos ancianos, amigos del abuelo, que todavía chambeaban en el local, cuyo nombre no he dicho, mi niño: se llamaba Selbor, el anagrama del apellido familiar.

Pasó aquel verano y Ricardo cambió muchísimo. Mutó en Lucas. Le pusimos así, no porque nos recordara a las golosinas enchiladas; no porque se pareciera al Pato Lucas; no porque nos remitiera a un viejo grupo de rock. Fue por Pelucas. Pelucas por aquí. Pelucas por allá. Es que a Ricardo se le ocurrió a partir de entonces untarse gel en el cabello y encima calzarse la gorra de Carnage. Usaba ese mazacote día y noche. Es más, a pesar de que tenía al alcance de la mano una peluquería para su servicio, o quizá por esto mismo, única y exclusivamente se recortaba las puntas del cabello que sobresalían de la gorra cuando llegaban a los hombros. Más o menos como aquel Toribio de las fotografías, pero en culero. Esto daba a los pelos un aspecto sintético, de peluca. El apodo estaba bien manchado, lo sé. Tan manchado que un día que llegó al deportivo empezó a soltarle de chingadazos a quien se lo dijera. Yo evitaba hacerlo en su presencia. Para componerlo, deslicé entre los amigos la posibilidad de llamarle Lucas. Y funcionó. Desde aquel día, el Ricardo que conocimos quedó sepultado bajo plastas de gel.

Además de esto, se aferró todavía más a sus tarjetas. Le entró la onda de plastificarlas. No sólo se trataba de cuidar los hologramas y ediciones únicas, agarró parejo y cada vez que nos encontrábamos, tenía ya otra docena plastificada, incluso algunas achicharradas, deformes, debido a la mica derretida, mica de papelería, que le había repasado a los cartones. Ay, mi niño, yo veía con tristeza a las chichoncitas de Hustler desfiguradas por esa improvisada cirugía plástica, con la piel de cera y los labios colgados como lóbulos de tatuador. Oye, carnal, le dije, entiendo que quieras conservar las tarjetas, pero esto las deshumaniza, ¿no crees? Obvio, no son de carne y hueso, pero sabes a qué me refiero. Es como si no las tuvieras cerca porque no puedes tocarlas ni tantito. Las chavas y los jugadores se ven bien culeros, además. No, Roy, me contestó, así no se gastan ni con la mirada. ¡Ah qué la chinampa con eso, Lucas!

Llegó el otoño y tuvimos infinidad de bajas en el deportivo. A partir de esa fecha nuestras vidas cambiaron. Los amigos faltaron a jugar desde la primera tarde, ya fuera porque habían entrado a su primer trabajo, ya porque la universidad los absorbía a tiempo completo. Yo tuve que fletarme ambas cosas. Ahora estudiaba por las mañanas y en las tardes despachaba un negocio de venta de consumibles para cafetería. Digámoslo claro: era chalán, cargaba bultos de azúcar y café, subía garrafones de agua a cuartos pisos, por las escaleras. Además, empecé a enamorarme de todas las mujeres que pasaban frente a mí en la escuela. Incluso en los pasillos universitarios me llamaban el pie plano, porque pisaba parejo.

Debido a tanto quehacer, tomé distancia de Lucas. Nos llamábamos por teléfono o nos contábamos cualquier cosa cuando nos topábamos en la calle. Mis rumbos variaron. Mis encestes disminuyeron.


Volví a encontrarlo medio año después. Vestía unos pantalones de mezclilla nuevos; tenis caros de suspensión y diseño aerodinámicos; playera fina con estampado poca madre; todo él lucía fabuloso, excepto esa maldita gorra de Carnage y la plasta de gel arranciada debajo. Ricardo, neta, tira esa gorra apestosa y date un bañito. Cálmate, Roy, te vas a morir de envidia cuando más allá de mis treinta conserve mi cabello lacio, bonito, abundante, no como tú, que vas que corres hacia la alopecia. ¡Ah, chinga!, tu idea más despacio cuéntamela porque no te sigo, le dije, si el del abuelo pelón eres tú. Siempre he pensado que eres medio güey, Roy, ni siquiera puedes armar una oración sin tropezarte con solecismos; ¡eres un lerdo! Sale, carnal, si vas a insultarme con palabras que no conozco, mejor luego nos vemos. Y seguí mi camino.

Otro extenso intervalo de meses después (no soy tan pendejo para hablar, me cae), mi novia de entonces (el nombre sale sobrando: no quiero herir susceptibilidades) organizó una pachanga en Cuautla. Habíamos sobrevivido a la mitad de la carrera y necesitábamos desfogarnos, volver a sentirnos jóvenes, pues la chinga escolapio-laboral nos había robado unos diez años de lozanía. Nos coordinamos para el asado, el alcohol, los condones, las bocinas, los discos de José José y Molotov. Asistiríamos compañeros de las distintas carreras disponibles en la ENEP Acatlán (en Nacatlán, ahí estudié): Derecho, Letras, Diseño Gráfico, Comunicación... No pienso confesar aquí en qué me licencié porque dirás, mi niño, que los profesionistas de ese ramo somos unos tarados, por cómo nos expresamos.

Qué onda, manito, te invito a una pool-panty (ojo, no: pool-party), para revivir viejas hazañas; échame un telefonazo, le escribí en una nota que dejé pegada a la puerta de su casa, ahora cayéndose de podrida. Después del encuentro pasado, no tenía esperanzas de que me respondiera y por eso ni siquiera le llamé a su chante. Pero, para mi sorpresa, se comunicó conmigo y hasta prometió cubrir las casetas y la gasolina si le dábamos un aventón en el coche. Amigo, eres mi invitado especial; nada más lleva tu hígado dispuesto a sintetizar raudales de alcohol, y harto apetito carnívoro, porque la vamos a pasar bomba, le contesté.

Nos emborracharíamos recordando aquellas tardes en el Plateros cuando caía la noche, y algunos de nosotros permanecíamos en el piso, sentados sobre los balones de básquet, con las sudaderas de capucha protegiéndonos del aire, con un refresco de tamarindo en la diestra y las carcajadas chisporroteando desde el alma. Le presentaría a alguna compañera de la escuela sin problemas para hacer hablar a un muchacho tímido y engreído como Lucas, a quien llamaría Ricardo, porque después de los dieciocho sólo los delincuentes usan apodos; bailaríamos al lado de la alberca; Cuautla sería la refundación de nuestra amistad.

Pero se apareció con la pinche gorra, y gel de reserva para el fin de semana.

Ricardo no se había lavado el cabello en tres años, me contó bajo el sol de aquella tarde en que habíamos matado ya medio pomo de ron, sin refresco, a puro hielo. Para que la visera no le incomodara por las noches, pues dormía con el cascote puesto, encajaba un cojín a cada lado de la cabeza, y en la ducha bastaba ponerse una bolsa de plástico que impermeabilizara el mierdero capilar. Eso sí, no era un cerdo: solía darle una lavadita a la gorra cuando notaba las ondas color orina, de sudor seco, que impregnaban el tejido. En ese caso suplía la gorra de Carnage por una de Venom.

Como yo ya andaba pedo, y aunque no lo hubiera estado, me indignó su estupidez porque lo apreciaba. Nadie quiere ver a los amigos atascados en la inopia. Hice hidalgo con mi chupe. Ricardo quiso seguirme pero frenó dos tragos antes de liquidar el vaso. El colmo fue cuando me confesó de dónde había sacado la idea. Roy, por si no lo sabes, las revistas de salud recomiendan el gel para contrarrestar la fricción del cabello, dijo en tono engolado, bien pinche mamón. Esto mitiga la caída y beneficia el vigor piloso. ¡Qué putas dices!, arremetí. Eso no significa que no lo laves, y se te pudra. ¿Y la seborrea? ¿Y los granos en el cuero cabelludo? ¿Y la pestilencia cuando coges? ¿Qué piensa tu vieja? Ricardo me miró con cara de eres un pendejo. Ni novia tengo, Roy; me la chaqueteo con las Hustler, dijo indiferente. Mordí un hielo. El dolor me golpeó las muelas y estuvo a punto de paralizarme la mandíbula. Escupí al piso. Mi novia, acostada en la tumbona a unos metros de nosotros, movió la cabeza desaprobando mis encabronados aspavientos.

