viernes, 29 de mayo de 2020

La invención de la empatía

Cuando me haya ido de este mundo, mi espíritu continuará en la carne de estos muchachos, y en la de sus hijos, y en la de los hijos de sus hijos.
J. Fante
-
La primera vez que oí llorar a un hombre fue cuando tenía seis años. En ese tiempo dormía en el cuarto de mi abuela al fondo de la vecindad donde crecí, una construcción ruinosa con casuchas de ladrillo rojo y muros descascarados. Al lado del de mi abuela, se encontraba un cuarto habitado por una familia de cinco miembros que vivía amontonada en un espacio no mayor a los cinco metros cuadrados. Era una familia tan bestial como humilde que se ganaba el sustento vendiendo quesos y embutidos en un carrito hecho con un huacal deslizado sobre ruedas de balines. El padre y la madre arrastraban ese carrito por toda la colonia. Ofrecían a gritos sus productos afuera del molino de nixtamal o embolsaban un trozo de queso y uno más de longaniza, y los entregaban a la puerta de las casas que así lo solicitaran. El matrimonio era andrajoso (no menos ni más que todos los que vivíamos en aquella vecindad). La mujer vestía faldas de colores chillantes remendadas y calzaba siempre sandalias de plástico. Aún puedo ver en mis recuerdos el brillo de sus chamorros engordados de várices, de piel oscura, casi color avellana, brillando grasientos a la luz del sol. El hombre era más o menos gordo, con esa barriga mexicana semejante a un embarazo, y vestía pantalones casimir de tercera mano, con zapatos encostrados de tintura. Como de un sueño del que hubiera despertado, ya he olvidado sus caras o la forma de su cabello, y unas manchas de tinta sobre una hoja en blanco ocupan hoy estos rasgos. Puedo recordar su bestialidad. Puedo hacerlo porque veo a mi madre tirarse de los cabellos con la mujer durante una pelea fiera y cómo ésta le lanza rasguños a la cara hasta hacerla sangrar. Olfateo esa experiencia aún en el olor de las carnes frías, del tocino, de los embutidos. Relaciono los cárnicos procesados con ese miedo de ver a mi madre confrontarse con aquella mujer. ¿Por qué peleaban? También lo he olvidado. Pero fueron muchas peleas. Y casi todas las recuerdo a detalle, como una película que rebobino con creciente odio. El matrimonio, María y Esteban, se llamaban, tenía tres hijos: dos de ellos, Luis y Cristina, un par de años más grandes que yo, y uno mayor, Juan Carlos, el jefe de la pandilla de la cuadra. A mediados de los 80, la colonia estaba en manos de pandillas que se disputaban el dominio del territorio, calle a calle, banqueta a banqueta, y eran continuas las broncas entre rivales. No había fin de semana sin que el pavimento no amaneciera con cristales de botellas rotas regados por doquier, o sin el ulular de una ambulancia al recoger a algún herido. De igual forma eran inacabables los operativos policíacos para reducirlas o extorsionarlas, pues el crimen, sin mucha variación en la actualidad, era controlado por la ley. Juan Carlos era el cabecilla de los Mixcoacos que dominaba, por obvias razones, la calle Mixcoac, en donde vivíamos. Al parecer era la pandilla más poderosa y la más odiaba pues frecuentemente se aliaba en su contra el resto de las bandas. Debido al dominio de los Mixcoacos, ocurría que siempre que había un crimen más o menos grande: el robo a una casa en la colonia Alpes (que incluso hoy mantiene un alto estatus, y que se halla a menos de un kilómetro de distancia de Merced Gómez, donde crecí), o el robo de un coche, los agentes, como les llamaban en aquel entonces, iban a nuestra vecindad a visitar a Juan Carlos para hacerle algunas preguntas, la mayoría de las veces no tan amistosamente. Aquella noche estaba yo acostado al lado de mi abuela. Ella roncaba sin parar y su cabello olía a talco o polvo de arroz. Yo no podía dormir e intentaba alejar a manotazos a los moscos que llegaban hasta mis oídos para zumbar. También, escuchaba cómo en el cuarto contiguo, Juan Carlos y una chica hacían el amor. La cama rechinaba e imagino que con sus codos y rodillas golpeaban el muro de nuestra cocina, por lo que conciliar el sueño era imposible. Así estuve tendido, registrando en mis orejas cada cloqueo, cada susurro de satisfacción y deleite. En ese momento no sabía qué era lo que ellos hacían pero podía deducirlo porque mi madre se dedicaba a lo mismo cuando mi papá nos visitaba. Después, oí pasos por el amplio patio de la vecindad que llegaron hasta su puerta. Un cristal roto de la misma. Y dentro, a dos hombres que comenzaron a alternar las preguntas: ¿Dónde está? ¿Quién te la dio, pendejo? ¿Dónde está? ¿Quién te la dio, pendejo? A las que Juan Carlos respondía: Yo no sé, no me pegue, no me pegue. Y los gritos de la chica que suplicaban lo dejaran en paz. El estrépito duró varios minutos. Por el ruido que llegaba a través del muro de la cocina supuse que lo golpearon con los puños, con un tolete y además lo azotaron contra el piso como si fuera una jerga empapada. Evidentemente sus padres no estaban: la familia desaparecía por temporadas, posiblemente porque se iban de viaje a su pueblo. Mi abuela se revolvió en la cama. Me acarició la cabeza y pidió que durmiera. Fue entonces cuando los agentes salieron de la casa taconeando los casquillos de sus botas. Yo apreté los ojos para intentar conciliar el sueño. Al principio, pensé que Juan Carlos se lo tenía merecido por ratero y porque su madre golpeaba a la mía. Pero cuando comenzó a llorar, con ese llorido ronco, que brota de unos pulmones extenuados, que rasga la garganta con una especie de vapor incandescente, sentí lástima por él. Nunca había visto o, en este caso, oído a un hombre chillar. Quizá Juan Carlos no era un hombre aún, sino un muchacho apenas, pero a esa edad yo lo consideraba como tal. Y ese dolor se me quedaría para siempre encajado en los oídos, porque era muy extraño, demasiado novedoso y horrible a la vez. Y es que los hombres no lloran por un dolor físico. Pero si lo hacen es porque en realidad el umbral ha sido rebasado y es imposible restañar la sangre.