jueves, 1 de noviembre de 2018

Falso contacto


Sentado en la banca del parque, escucho el noticiario deportivo del domingo. Mi walkman es un Sony color amarillo, a prueba de agua; la casetera y el enchufe de los audífonos tienen hule espuma que evita que se mojen durante los chapuzones, y aunque nunca he nadado ni creo que lo haga pronto, este walkman es mi único bien, una propiedad de segunda mano que compré con mi paga del mes.

Me tallo los ojos con el pulgar sin moverme nada: los audífonos tienen falso contacto y un bostezo mataría al locutor al otro lado de la transmisión. Reseña el último partido por el campeonato entre SuperSonics y Bulls. Bulls ha conseguido el cuarto título. Jordan encestó veintidós puntos y Rodman bajó once rebotes ofensivos. El hombre desarrolla lentamente sus ideas. Parece borracho o nervioso; vacila y por momentos no entiendo qué quiere decir. ¿Por qué lo critico? Si yo trabajara en la radio, mi dicción sería igualita: a veces olvido cómo se pronuncian ciertas palabras (¿se dice apeído o apellido?), por lo que cualquiera diría que soy lento, de boca lenta.

Aunque el locutor esté lejos, su voz es buena compañía.

Podría llamarle por teléfono a Citlalli para vernos, pienso.

Ahora mismo, esperando a que su madre vuelva del mandado, ha de estar con sus hermanos pequeños, todos sentados en el sillón, rodeados por alteros de ropa en el piso, la que, como negocio, su madre zurce en una máquina de coser al fondo del departamento, lo único nuevo en todo el departamento. Han de estar viendo a Raúl Velasco en la tele, y cómo suelta de vez en cuando un dijistes o llamastes cuando entrevista al cantante en turno.

Podría visitar a Citlalli, sí.

Le ayudaría a preparar palomitas y, mientras los niños las comen en la sala, ella y yo nos abrazaríamos en su cuarto. Con la luz prendida, vigilados por las paredes descascaradas de su habitación, en medio de muñecos de peluche y calcomanías adheridas al ropero, la abrazaría hasta que el olor a suavizante de su suéter se quedara fijo a mi nariz. Nos abrazaríamos y ya. Sin besos ni arrumacos. Sólo el ir y venir de su respiración oleando contra mi pecho. La espuma de sus palabras consolando mis oídos: “Esto pasa siempre, Raymundo, a todos algún día nos pasa”. Podría acariciarle el arete, nada más. Del par idéntico a huesos de manzana que le robé a mamá y que le regalé a Citlalli cuando aprobó el examen de admisión a la prepa y se inscribió en la más importante de la ciudad. Yo fui rechazado de todas.

Echarle el telefonazo no es mala idea, pero no traigo ni un quinto para hacerlo.

La tarde enfría y los huesos se me empañan. No vuelvo a mi casa para ponerme una chamarra porque no quiero ver a mamá. Preferiría meter los brazos debajo de la playera para calentarme. No, eso no: moverme mataría al locutor.

Quedo escurrido en la banca, como muñeco, igual que esos muñecos manilargos y patones que mamá tiene en el sillón y que papá le regalaba hace años, cuando eran novios, en esos tiempos en los que ella aceptó ser su querida. Los muñecos ahí son un altar donde mamá le reza a ese Dios que nunca escucha sus quejas de amor y dinero, ni sus leperadas mala onda. Papá se convirtió en Dios y nunca nos escuchó.

Aprieto los dientes. El miedo se va si cierras los ojos. El frío me engarrota el vello de los brazos, pero estoy seguro que todo lo que siento es una tonta proyección de mi cabeza sobre mi cuerpo. Parpadeo. Miro a los dos luchadores trabados en un candado al cuello en la fuente vacía por allá; esa escultura es un tributo enfermizo a presencias nunca cuajadas. ¿Por qué pienso en cosas cuyo significado desconozco?