Para esto, ya vestíamos short playero y sandalias plásticas. Las uñas de los pies de Ricardo estaban recortadas con cuidado; tenían incluso una película de esmalte transparente. Mi amigo continuaba siendo modoso, pero al mirarle la cabeza, por encima de aquellos ojos distanciados en forma curiosa del tabique nasal, notaba una contradicción, un aspecto indefinido.

Las chicas gritaban en la alberca; algunas de ellas habían subido a los hombros de los güeyes y sin parar de reír, se tironeaban mutuamente el sostén del bikini, para enseguida sumergirse bajo el agua, donde recibían caricias múltiples. Ricardo me contó que había tenido muchos fracasos sentimentales: las mujeres le daban la espalda cuando descubrían su, digamos, hábito de usar gorra y cataplasma de gel los trescientos sesenta y cinco días del año. La peor había sido una tipa a la que le había regalado sus tarjetas, en intento de lisonjearla o mamarla. Se habían conocido en el Comicastle de Félix Cuevas, y Ricardo pensó que ella sería sensible a este tipo de regalos. Se equivocó. Salió una vez con él y ¡abur! Las tarjetas fueron a parar a manos de coleccionistas despiadados, que pagaron centavos por ellas. Sin embargo, parecía resignado e incluso conforme. Nada podría sacarlo de su museo de pelos. Ni siquiera el amor.


Luego ¿qué crees, Roy?, un estilista de Selbor se ganó el primer premio en una expo del World Trade Center; el canijo recorta el cabello en segundos y además te hace un diseño de moda, como los que yo usaba antes. ¡No mames, Lucas-Ricardo!, le dije. Deberías hacerte un corte. ¡Aprovecha! Vuelve a tu manía peluquera. Disfruta tu cabello, cabrón. No entiendo qué necedad la tuya de guardarlo para quién sabe cuándo y para quién sabe qué.

Ricardo se puso igual de cariacontecido como en casa de su abuelo, años atrás: la tristeza le separó aún más los ojos, parecían camaleónicos. Bebió su chupe a fondo con aparente dolor en la garganta. Güey, le dije, estaría chido recortarte una mohicana o teñirte un mechón de colores fosforilocos. Después raparte y dejártelo crecer. Así por siglos. Ése era Ricardo, ése era el güey que todos admirábamos en el deportivo. No entiendes ni madres, chilló, punteándome con los dedos el pecho, con violencia ascendente. Dices eso porque tú sí vas a ser pelón, mírate las entradas, Roy, y quieres verme como Toribio, el Toribio muerto. Dejó caer su vaso. Los hielos patinaron sobre los adoquines dejando un rastro húmedo.

Su desplante coincidió con el final de “Rastamandita” y el silencio repentino de la fiesta. ¡Eres una porquería, Roy!, no eres mi amigo, quieres verme como el abuelo, gritó, esculcando ahora sus bolsillos. Todos volvieron a vernos a la espera de los putazos. Oigan, ¡cálmense!; no sean mensos, nos gritó mi novia. Como él también andaba pedo, cuando quiso venir hacia mí para soltarme un navajazo en la cara (había conservado una de aquellas, por lo visto), sólo me moví un paso fuera de su alcance y cayó en la alberca.

Apenas se zambulló, hubo un hervidero de cabellos en la superficie, como si hubieran arrojado un costal de arañas patonas a las aguas, porquería enmarañada por años, durante los cuales también había aumentado la ingenuidad de mi amigo.

Los güeyes saltaron fuera de la alberca atragantados por la confusión, y las viejas, entre grititos, entre mentaditas de madre, se sujetaron como pudieron el corpiño del bikini carrera a la orilla. Ahí chorrearon asombro; nadie creía lo que había visto. Y en cada una de sus bocas torcidas o entrecejos apretados por el asco, se escribió la lección que Lucas necesitaba.

Mi amigo emergió pelón, con el coco blanco y manchado de pecas, parecido al último Toribio. Tomó la gorra de Cletus Kasady, el nombre real de Carnage, y a punto de chillar, mi niño, juntó en ella los pelos que flotaban alrededor suyo.

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*Publicado en Círculo Editorial Azteca, en diciembre de 2022.

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sábado, 18 de marzo de 2023

Batracio



Javier me llamó aquella tarde para pedirme un favor inusual. Dentro de poco, llegaría a la puerta de mi departamento una mujer de Match.com con quien mantenía relación desde semanas atrás. Javier quería que le guardara el equipaje y que la dejara dormir en mi sillón; él se encargaría de pasearla y alimentarla el resto del tiempo, además de hacerle el amor en todos los sitios donde les fuera posible, excepto en mi departamento, pues, me dijo, respetaría mi espacio.

—¿Por qué no le pagas un hotel para que duerma ahí?

—Thalía cree que soy soltero y supone que podemos pasarla juntos día y noche el rato que ande por acá, pero no puedo; debo dormir en mi casa, con Pamela.

—Entonces, ¿qué le digo?

—Qué tuve que mudarme de departamento y embodegar muebles y todo, porque están por darme un nuevo trabajo en Querétaro y, por el momento, ando de aquí para allá hasta definir mi situación. Además, contigo estará más cómoda que en un hotel.

—Eso no es cierto y lo sabes.

—Bueno, me descubriste: es que no tengo dinero para pagarle el hotel. Nada más es un rato.

No quise darle más vueltas al asunto y terminé cediendo por ahorrar tiempo. Además, Javier me había hecho algunos favores en el pasado.

A las dos horas tocó a mi puerta y fui a abrirle. Thalía era una mujer de piel requemada por el sol, con los labios brillantes debido a su bilé color rosa mexicano, y de cabello con aspecto diría yo reseco. Sus ojos eran muy negros, esmaltados con un brillo intenso. La imaginé como una muñeca viéndome desde el escaparate de alguna juguetería a la espera de su nuevo dueño. Vestía playera blanca y shorts de mezclilla deteriorados, o eso parecían, por donde asomaban sus muslos color ébano, endurecidos por lo que supuse días de caminatas o trote. Olía a coco y ron, a los cocteles de playa que tan sabrosos saben al lado del mar.

No esperó a que me presentara. Dio zancadas con sus muslos poderosos y se tiró en mi sofá, en donde subió los pies con todo y sus tenis Converse.

Tomé del piso su valija. La petaca de cuero color miel, con parches y remiendos, pesaba muchísimo. Apenas la levanté, debí arrojarla encima del tapete de la sala, acompañando el movimiento con un pujido.

—Oye, Richi, ten cuidado porque traigo cosas frágiles —me dijo desde el sillón. Había acomodado las piernas de tal manera que era posible mirarle por la entrepierna su ropa íntima, del mismo color del bilé. Moví la vista hacia otra parte y me rasqué la nariz.

—¿Quieres un vaso de agua?

—Mejor una cerveza, o lo que tomes. Fui a la cocina. En el refri aparecieron cubos de hielo y una salsa verde ahora grisácea dentro de un frasco, además del habitual olor a moho. Tomé las llaves para salir. 

—Thalía, ¿necesitas algo de la tienda? Voy por la cerveza.

—Lo que tú quieras, Richi. —Ahora se estaba poniendo unas sandalias que había sacado de la petaca. En un segundo la había abierto y esparcido a lo largo de la sala dos pantalones, blusas, otros tenis, y una maletita con sus artículos de higiene, o eso supuse, pues era de plástico y tenía impreso el logotipo de Colgate—. Mientras, le llamo a Javo para que venga por mí. Dijo que hoy habría cena, baile y show. —Sonrió. Tenía los dientes muy blancos. La imaginé en un comercial de pasta de dientes, cepillándose la boca frente a un espejo en tanto la sombra de su cabellera esponjada se proyectaba sobre el azulejo detrás.

Salí de la casa. Cuando volví con las cervezas y una bolsa de papas, no la encontré en la sala. Dejé la compra en la mesa de la cocina y escuché que del baño provenían sonidos espantosos, como si un sapo saltara dentro de la taza. El ruido era tan extraño, que primero fui a asomarme por la ventana del departamento para ver si, por casualidad, había venido a pararse en la calle alguno de esos fierrovejeros con el altavoz descompuesto. Pero no. Los borbotones salían de mi baño.

Contrariado, me senté en el comedor, destapé una cerveza y serví las papas en un tazón. Acerqué salsa picante y un vaso, por si Thalía deseaba uno en donde tomar su cerveza. Tras oír el último estruendo, temí demasiada civilidad, y devolví el vaso a su sitio en la cocina y coloqué sobre la mesa un rollo de papel higiénico en lugar de servilletas.

