lunes, 23 de mayo de 2016

El cobre


Escuché sus pasos tintinear como monedas cayendo sobre el piso.

—Ven, Roy, ayúdame —dijo mi tío Luis al sentarse a la mesa y poner encima su caguama.

Saqué de debajo del colchón el par de charrascas con que pelábamos el cable que él acumulaba en casa de mi abuela Lila, para después vender el cobre limpio en el depósito de chatarra al otro lado de la colonia. Las charrascas eran navajas hechizas que, en vez de mango, tenían cinta aislante para facilitar su manejo sin cortarnos. En la cárcel mi tío había fabricado decenas afilando con una piedra los flejes metálicos de su catre.

Después de sorber la caguama se arremangó la camisola y comenzó a deslizar la charrasca resplandeciente por las vainas multicolores.

—Hoy sí sacamos para tus chuchulucos, niño —dijo—, hoy sí vas a acompañarme a vender el botín.

—Y dio una risotada desde el fondo de esa barba que rejuvenecía en su mentón al ser regada con cerveza.

Mi tío había juntado tanto cable, que la casa de Lila era un gigantesco nido de aves mecánicas, o eso me imaginaba. La noche anterior, por ejemplo, yo había despertado con gusanillos de cobre y plástico metidos en mi short de dormir.

Inspirado, apliqué más fuerza a la charrasca para descubrir pronto el tesoro oculto bajo la piel de los cables. Algunos estaban carbonizados. Mi tío decía que la electricidad, su impulso violento e incontrolable, derretía el plástico durante los cortos circuitos. Llegué a pensar que una persona era capaz de achicharrarse a sí misma cuando se alteraba de los nervios, y quedaba como esta fritura.

Lila había preparado ejotes con huevo y nos sirvió dos cucharadones a cada quien. Miré el plato. La panza me gruñó, pero no tomé el tenedor para probarlos. Mi tío siguió bebiendo sin ver el guisado.

—Ya no tomes tanto, hijo, ya ves que estás malo —dijo mi abuela Lila.

—Shh, má. No ves que estamos chambeando.

Mi tío me guiñó uno de sus ojos aceitunados. Yo miré melindroso el plato de ejotes.

—Pues ái de ti… si Martha te viera —le recriminó ella, yéndose con la comida.

—En un rato hasta carne compramos, ¿verdad, Roy?

¿Qué enfermedad tenía mi tío?, pensé, si nunca lo veía quejarse de nada. Ni cuando se excedía de cervezas y en su tambaleo, al salir de casa de mi abuela, lo arañaba el rosal. Nunca lo veía caer; tampoco estaba triste ni quejumbroso.

Retacamos de cobre el morral en el que cargaba la herramienta de su trabajo como eléctrico en la planta de aguas tratadas de Chapultepec. El nido enorme anterior, sin la cubierta plástica, ahora se veía muy pequeño. Pero era nuestro tesoro. Lo que sobró lo metí en una bolsa que me colgué en la muñeca. Guardé mi charrasca bajo el colchón.

*

Una calandria de plumas despeinadas en el buche trinaba desde su jaula en el patio. A pleno sol, dos ratas saltaban de aquí para allá en el piso, disputándose una tortilla aceitosa.

—No tarden. —Se despidió Lila por la ventana, de la que pendían copetes de hierbabuena.

—Don Isaías, ¿cómo sigue? —dijo mi tío. Saludaba al vecino que en su silla de ruedas oía un radio de pilas mal sintonizado. Babeaba y tenía los dedos engarrotados. La cobija que antes cubriera sus rodillas se apeñuscaba en el suelo. Se la acomodé nuevamente.

Una vecina tendía los pañales de su bebé, que lloraba desnudo en una caja de tiras de madera. Mi tío le aproximó al nene su dedo rasposo y grueso.

—No lo chupes, fuchi. —Y le acarició la nariz.

Mi tío y la mujer se sonrieron a través de la cortina de sol.

A la salida, dentro del tambo gigante de lámina —la cisterna de la vecindad— imaginé correr un río helado de refresco y después, quien sabe por qué razón, el sonido del celofán de las papitas estrujado entre mis manos.

En la calle, los rayos de luz encorvaban las jacarandas, inmóviles de tanto bochorno. A veces, chiflan con el aire, pero hoy, la sequedad les había sellado el pico. Comer chuchulucos hubiera alegrado su mohín de diminutas hojas.

*

Los escalones del puente estaban recién pintados de amarillo. En las alturas una nube gris casi acariciaba el barandal.

—Vamos a descansar, venimos muy cargados.

Empalidecido, mi tío se sentó en un escalón y se dio de golpecitos en el pecho como si quisiera eructar. Después, se sobó el cuello con la mano. Le iluminó la cara el destello de un parabrisas que recorría la avenida.

—Oye, ¿de qué estás enfermo?

—A veces siento como si algo me atravesara las costillas y pierdo el aire.

—¿Y dónde está mi tía para que te cuide?

—Está guardada en el casillero del trabajo —dijo haciendo otro guiño.

—¿Y no se ahoga en tan chico lugar? ¿Qué come?

—No se ahoga porque el aire entra por las rendijas del casillero. A veces le soplo y ella se deja llevar.