El rótulo LIGA MAYA DE BEISBOL color amarillo resalta contra el verde oscuro de la barda al fondo del parque. Por allá, dos tipos escarban la hierba con la punta del pie. Recogen las pelotas que han aterrizado ahí este domingo, mismas que vuelan desde el campo de beisbol hasta aquellos pastos. Uno viste bermudas militares y chanclas. El otro, gorra y un pantalón de mezclilla demasiado grande. A pesar del frío que yo siento, van sin playera y sus músculos resplandecen bajo el sol que sobrevive a la tarde. No son jóvenes. Posiblemente, el de bermudas está casado y su mujer habla con grititos, arrastrando las ideas, como todas las mujeres de la colonia, cuando platican sobre el fiado de la tienda, o cuando le prometen a sus señores sincronizadas para cenar. Las caras gatunas de estas mujeres, pringosas de rímel, me asustan desde niño cuando las encuentro dando vuelta en la esquina: mi mamá ha peleado con todas ellas, se ha desgreñado con todas ellas, y me da miedo que un día me desgreñen a mí. El de la gorra vive solo. Su madre es la única mujer que ha tenido en su vida, pienso.

Si me preguntas por qué este día fui al parque en lugar de quedarme con mamá, no sabría qué responder. Al paso de los años, el desamparo ha convertido el recuerdo en un animal cojo, lisiado por la fantasía de algunos hechos.

Es 1996. Cumplí dieciséis años semanas atrás. Llegué a casa después del trabajo en la tienda de abarrotes. Los bultos que había cargado ese domingo me habían robado el resuello. Mamá había trapeado con pinol la casa en su afán de distraer con limpieza la angustia de saberse sola. La jerga escurría en el respaldo de una silla, unos palos clavados a medias, con cascarones de pintura en la madera. Fui al cuarto por cinta de aislar para componer el falso de los audífonos. Tirada en su cama, encontré a mamá, viendo las telarañas arriba, que se balanceaban sobrecogedoramente en la calidra del techo. A través de una mecánica escalofriante, masticaba chicle, se alisaba el mandil, se golpeaba los muslos con las palmas, volvía a alisarse el mandil a cuadros.

—¿Qué onda? —le pregunté.

Los gemidos se contrajeron tan adentro en su garganta, que creí que mamá estallaría en chillidos.

Se sentó.

Ñanga, la cabeza abajo, apenas respirando, infló muy lentamente una bomba de chicle rosa que al ir apachurrándose se convirtió en un floripondio entre sus labios. Lo absorbió. Volvió a masticar.

—¿Qué onda? ¿Qué tienes?

Gruñendo, extendió la mano y rascó el aire con el índice, imitando su dedo a una oruga enloquecida que se estiraba y reducía en un sí.

—Sí, ¿qué? ¿Qué tienes?

De pronto calló. Me miró muy fuerte, con una mirada penetrante que jugaba a su antojo con mi temor. Y las escleróticas de mamá resplandecieron doradas, parecían las esferas de latón en la cabecera detrás de ella.

Tomé el walkman y salí rápido. No corrí. Tampoco lloré. En la calle, sentía la amenaza de cuando caminas sobre el lodo y la tierra aguada esconde un agujero en el que por sorpresa puedes clavar el pie.

Estoy en el parque escuchando al locutor en el walkman. Los tipos se turnan un costal con el que juegan a encestar las pelotas.

El de la gorra me mira.

A través de la punta del tenis se asoma mi calcetín mugroso a fuerza de enfundarme el mismo par mil veces. En el empedrado, las hormigas besan sus antenas y después se pierden en el laberinto que les llevará una vida recorrer.

Ahora, los tipos están parados frente a mí.

Me quito los audífonos y el locutor muere.

El de la gorra me pide sonriente lumbre para un cigarro. Huele a brillantina, a la sávila de alguna crema de tocador. Papá olía a colonia para después de afeitar; me gustaba tallarme el cachete en su barba bien rasurada.

—No tengo, no traigo —le contesto.

Rápido, me jala de los cabellos hasta llevarme a ver las hormigas.

—Afloje el aparato, güey, suelte.

Permanezco en la banca, estoy doblado sobre mi estómago vacío, sobre mi ausencia hueca. Es una proyección estúpida de mi mente. Esto es una proyección estúpida de mi cabeza, repito y forcejeo con el tipo que no me suelta ni un mechón. El de bermudas me estampa en la cara una pelota que revienta como vaso de leche escupido a los ojos. Huyen con mi walkman.

Las hormigas están ahora en mis cachetes y el frío gotea por mi nariz: es la sangre congelada por años. ¿Qué más quieres que te cuente del día que supimos que había muerto papá?

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Cuento inédito.