Salió del baño. El tufo se propagó entre nosotros; me recordó a los mangos abandonados al sol durante días, con la cáscara supurando pudrición.

Thalía se sentó frente a mí y destapó una cerveza, la cual casi finiquitó de un solo trago. Subió los pies a la silla y se abrazó las rodillas. La luz de la ventana en el comedor recayó sobre su rostro. De manera extraña, sus rasgos se volvieron masculinos. Inclusive, me pareció observar en su mentón la película azul del rasurado. Me recordó a alguien, pero no supe pronto a quién. Meneé la cabeza; salí de mi fantasía.

—Dice Javo que llega en media hora. Mientras, ¿qué quieres hacer? —Bajó las piernas de la silla. Después se apoyó en el respaldo, echó la cadera hacia delante y abrió las piernas. La piel interior de sus muslos tenía un aspecto renegrido, lodoso—. ¿A qué te dedicas, Richi?

—Trabajo en una revista.

—Ah —bebió—, ¿eres escritor?

—Escribo de todo, no precisamente ficción.

—¿Ficción? —Cuando mientes para crear una historia.

—Me gusta eso —volvió a beber—; yo tengo buenas historias.

—¿Por qué no me cuentas alguna mientras esperamos?

—Son tonterías; no interesan demasiado.

—Eso no lo sabré hasta que me cuentes.

Se levantó de la silla y dio algunos pasos por la estancia. No sé si era por la cerveza pero la miré distinta. Alumbrada con el último sol de la tarde, Thalía tenía un cuerpo nervudo y sus piernas estaban mucho más musculosas. Los pechos y las caderas apenas se le notaban. Por un momento pensé en un primo que vive en otro lugar. No eran iguales, claro, pero recordé el día en que Mayolo llegó a casa de mi abuela para trabajar como albañil durante algunos meses.

Mi primo venía de Guanajuato. Entró con una mochila con el logotipo de Sony al hombro y, al igual que con Thalía, en ese entonces tuve que ir por cerveza a la tienda. Yo tendría diez años. Ni siquiera me lo había presentado, pero mi abuela ya me extendía un billete con el envase de la caguama, y me encargaba la bebida.

Al volver, mi primo estaba con el torso al aire, mientras extendía una camisa frente a la luna del ropero de mi abuela. La prenda era ajedrezada, rojo con negro. Se me quedó mirando por el reflejo con desagrado:

—¿Qué ves?, gordo.

Puse la caguama sobre la mesa y salí disparado al patio. El torso de Mayolo y el de Thalía eran semejantes.

—¿Qué piensas, Richi?

—En un primo.

—¿Eres puto? —Se sentó. Puso su lata a un costado y colocó las manos en la mesa. Tenía las uñas esmaltadas del mismo color de su bilé—. Con razón Javo me encargó contigo: eres de fiar.

—No soy puto —tomé un trago de cerveza—; ¿a qué te refieres con que soy de fiar?

Se jaló la playera, como si le viniera chica o estuviera adherida a su piel a causa del sudor. Aunque siempre habían estado frente a mí, esta vez ella tenía unos pechos más grandes de lo que había supuesto.

—Me dijo que confiaba en que cuidarías de mí y no intentarías meterme mano porque eres buen amigo. 

—No intentaré meterte mano porque, uno, eres pareja de mi amigo, y dos, no soy un animal sexual. 

Como cotorras libres de su jaula, las carcajadas de Thalía revolotearon por los muros.

—Animal sexual, ¡qué cosa tan chistosa! —dijo chistosa de manera extraña, sin aliento—. Dame otra cervecita y olvídate de pendejadas… Tengo hambre. ¿Me invitas algo de comer?

Mi primo Mayolo cada tarde, cuando volvía del trabajo, apestando a cemento fresco y sudoración agria, se despatarraba en una de las sillas del comedor y, con un categórico tono autoritario, donde relucían onomatopeyas y parangones entre animales de corral y yo, solía enviarme a la tienda por su caguama y frituras.

—Pero no quiero ir.

—Vas o te madreo, marrano.

Bajé la vista al piso. En el linóleo desprendido, descubrí la forma de un triángulo que, según recordaba, no estaba ahí por la mañana.

—Oye, putón —me dijo Thalía con una confianza excesiva—, ¿me vas a convidar algo de comer o —hizo girar su índice como si enrulara algo— tendré que salir por el barrio sin nada en la panza, hasta que un buen samaritano me alimente?

Hubo una ocasión, ya en los últimos días de su estancia, en la cual Mayolo llegó con los pies cuajados de lodo. Al quitarse los botines y desnudar sus pies, saltó a mi vista un apretado y supurante manojo de hongos. Su piel estaba raída, sangrante, y tiras de pellejo pendían de entre los dedos. El olor a queso, confinado en una caverna por meses, horadó mis conjuntivas hasta hacerme llorar.

—Órale, marrano —me tendió un tubo de crema Ting—, sirve para algo y lávame las patrullas, y después ponles esto.

—Pero me da asco.

—Me vale.

Mientras perdía la vista en el triángulo, pensé en la razón por la cual había aceptado hacerle aquella curación a mi primo. Todavía sentía en la yema de los dedos la suavidad de la piel muerta desprendiéndose de cada falange, la tibieza de los fluidos que supuraban las heridas, el chascar del jabón limpiando la sangre, como un batracio refocilándose en un estanque.

Froté mi mano en la pernera del pantalón a la altura del bolsillo donde traía el cambio de la tienda. Lo hice con tanta fuerza que las monedas tintinaron. Thalía me dijo:

—¡Ah!, ¿el dinero te quema las manos? ¿Quieres invertirlo en mí?

Se levantó y giró, enseñando sus formas. Se dio una nalgada de manera artificiosa, de comercial de faja moldeadora o algo semejante. Ahora, ese cuerpo de hombre era ya de mujer, un cuerpo mucho más generoso y bello que el que había entrado a mi casa. Tocaron la puerta.

—¡Javo! —Corrió hacia mi amigo y le saltó encima. Le atenazó la cintura con las piernas. Por un instante, pude mirar los talones de Thalía: la piel era ahí mucho más blanca que en todo su cuerpo, y no tenía ningún callo. Se besaron en esa posición.

—Me da gusto que te hayas adelantado a armar la fiesta. —Javier señaló con el índice las cervezas a medio terminar—. Ahora ya nada más invita las pizzas, ¿no?

En ese momento, me miré la palma de la mano que había estado frotándome. Se me había irritado a causa del estrés de mi infancia. Fui hacia la maleta de Thalía, apelotoné dentro de ésta la ropa que ella había tirado por la estancia, y, como pude, la arrojé por la puerta abierta.

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Publicado en Luvina, revista de la Universidad de Guadalajara, no. 110, primavera de 2023, pp. 97-101.

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lunes, 28 de junio de 2021

Donde yacen los perros


Son los propios novicios los que aparecen ataviados con pieles […] es decir, asimilan la esencia divina del animal iniciático y por ello resucitan a la vida a través de éste.

M. ELIADE, Nacimiento y renacimiento


Porque carecíamos de imaginación, o quizá porque a partir de entonces la flojera mental se había apoderado de nuestra cabeza, lo apodamos Mata Perros.

Cada tarde, después de la escuela, salíamos de expedición al puesto de periódicos del parque, por las revistas de encueradas que vendíamos a precios obscenos entre los muchachos del nivel superior. Las que mejor pagaban eran las que tenían fotografías del chocho, abrillantado de aceite, como cuerito de puerco, o imágenes de pezones del tono de una barra de jabón de unto, rositas. Los de sexto grado decían que chichis de ese tipo no existían en la colonia y ni siquiera en la ciudad, únicamente puro pezón moreno, y nosotros prietos, casi cambujos, queríamos mejorar la especie con las güeras. El asunto era conseguirlas.

Teníamos once años y ni de milagro la vieja del puesto, que resurtía los ejemplares cada semana, nos vendía las revistas. Cuando nos hacíamos tontos ahí al lado, con la intención de primeramente pedirle la mercancía a cambio del costo correspondiente, dinero que duplicaríamos con el negocio en la escuela, nos mojaba con un clavel que humedecía en un florero, porque sólo así, decía, se nos bajaba la calentura. Luego, intentábamos sustraer el material cuando uno de nosotros la distraía, pidiéndole que recontara el sermón del domingo, mientras los otros, al igual que una jauría, mordisqueaban con la mano la caja de cartón donde ocultaba a las encueradas, y jalaban varios números. Esto funcionó las primeras ocasiones. Hasta que el hijo de la vieja, un gordo de frente chipotuda, según esto luchador de cuadrilátero callejero, le llevó un pitbull jaspeado de dientes del largo de nuestros dedos, que ató a un paso del puesto esperanza de nuestras chaquetas. Asesino, le llamaba. Rabioso, en cuanto aparecíamos a una cuadra de distancia, el Asesino mordía el eco de los pasos con que salíamos corriendo fuera de su territorio. La vieja satisfecha metía las manos al mandil. Sonreía con sus dientes podridos, como la porcelana de un retrete de mercado.

Fue entonces que el Mata Perros apareció. Se llamaba Jacinto Buendía. Tenía diez años de edad, uno menos que nosotros porque había adelantado año gracias a su inteligencia. Estaba ponchado. Desde chico, además del estudio, se había dedicado a trabajar con su tía veterinaria y desde los seis cargaba bultos de croqueta o sacaba a pasear a los mastines de una casa ricachona, sin que se le echaran a correr ni una sola vez.

En aquella época se carecía del cuidado relamido que se da hoy a los animales, especialmente a los canes. Tanto a ellos como a nosotros se nos educaba a la vieja usanza: si volteábamos el plato de comida, palazos; si llorábamos, porque nos asustaban las tormentas eléctricas, palazos; si tirábamos de la mano a nuestras madres durante un paseo, palazos.

Jacinto sabía dominar a los animales casi con la mirada. Les chiflaba a los perros tripones de la carnicería y estos lo reverenciaban con el hocico gacho cuando pasaba a su costado. Me enteré que una vez, con sólo acariciarles los lomos, separó a una pareja de caniches que se había quedado unida por sus partes después de la cópula.

Sin embargo, si el chiflido no funcionaba para controlarlos, Jacinto el Mata Perros enaltecía su apodo y sacaba una ballesta con pasador para el cabello afilado, del tipo que entonces muchos empleábamos para agujerear fresnos o llantas abandonadas al dispararlo con un básico aunque funcional dispositivo de liga. Pero él había llevado el invento a otro nivel.

Quién sabe cómo, había conseguido los mismos elementos pero reforzados. La liga no se cuarteaba nunca, el popote jamás se doblaba, el pasador era plateado y su filo resplandecía bajo el sol y cortaba una hoja de papel con sólo dejársela caer encima. Nunca nos confesó su técnica de armado. Tampoco reveló la forja del metal. Algunos especulamos que la afilaba con lima de tornero y que el popote provenía de una manguera hidráulica, además de que la ligota era más bien un pedazo de banda automotriz. Únicamente sabíamos que esa flecha salía disparada del arco de sus dedos hasta clavarse a metros de distancia en el lomo de algún perro salvaje. Fue así como el Mata Perros poco a poco fue ganándose su lugar dentro de la pandilla a pesar de que, sotaco, nos llegaba debajo del hombro. 

También se reía mientras le contábamos cuanta chaqueta hacíamos con las revistas. Yo no era jarioso pero los otros, tanto nuestros clientes como los que conformaban nuestro batallón, eran expertos en frotarse el bálano con Teatrical y meterlo en una dona de plástico; en enroscarse el calzón de la prima u olerlo mientras salía del cabezón una gota de semen que luego los cochinos probaban para saber si les gustaría comérselo a las muchachas que pronto se ligarían, y con quienes pondrían en práctica cada una de las posiciones sexuales de las porno.

Pero el Mata Perros se nos había adelantado. Aseguraba que su tía la veterinaria tenía una hija de nuestra edad, ¿Lulú o Rosi?, con quien jugaba al doctor y a la que le chupaba hasta los deditos de los pies. Cuando lo decía, yo imaginaba que le sabrían a queso de puerco. Jacinto tenía la idea de irse con ella a vivir a otra colonia o por lo menos a otra casa, porque el padrastro también le hacía lo mismo a la nena, y el Mata Perros estaba celoso. No quería que nadie tocara al amor de su vida. Por eso se enroló con nosotros, por el dinero para construir su reino.

El negocio de las revistas, de unos meses a la fecha, había crecido exponencialmente. Había varo de sobra. La demanda era tanta y el producto tan escaso, que vendíamos por página en vez de ejemplares completos. Yo arrancaba las hojas y otro las doblaba en forma de avión o barco, procurando que las chichis y el monte de Venus de nuestras mujeres no se apreciara, sino hasta deshecha la figura. La manufactura y distribución eran fáciles. El dinero caía en forma, nadie se quejaba, todos estaban contentos y con pelos en la palma de la mano. El problema era que necesitábamos material suficiente para cumplir con la demanda, y la doña del puesto lo tenía. Ella y su perro.

Armamos un plan. Jacinto el Mata Perros se encargaría del animal mientras los demás huíamos con la caja de cartón hasta mi casa, en donde esconderíamos a las mujeres por un rato, dos o tres días, y las venderíamos cuando ya nadie recordara el hurto.

Votamos por si el Mata Perros debía liquidar a la bestia o nada más domarla por las buenas, disuadirla del ataque. Ganó el pacifismo. Pero llevaría la ballesta de popote por seguridad. No correría riesgos. Conocía bien a los canes y sabía que algunos eran impredecibles, como los de raza mixta. Lo liquidaría si fuera necesario.

No le pensamos más. La demanda pornográfica era insostenible. Además, el curso estaba a semanas de concluir y después de eso nos quedaríamos sin clientela, porque la próxima generación, la más grande, éramos nosotros mismos. El arriesgue consistía en que si los niños más chicos no gustaban de masturbarse tanto, tantísimo como los que ya iban de salida, el mercado eyacularía su extinción.

En ese dato pensaba yo cuando aquella tarde salimos por nuestras mujeres, así nos costara una mordida del Asesino, y subsecuente rabia. Nuestro apetito era de vida o muerte. Debíamos ser valientes.

A una cuadra de distancia, el Asesino levantó las orejas. La mayoría de nosotros se quedó paralizada de temor. Sólo el Mata Perros caminó hasta unos metros entre el can y él.

La vieja se levantó de su silla. Tomó la escoba con que barría la banqueta y le pegó al perro. A ver, Asesino, quiero que empieces a gañir porque estos mugrosos quién sabe qué quieran, le dijo.

Yo y dos más, ¿Nachito y el Gordo?, seguimos al Mata Perros. La sombra de su cuerpo se alargó en el piso y lo imaginé como un gigante de tres metros de altura que llevara en la mano un báculo: la sombra del popote que serpenteaba sobre el pavimento.

El Asesino abrió el hocico. La baba se desprendió de sus fauces. La vieja fue a donde estaba el seguro de la cadena, se inclinó y dijo, liberándolo: Esto quieren, bestias, esto tendrán. Nos paramos en seco. El Mata Perros le silbó. El animal mostró el perfil en el que tenía cicatrices como si de pequeño su madre le hubiera mordido adrede el hocico, para hacerlo fiero, y curvó el lomo, desperezándose. El silbido fue también la señal para que el resto de los niños saliera tras los arrayanes del parque, tomara furtivamente la caja y huyera a mi casa.

La vieja los vio. Asustada, porque desconocía qué pasaba, tomó el florero con el clavel y roció al batallón a su acecho. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, váyanse los diablos. Los chavos se nos quedaron viendo, a la espera de que les dijéramos si debían correr o aguantar el exorcismo.

El Mata Perros se acuclilló. Enseguida palmeó el piso. Venga, chiquito, calma. En ningún momento perdió de vista al Asesino que se tendió apacible y sacó la lengua, mientras jadeaba acalorado. El animal estaba en paz.

Es todo tuyo, le susurré al Mata Perros. Sin embargo, él irguió el arco, enflechó el punzón en la ligota y se dispuso a dispararle. No voy a confiarme, cuchicheó, ¡agarren todo!, urgió a los niños.

Cuando Nachito y el Gordo saltaron sobre la caja, un gigantesco lobo color tabaco, o al menos aquella era la especie que dominaba su raza impura, le apresó con los colmillos la mano a Nachito, que gritó tan duro que hasta el carnicero de la esquina de enfrente, con el mandil embadurnado de sangre, salió del local con ojos abiertísimos. El perro arrastró al niño y lo metió entre los arrayanes y por allá escuchamos sus gritos, déjame, dios mío, déjame, súplicas que ascendían al cielo. El resto de nuestra jauría se dispersó, como chispas de agua en un comal ardiente.

Sin embargo, cuando ya se había echado a correr con la caja entre las manos, al Gordo lo alcanzó el Asesino. Le saltó al cuello y se lo apretó de tal manera que no pudo gritar. En sus ojos noté la parálisis de las pupilas y cómo algunas tiras de su cabello se revolvieron lentamente en el aire cuando el pitbull lo derribó y le escarbó el pescuezo con los dientes. El Asesino levantó el hocico. Un pedazo de piel humana colgaba de sus fauces. La sangre escurría por el pelambre claro. Las revistas habían quedado regadas en el suelo como un abanico de vaginas y pechos.

El Mata Perros estaba con el arco tendido pero inerte. ¡Haz algo!, le supliqué. Estiró la flecha y la disparó al lobo, que salía de los arrayanes. La punta se le clavó en un ojo con el chasquido de cuando se destripa una uva entre los dedos. El perro aulló, cayó de lado, se retorció hasta que el hijo de la mujer, que había llegado de improviso, le sacó el punzón. ¡Con que muy machos con sus pinches juguetes!, nos dijo. Yo me dispuse a pelear. No es cierto. Más bien, me eché a correr a la carnicería y me escondí detrás del refrigerador, con un ojo puesto en la calle, y olor a manteca en la nariz.

¡Asesino!, ¡Lobo!, gritó el hombre y chasqueó los dedos. Ambos canes se le fueron encima al Mata Perros, que levantó las manos, queriendo defenderse. Resistió las fauces del Lobo, al introducirle los dedos en el hocico, sin embargo, en ese momento el Asesino le clavó los colmillos en la entrepierna y desgarró el short de Jacinto. El animal le apresó el miembro y los testículos y, tal y como los cocodrilos giran sobre sí mismos para cercenar un trozo de carne, se retorció y le arrancó los genitales. Las clientas de la carnicería y el mismo carnicero corrieron a echarles huesos crudos a los canes, para que liberaran al niño. Las bestias lo hicieron.

Tras la lucha, el hijo de la voceadora le pasó el brazo por encima del hombro a su madre. Después se acomodó la playera, que por un instante dejó a la vista sus cicatrices, como salpicaduras de ácido en el abdomen. Luego se limpió el sudor de la frente monstruosa, con chipotes antiquísimos.

En el pavimento, bocarriba, quedó el cuerpo de Jacinto cubierto con sangre, sitiado por nalgas de mujeres y uno que otro rayo luminoso que repercutía sobre el papel bruñido de las portadas.

Cuando nadie les ponía atención, recogí las revistas y, al día siguiente en la escuela, le regalé una a quien me lo pidiera.

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Publicado en Luvina, Revista de la Universidad de Guadalajara, no. 103, verano de 2021, pp. 73-78. Disponible aquí.


Ventura López o un relato millonario

La semilla olvidada

jueves, 6 de febrero de 2020

La salvación reposa en el lodo


Un joven llegó a casa de su mentor para plantearle lo siguiente:

“Nunca antes había tenido tantos problemas como hoy. El mundo se me cae a pedazos y desconozco cómo salvar los escollos que aparecen bajo mis pasos; maestro, estoy desesperado.”

El preceptor lo miró por un instante:

“Para resolver cada uno de tus problemas, ¿has pedido ayuda a alguien en específico? Por ejemplo: ¿a tus hermanos, a tus padres, a algún amigo?”

“A mis hermanos los odio desde que éramos chicos, porque despreciaban que yo fuera más listo que ellos; a mis padres los aborrezco, pues suelen tratarme como tonto, y no quiero humillarme pidiéndoles a mis amigos nada, debido a que saben que soy exitoso. ¿Qué hago?”

El mentor, pensativo, volvió la vista al fondo de la casa. En aquel sitio, la puerta tenía un boquete en la parte inferior por donde apenas un gato hubiera atravesado hacia el otro lado. El barro húmedo resplandecía en el umbral. Dijo:

“Mira, si en este momento la casa donde estamos se incendiara y tuvieras por única escapatoria aquella puerta, pero ésta se trabara a causa del calor, ¿qué harías para salvar tu vida?”

“Me tiro pecho tierra y me arrastro a través de ese boquete.”

“Pero te enlodarás, te rasgarás el pantalón, posiblemente hasta una pierna te quiebres.”

“Es más importante salvarse del fuego.”

“Así es. En ocasiones, la salida tiene un diámetro más estrecho de lo que suponíamos y uno debe hacerse pequeño para salvarse ¿verdad?”, dijo el maestro.

El joven entornó los ojos y, tras un momento de reflexión, se despidió, agradecido por el consejo.

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Cuento inédito

martes, 10 de diciembre de 2019

Entronque


Silvia dio un paso hacia atrás, liberándose de la mano de Antonio y también de su boca y de las palabras que le pedían un primer beso. Sonrojados, bajaron los brazos y desviaron la mirada de los ojos del otro.

Por el parque, corría un viento trenzado con olor a palomitas de maíz, algodón de azúcar y hojas de eucalipto. Las cadenas de los columpios chirriaban a lo lejos, alentadas por los niños que recogían y alargaban las piernas durante el vaivén.

Silvia se rodeó el pecho con los brazos ante el roce de una pluma que a su vez, por un juego de niña, ¡cuánta imaginación!, rozaba la fachada de su casa. El color rojizo de la pluma en contraste con el color turquesa de la fachada, el encuentro entre la suavidad y la aspereza, le compactaba el corazón, mismo que al verse rodeado por una fuerza desconocida hasta este momento, iba excitándose, queriendo huir del pecho. ¿Se desmayaría por un soponcio en este minuto tan importante? ¡Qué vergüenza!

Antonio se balanceó de la misma manera que si estuviera parado en una lancha a la deriva por un río. Sus tobillos de pronto le parecían frágiles como para mantenerlo en pie. El agua golpeaba los costados del bote y los remos extraviados flotaban ahora aguas atrás, girando semejantes a rehiletes, hacia la oscuridad espumosa del río. Tendría que nadar con todo y tenis si llegara a caer. Ojalá que las aguas estuvieran calientes porque su nado con la ropa puesta decaería aún más si el agua estaba como para congelar carne. ¿Carne de pato? La que fuera.

En el intento por seguir en pie, volvió a apoyarse en el hombro de Silvia. Ella, esta vez, le palpó con las yemas de los dedos los suyos, y se dejó ir con los labios entreabiertos a la boca de Antonio, quien percibió a sandía el aliento de Silvia.

El río desembocaba en un lago. Algunos patos se deslizaban por la superficie y en el reflejo de las aguas quietas, temblaba una casa color turquesa fincada en la orilla. Se iluminó la única ventana.

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Cuento inédito.


jueves, 15 de agosto de 2019

El miedo a las escopetas

—¿Es cierto que tiene a la venta un perro que habla?

—Y a precio de regalo.

—No le creo que hable.

—Acompáñame.

Recorrieron un pasillo hasta que llegaron al final de la casa. Entraron a una habitación en cuyo centro se hallaba un perro de raza universal, un canelo vagabundo, tirado de panza sobre un tapete.

—A ver, Solovino, este muchacho quiere comprarte. Entonces, ponte a hablar —dijo el dueño.

—Habla, Solovino, habla —rezongó de repente el can. Su voz rasposa se parecía a la de un fumador empedernido—. Siempre quieres que hable. ¿Crees que vivo para eso? —le respondió.

—¿Lo oyes?

—Dios santo, apenas puedo creerlo —exclamó el muchacho.

—Los dejo un rato a solas para que se conozcan.

Después de un momento de silencio:

—¿Por qué quieres comprarme? —preguntó el perro.

—Como guardia de seguridad, Solovino, quiero que des el pitazo cuando descubras a algún ladrón en mi casa.

—Antes hacía ese trabajo en una joyería. Mi antiguo dueño se ahorró una fortuna en alarmas gracias a mí.

El muchacho salió a toda prisa en busca del dueño.

—Se lo compro. Sólo tengo una duda: ¿por qué lo vende tan barato si es tan útil? Fue guardia de seguridad en una joyería, según me dijo.

—¿Eso te platicó?

—Sí.

—Lo vendo porque es un maldito mentiroso en quien no puedo confiar. —El hombre bajó la vista, entristecido—. Cuando lo compré, me aseguró que era perro cazador, pero le dan miedo las escopetas.

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Cuento inédito.


jueves, 18 de julio de 2019

Avistamiento


Entró en la casa cargado de bolsas. Se había comprado zapatos, pantalones, playeras, incluso un teléfono celular nuevo, con luces coloridas a los costados de la carcasa. “De lo mejor esta temporada”, le había dicho el empleado de la tienda. “Observe, usted, los gráficos nítidos, sienta la fidelidad de la bocina.” Luis Corona puso la compra sobre la mesita de la sala. Se sentó en el sillón y extendió plácidamente las piernas. Con la calma de quien paladea un beso, abrió uno a uno los paquetes. Pedacitos de papel cayeron sobre la alfombra cuando desprendió los códigos de barras a cada artículo y prenda. Por último, conectó el celular en el enchufe de la pared. Cruzó los brazos por detrás de la nuca y, mientras por la ventana de su departamento observaba el vuelo rectilíneo de un avión hacia espaldas del horizonte, pensó en cada uno de los momentos en que vestiría y calzaría estas nuevas adquisiciones. Ensoñó los pasillos cristalizados, olorosos a vainilla, de un mejor empleo; rodeado de gente a quien asesoraría y a quien repartiría órdenes como si fueran golosinas, pues todo mandato suyo lo acatarían con entusiasmo; gozarían obedecerlo. También, imaginó la cena en la cual le propondría matrimonio a Norma, una vez que con su nuevo sueldo pudiera comprarle una sortija a la medida de su cariño. “Cierra tus ojos, linda, siente el vaivén de la música, no veas hasta que yo te diga.” Mientras, él le plantaría un beso en boca y, enseguida, le mostraría la joya del pacto, resplandeciendo como una estrella sideral.

Ensoñó una vida perfecta al lado de su compra, pues a partir de ahora, gracias a su aparición, realizaría todos aquellos cambios pospuestos por no contar —aquí rió— con la indumentaria apropiada para encomiar instantes tan decisivos. “Este celular es la canela en el capuchino”, dijo en voz alta cuando despertó de la ensoñación y golpeó sus muslos con las palmas de las manos, como festejo.

Desdobló el pantalón de mezclilla, con la botonadura color plata, cuyos dibujos textiles en los bolsillos habían terminado por fascinarle. Lo vistió parado frente al espejo. Habría de practicar ahí las poses y movimientos que desempeñaría durante la cena de compromiso con Norma, o al dirigirse a los subalternos. Sin embargo, notó un problema al abotonar la cintura: la caída de las perneras no era la estimada. Fuera del probador de la tienda, colgaban demasiado zanconas y los tobillos blanquizcos de Luis quedaban expuestos a la luz, a la burla. Trató de acomodarlas deslizando la pretina hacia abajo. Tiró con tanta fuerza que salió volando uno de los botones. “¡No puede ser!” Con las manos crispadas en el aire, cayó de rodillas en la alfombra en busca de la pieza extraviada. Cuando lo hacía, una de las costuras del pantalón, posiblemente la trasera, crepitó y, por miedo a reventarla, Luis saltó hacia un costado, sobre la mesita donde había puesto el celular nuevo, aplastando el aparato con el cuerpo.

Instantes después, en calzoncillos, tirado en el sillón, probó encender el dispositivo, pero en respuesta apareció un solitario signo de admiración en la pantalla.

“El M-18 tiene un mes de garantía con nosotros, y veinticuatro meses con el fabricante”, había añadido el vendedor.

“Si algo caracteriza a esta marca de ropa, es la calidad de su botonadura: ni un caimán podría desprenderla”, le dijo la dependienta mostrando unos dientecillos retorcidos.

Como último recurso devolvería los artículos dañados a la tienda. No había tiempo que perder. Antes de que cerraran el centro comercial, iría por un pantalón y un teléfono de repuesto. Sin embargo, cuando buscó las notas de compra, recordó que las había tirado al salir del centro comercial.

Luis se dejó caer de nuevo en el sillón. No podía creer que hubiera tirado lo único que le garantizaba la sustitución de los artículos, y el comienzo de una nueva época. Volvió a golpearse los muslos, pero esta vez fue con los puños cerrados. Soliviantado, miró el resto de los paquetes sobre la mesa. “Quizá haya un consuelo”, clamó en voz alta.

Minutos más tarde, estaba rodeado de playeras guangas, maltrechas, y los zapatos chorreando espuma jabonosa. Alternadamente, había encontrado que las playeras le venían chicas o que sus colores no eran apropiados para el tono de su piel, y que los empeines del calzado mostraban manchas indelebles. Sus prendas eran una porquería, una porquería carísima, pues ahora estaría sin un centavo el resto del mes. Y lo peor: nunca podría vestirse bien para las ocasiones especiales aguardándolo. Su felicidad escapaba de nuevo y jamás podría darle alcance.

Sonó el teléfono de la casa. Era Norma, quería invitarlo al cine y después a tomar un café. Luis, molesto todavía, le dijo que era imposible y soltó el tono más seco, el más hostil que su garganta tuvo a bien graznar. Norma, paciente como lo había sido durante ya mucho tiempo, le preguntó cuál era el problema. Después de resumir los incidentes —y ella reír—, en tono solemne le dijo: “Oye, Luis, ponte cualquier ropa y vamos a la película”. Él abrió mucho los ojos, sorprendido por la indiferencia de Norma ante su problema.

Caminando por la calle, con sus pantalones deportivos y playera viejos, comodísimos, porque tenían años amoldándose a su cuerpo, Luis vio un ovni balancearse en el cielo a una distancia más o menos corta. Las luces de la nave titilaban como árbol navideño y el zumbido del sistema gravitacional era eufónico, podría decirse que transmitía sonatas siderales. Su desplazamiento obedecía a rutas de libélula: ascendía veloz unos metros y después se dejaba caer otros tantos, sin tambalearse. Estabilizado por completo, se abrió una escotilla y cuando algo asomaba a través de ésta, Luis se talló los ojos, porque sintió una basurita, una basurita que no incomodaba demasiado su visión, pero que estaba ahí, y cuando algo está ahí, Luis prefiere quedarse ciego a mirar a medias un contacto extraterrestre. Entonces, agachó la cabeza, sacó un trozo de papel higiénico para limpiarse el párpado y cuando volvió la vista hacia arriba, dispuesto ahora sí a apreciar sin mácula el esplendor del instante, la nave había desaparecido, dejando a su paso un chisguete de nube en la atmósfera.

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Cuento inédito.




lunes, 28 de enero de 2019

La lealtad de los súbditos

La empleada observó el billete desde el otro extremo del local; se quitó los anteojos para frotarse los ojos hinchados y algo resecos debido al día agotador de trabajo; plegó las patillas y los metió en el bolsillo del mandil. Se acercó al niño, que había entrado apenas un minuto antes y quien, después de haber mirado el cartel de los precios, había puesto aquel billete de cincuenta arrugado en el mostrador. El pequeño tendría cinco años, era rubio, de ojos color miel, con mejillas coloradas. Vestía una playera estampada de dinosaurios, pantalones de mezclilla, quizá demasiado modernos para su edad, y unos tenis de suelas cuyos focos coloridos brillaban cuando movía los pies, como en este momento al sonreírle a la empleada.

—¿Qué te doy, nene? —le preguntó.

—Uno rojo —vio el cartel de los sabores—, uno de grosella.

Ella deslizó el funderelele por la superficie del bote de nieve. Tomó un barquillo y encima embrocó la bola.

—Aquí tienes. Espero que te guste.

El niño agarró el cono. Sacó la lengua para lamer una gota que escurrió por su dedo, pero se detuvo y frunció los labios, luchando contra la tentación de chuparla.

—¿No vas a comer tu helado, lindo?

El niño apretó los ojos como si contuviera el llanto.

—No.

—¿Por qué?

La empleada tomó el billete, pero sintió raro el papel, más rasposo que los billetes que había tocado a lo largo de años. Sacó los anteojos del mandil. Inspeccionó los cincuenta pesos.

—No es para mí. Es para contentar a mi mamá.

El billete era falso, parecía sacado de un juego de mesa o recortado del periódico. Ella se quitó los anteojos. Con los dedos, se apretó el puente de la nariz y lanzó un lamento de cansancio. ¿Por qué no lo había revisado antes de servir el barquillo si lo hacía siempre con los niños pequeños? Al menos con los niños que compraban regularmente ahí. Ninguno parecido a éste, por cierto.

—No puedes llevarte el helado —extendió el papel; lo colocó a la altura del rostro del niño, como si quisiera vendarle los ojos con él—; ¿un niño como tú haciendo estas tonterías? ¿Un niño bien? —Apretó el billete falso en el puño.

La mujer alzó la vista a la fotografía colgada de la pared enfrente. En ésta su patrona e hijos sonreían sentados en un sillón semejante a un trono. Lucían ojos brillantes, sin rastro de irritación como los de la empleada. Se restregó los párpados con fuerza. Sabía que si su patrona le contabilizaba las ventas de la semana, le cobraría esa bola de nieve. Era precisa, horrorosamente precisa.

—Los ricos siempre piensan que lo pueden todo —se lamentó en voz alta.

El niño retrocedió y extendió el brazo, devolviendo el barquillo a la mujer. En eso frenó una camioneta afuera de la nevería. Un hombre con anteojos de sol, cabello relamido con gel y embutido en un traje color azul Oxford, por cuyo cuello de la camisa asomaba una gruesa cadena dorada, descendió del lado del conductor.

—Luis —se acuclilló y con la mano apretó el hombro del niño—, si no es porque todos te vieron venir para acá, no te encontramos. No vuelvas a salirte de la casa, ¿entendiste? Preocupas a tu mamá. ¿Verdad?, Pamela.

Por la ventanilla del copiloto se asomó una mujer. Estaba despeinada y tenía los ojos irritados. Contenía con un pañuelo también blanco un sangrado de la nariz, del mismo color que la nieve de grosella.

—No vuelve a pasar, hijo —habló con tono suave, de disculpa—, ni una vez más vuelve a pasar.

El niño bajó la vista al suelo. Abrió los brazos y lentamente los cerró en torno a sus hombros, abrazándose a sí mismo.

—¿No vas a pegarle a mi mamá otra vez, papá?

—Su hijo —titubeó la empleada—, su hijo pagó con un billete falso —le dijo al hombre.

Éste se incorporó y al olfato de la mujer llegó una loción de cítricos. Se quitó los lentes con excesiva calma; los ojos eran del mismo color que los del niño. Extrajo la cartera del bolsillo trasero del pantalón.

—Toma —le dio un billete de doscientos.

Ella fue a la caja registradora para tomar el cambio pero la camioneta arrancó tan pronto como había llegado conforme tecleó el importe.

Arrojó el vuelto a la gaveta y la cerró. Una vez que se sentara en el mismo banco del principio, parpadeó hasta que le brotaron algunas lágrimas frescas. Satisfecha, miró de nuevo la fotografía de sus patrones y los reverenció a la manera de una familia real.

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Cuento inédito.

viernes, 20 de abril de 2018

Aeronáutica Líquida


Bajo las ruinas de la victoria quedan siempre leyendas sepultadas. O, como en el caso de Walter, sepultado bajo el agua. Aunque al decirlo contravengo su ideal pacifista, él merece la gloria sobre cualquier piloto caído durante la Campaña de agosto. Murió por sus principios y no por el azar de la batalla. Si me lo permites, a través de tus notas y atención, contribuiré a honrar su leyenda: no quiero que continúe siendo recordado como el artífice loco de un invento imposible.

Walter creció en el sur del país. Desde muy pequeño observó, durante tardes inacabables, la superficie de Presa Infinita encrespada por el viento, desentrañando el eterno vaivén de aquel oleaje que su padre definía como el pulso de la Tierra. Muchas veces corrió descalzo sobre el borde de hormigón para arrojarse de maroma a las aguas. Nadó y nadó. Recordaba también que se divertía gritando al interior de la pila, en donde su madre lavaba todas las mañanas, hasta distorsionar con el aliento su cara infantil reflejada en la superficie de ese mar encajonado. Walter estaba orgulloso de que la Aeronáutica Líquida se hubiese inspirado en estos juegos de la niñez y gracias a la sencillez estimulante de su origen.

“Yo tenía seis años cuando papá murió, Börn [me contó Walter, alguna vez, con la mirada fija en los pliegues de una bata erguida como fantasma al fondo de nuestro laboratorio]. Su hidroplano se desintegró en el aire un mañana, así, inexplicablemente, y hallaron su cuerpo hecho carbón. A pesar de que resguardaba el nivel de la presa que suministra toda el agua del país, no hubo pésame ni indemnización por parte del Estado. Sólo una cuadrilla de militares recogiendo pedazos de metal en el monte y el pésame frío de promesas incumplidas en los ojos de mamá. Sin otro recurso más que sus brazos, mamá pasaba horas lavando ropa ajena en ese lavadero, para mantenernos. Orgullosa, nunca aceptó casarse de nuevo ni recibir limosnas de nadie. Por meses, un militar de cabeza cuadrada la visitó prometiéndole liberarla de los estigmas del jabón. Nunca le hizo caso. Recuerdo sólo a uno de sus novios: un hombre de piel casi púrpura que dormía en nuestra casa por semanas y después se iba. Nunca me dio un abrazo ni dijo palabra. Sonreía al verme, eso sí, mostrando el resplandor de sus dientes, y caminaba de largo rumbo al cuarto de mamá. Este hombre apareció cuando ella murió: acarició sin respirar el ataúd y salió del velorio en silencio.

”En aquel melodrama infantil [Walter sonrió al decirlo, lo recuerdo] descubrí que el flujo del agua es irrompible. Un día, Börn, corté rápidamente con la palma extendida, con la instantánea cuchilla de mis dedos, el chorro que caía de la llave y en milésimas siguió fluyendo. Ahora sé que la gravedad produce este efecto, pero entonces imaginé qué pasaría si un dispositivo pudiera mantener el flujo de agua en elevación constante, un sistema gravitatorio que, además, le brindara cohesión. Imaginé el resultado como una gota enorme, ondulando en el aire, tan maleable que resultara irrompible. Decidí entonces que podría primero experimentar con aguas de colores, con las cuales formaría letras en la fachada de los cafés y restaurantes del pueblo, como anuncios neón. Me gustó la idea. Después, crearía un monumento de coloridos chisguetes en cuyo centro una burbuja soportaría el busto de papá y su cara de conquistador amigable. Su mayor logro fue concentrar el agua del continente en nuestro país, en Presa Infinita, por lo tanto lo merecía. Finalmente, diseñaría un avión hecho de agua para ver desde el cielo, justo bajo mis pies, y no por una ventanilla, aquella presa y veintena de lagos y lagunas más que inundan hoy día los recuerdos de mi niñez…”.

Aquí, Walter se rascó la barba y repitió la plegaria de algoritmos que usó para alcanzar su objetivo. Inmerso en la paz de quien domina la realidad como una fórmula aritmética, sin errores, finalizó este relato al hablar, muy a su costumbre, de los ecologistas que se oponían al uso del agua como medio aéreo de transporte. “No se daban cuenta de que hacer aeronaves de acero y combustible es más caro para el planeta. ‘Déjenme enloquecer, entonces’ les dije, y los complací usando agua tratada”.

¿Cuál fue su aportación más valiosa?, me preguntas. Walter nos regaló la posibilidad de ver la superficie de Presa Infinita chapeada por el sol del atardecer o, más allá, ver desde el cielo las luces de la ciudad como recital de diamantes sobre el paño negro de la noche. “Imagínate, Börn [me dijo tiempo después, cuando hicimos flotar las primeras columnas de agua en los contenedores del laboratorio, gracias al dispositivo en perfeccionamiento], la tecnología ayudará al hombre a ver el espectáculo de la naturaleza, aunque suene a lugar común”.

¿Cómo era la aeronave líquida? Al ser activado, el prototipo cero era un halcón espumoso que iba tranquilizando sus olas hasta convertirse en un plumaje cristalino. Y como la mente de Walter no dejaba escapar detalle ninguno, programó además un termostato, con base en la temperatura de cada provincia del país, que sumergió en el pico del avión. “Es más importante que el giroscopio”, decía.

¿Cuándo se convirtió en arma? Cuando en pleno verano del setenta y siete nuestro país comenzó a tener disputas por el agua contra la Nación Pirética. La televisión transmitió imágenes de un tanque del ejército incinerado en la frontera sur. El lanzallamas pertenecía a un grupo movilizándose en cabañas rodantes, quienes lucían piel cobriza inflamada de sol y feroces máscaras de corteza. Habían adaptado sus viviendas para huir, debido a la deforestación de su entorno, hacia la última sombra que les restaba, situada justo al interior de nuestro territorio. En el laboratorio calculamos que para entonces la temperatura de aquella nación alcanzaba los 58 grados Celsius.

La guardia nacional fortificó la frontera para evitar la migración hacia las lagunas en nuestro país. En específico, reforzó la seguridad en Presa Infinita. Sin embargo, el ejército pirético tomó después la frontera, ahora con unos búnkeres andantes, destruyendo al nuestro. Los pronósticos eran desalentadores. Esa misma noche Walter y yo concluimos el prototipo cero de la Aeronáutica Líquida.

“Ánimo. Lo lograste”, dije palmeándole la espalda. Habíamos salido a tomar un descanso. En el cielo, un avión militar se insertó en el banco de nubes que rodeaba la luna. Cabizbajo y encorvado, con la bata blanca ceñida al cuerpo, y bañado por la luz que descendía de las alturas, Walter me pareció más una gaviota gris, que el inventor hablantín que yo había conocido, becados, en el posgrado de física de la universidad. Algo le preocupaba. Esa misma noche, que debía ser de festejo, la preocupación se materializó en una llamada.

“¿Quiere a su país, doctor Walter?... Entonces su invento servirá para extinguir el conflicto”, dijo el comandante, en el monólogo al otro lado de la línea. Habíamos resistido seis años la fatiga del resplandor marino del laboratorio, como el de una caverna oculta bajo el océano. El contacto interminable con la humedad nos había arrugado las yemas de los dedos por una eternidad y hacía mucho que no sudábamos a causa de la humidificación excesiva en cada poro de la piel. El dolor articular había aparecido porque cada ajuste lo llevamos a cabo sumergidos en la envergadura de la nave o dentro de la cabina de ignición. Tuve que vendarme muñecas y rodillas para disminuir la rigidez: yo también comparto la sabiduría de los remedios caseros de la infancia. No sirvió. Ahora, lo ves, soy un viejo reumatoide que al caminar o levantar la mano en saludo, escucha romperse entre sus huesos un oleaje de dolor. Esta circunstancia me confirma la fragilidad del ser humano: continúa siendo un bicho valiente en las guerras, pero un poco de agua extra en el cuerpo puede matarlo.

Esa noche, volvimos al laboratorio. El esfuerzo de Walter serviría entonces para una causa contraria a la que había sido concebido y en esa luz ultramarina caminamos por el esófago de una ballena, directo a acuchillarle el corazón.

Sin motivo aparente, Walter ajustó el mecanismo, que daba espíritu a su invento, girando la perilla del termostato. “¿Le echaremos a perder la fiesta al ejército?”, pregunté, insinuando sabotaje. Sus labios intentaron una sonrisa. “No es necesario, Börn”, respondió, guiñándome un ojo.

El convoy del ejército recogió el prototipo cero poco antes del amanecer. Walter explicó el encendido y la imposibilidad de armarlo con objetos sólidos. “Hemos evolucionado en misiles y balística”, dijo el comandante de cabeza cuadrada. “¿Crearon armas líquidas?”, preguntó Walter. “No. Eso hubiera sido una forma fácil de terminar esta historia: logramos que las de metal graviten junto con el agua”. Ellos habían estado trabajando.

Lo que sigue, la gente y tú lo saben gracias a la historia oficial, y gracias a la que mis palabras son consideradas un simple chisme sensacionalista. El prototipo cero fue reproducido en serie, a miles de centímetros cúbicos por minuto. Y la Fuerza Aérea Líquida (FAL), como fue bautizada dicha élite militar, bombardeó en la Campaña de agosto a la Nación Pirética. Sus baterías antiaéreas, fijas en cada búnker, cuyas municiones atravesaban inofensivamente el casco de los aviones, no pudieron hacerle frente.

Las imágenes en la televisión del bar donde veíamos, durante nuestro fallido festejo, la acometida horas después, no dejaron duda: el océano de los aviones embistió el amanecer.

Walter levantó su vaso para distorsionar a través del cristal la luz de la pantalla. ¿Qué sentía? Tengo la impresión de que lloraba, porque se pasó dos o tres veces el dorso de la mano por las mejillas.

La FAL acorraló a los pobladores ardientes, que desplazaron sus cabañas de vuelta a su territorio, entre el bosque depauperado. Los invadimos. Cruzamos su cielo. El zumbido del bombardeo duró apenas unos segundos, pero fue devastador. Fuego. Gritos. El horror hecho un programa noticioso. Walter apretó el vaso, reventándolo. La palma de la mano se le llenó inmediatamente de sangre, pero nadie de los parroquianos lo notó. Permanecían absortos en los detalles de las aves transparentes, suspendidas en el horizonte como lluvia que nunca terminará de caer. Le enredé mi venda para frenar la hemorragia. Cerró el puño y se lo llevó a los labios. Los párpados cayeron lentamente sobre sus ojos verdes y cuando pensé que las lágrimas correrían hasta el mentón, sonrió. “Voy a tomar un poco de aire” y, sin mediar explicación, salió del bar.

En la calle, intenté tomarlo del brazo. Sentí su codo reducido a una piedrita de río. En lugar de detenerse, giró soltándome un manotazo directo a la nariz que me hizo sangrar. “La crueldad es un boomerang. Ya lo verás”, dijo con aliento a caño, apuntándome con el dedo índice en medio de los ojos.

Echó a andar por entre las casas, aún en penumbra, donde quizás aquella madrugada la gente bebía leche, arrebujada en el sillón, viendo la guerra que estaba a la vuelta de la esquina, pero que para ellos se desenvolvía en otro mundo. Uno distante. ¿O era una película de ciencia ficción para noctámbulos? El argumento de la historia que, sin instructivo de armado, ha olvidado para siempre el invento de Walter.

Regresé al interior del bar. Cuando iba directo al baño apretándome el tabique nasal, en la televisión la resistencia de la Nación Pirética había trasladado sus tropas muy adentro de su territorio, hasta una duna similar en tamaño a Presa Infinita, sólo que retacada de arena. Aunque el calor ahí seguramente rebasaba los 60 grados Celsius, era su último refugio.

“Se acabó. ¡Los acorralamos!”, dijo el barman, que se pasó el dedo índice por el cuello en señal de corte. Sin embargo, más tardó en pronunciar la última palabra, cuando la modificación en el termostato del prototipo cero, hecha por Walter, error duplicado en masa, facilitó la desintegración de la FAL, que se evaporó en la temperatura extrema.

El bar quedó en silencio. El barman permaneció con la cara embobada al ver cómo los halcones se caían a espumarajos desde las alturas. En cierta forma, Walter así lo había planeado y, a pesar del dolor en la nariz, aplaudí su astucia. Lamentablemente, él no estaba ahí para verlo.

Seguí mi camino al baño. Después de mojarme la cara en el lavabo, aspiré el olor a creolina, el olor a muerte para los bichos, que desde entonces no he podido arrancarme. Lo asoció con la desgracia. Apenas me pasé una toalla de papel por la cara, el espejo retumbó con la alegría de los parroquianos. “¡Ganamos! ¡Ganamos!”, igual que si el equipo de sus amores hubiera empatado después de ir perdiendo el partido.

Al volver a la barra, en la televisión repetían la lluvia de balas y misiles cebados que aplastaban construcciones de madera, y el rostro ya sin máscara de los piréticos, que veían perdido el conflicto con horror luminoso en los dientes. Una victoria pírrica para nuestro país, pero victoria al fin.

***

Por la tarde, fui al laboratorio, consternado todavía por la maldita casualidad que permitió ganar una guerra que pudo evitarse si el país hubiera aprendido algo de la buena voluntad de Walter, que quiso detener el ataque cuando averió su propia invención. El quería compartir el agua, de alguna forma, con todos. Al entrar, mi venda enmarañada entre las piezas del mecanismo y la computadora con la información del proyecto se deslizaban inservibles sobre el agua, que se había desbordado de los contenedores, pintando de rojo cada rincón. Hinchado y purpúreo, Walter vino flotando hacia mí sobre el oleaje infecto.

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Publicado en El Guardagujas no. 56, julio 2012, pp. 1-2