Flota hacia las nubes como un papelito. Usa un vestido delgado que el aire de la playa le ondea. Se agarra el sombrero de palma para no perderlo. ¿Qué come? Come los dulces que te robo, Roy. Le gustan los tamarindos, de eso vivía en su tierra. Cuando estuve en el tambo los metía a escondidas, junto con cigarros y barajas, para dármelos. Ella me cuidó y ahora la cuido yo.

—¿Y cuándo la vas a soltar?

—Ella solita va a salir de aquí algún día… —Se desabotonó la camisola. En el pecho apareció un tatuaje del Sagrado Corazón de Jesús con el nombre de Martha al centro, que yo nunca había visto.

*

Intenté despegar con la punta del pie, águila tras águila, una cruz de monedas fundida al concreto del puente, que habían puesto ahí los albañiles al echar el colado. Mi tío comenzó a descender al otro extremo. Lo vi hacerse chaparro, como mi tía Martha, mi tía pequeña que corría de aquí para allá recogiendo conchas en la playa mientras se sujetaba el sombrero. No pude imaginarme el mar. Sólo remolinos que convertían en arena a los hombres que marchaban al otro lado de la costa.

—Apúrate, Roy.

Logré alcanzar su sombra. Los gorriones, que se espulgaban las alas en el eucalipto pegado al puente, echaron a volar cuando bajamos.

*

El caserío al otro lado de la colonia estaba recién pintado. Frente a los zaguanes de esmalte oscuro había autos estacionados cuyo terciopelo en el tablero invitaba a conducirlos. Detrás de uno, salió un perro bostezando. Le di dos palmadas en la cabeza, que agradeció enseguida con lengüetazos húmedos y su compañía.

Un matrimonio caminaba hacia nosotros comiendo helado. Al ver a mi tío, la mujer, que tenía el cabello húmedo, se repegó asustada a su señor, quien rápido nos cedió el paso.

Anduve más aprisa.

El perro olisqueó la llanta de un coche estacionado para orinarla después. Luego, en la base encharcada de un pino, lamió la trompa de su reflejo.

—Shh, vente, Flaco —le grité.

*

Al fondo del depósito de chatarra, una anciana vestida como muñeca se balanceaba sobre las patas traseras de su silla. El rubor le iluminaba los pómulos y la boca reseca. El cabello apelmazado simulaba una peluca jamás cepillada. Era un casco de estambre. Alrededor, había pilas de lata guarecidas en cofres y montículos de aluminio resplandeciente que asomaban bajo mantas de lentejuela. O eso creí ver. La frialdad de los tesoros me puso la piel chinita.

—Ya sabe dónde ponerlo, Luis, para pesar la carga —le dijo a mi tío.

La anciana tomó el jaibol que se hallaba a sus pies. Sorbió un trago. Mi tío puso el cargamento en la báscula que equilibraba los contrapesos igual que reloj cucú. La mujer fue hacia nosotros retrepándose unos lentes en el puente de la nariz. Volví a ver al Flaco: tirado en el piso, se lamía el pirrín.

—Es poco. Apenas siete kilos.

Mi tío se llevó la mano al pecho. Acalorado, se masajeó enseguida el copete de jefe de pandilla que tiempo atrás le había ganado el respeto de la colonia, aunque fuera por ratero, como decía Lila.

—Esto pesa más, señito, échele un kilito más para el refresco.

La anciana le extendió tres monedas.

—Sabe que conmigo no se puede, Luis. ¿Lo toma o lo deja? —la anciana se levantó los holanes de la blusa y asomó la empuñadura de un machete.

Pensé que mi tío demostraría aquí el valor de cuando marchaba en el patio de la cárcel y peleaba para que nadie lo cosiera a charrascadas. Lo vi empequeñecerse entre pilas de periódico y tentáculos de cuerda desanudados. Sin tronar la lengua siquiera, tomó el dinero y lo metió en el bolsillo del pantalón. Ahí dejó un momento la mano, apretó el puño.

*

El cielo se había puesto negro. Le estrujé la mano a mi tío cuando pasamos frente a una tienda. Se agachó y me restregó la barba en los cachetes, haciéndome reír.

—Toma, Roy, cómprate tus chuchulucos. —Y me dio las tres monedas.

Entré corriendo. El tendero se hurgaba la nariz, parado detrás del mostrador. Resplandecían en las vitrinas las envolturas de los chocolates y los borrachitos alineados en su estuche de cartulina como fichas de dominó dispuestas para la reta. Las botellas de Sidral, las bolsas de papitas, el bote de plástico de chicles flecha, los tamarindos envueltos en celofán y las paletas payaso me daban ufanos la bienvenida. A mi lado, el Flaco soltó un bostezo, agitó el hocico y chorreó algunas gotas de saliva en el suelo.

Chispeaba afuera. Con la mano metida en el bolsillo, mi tío sonreía en el umbral, ventrudo, casi tímido. Lo imaginé con la camisola desabotonada tirado en la playa al lado de mi tía Martha en traje de baño, ambos con el estómago hinchado. El Flaco les lamía los pies. Chorrearon relámpagos sobre cuchillos clavados a la orilla del mar.

—¿Para cuántos tamarindos me alcanza? —le pregunté al tendero.

Éste quiso reírse, pero de pronto su cara se le estiró hacia abajo como chicle masticado y clavó los ojos por encima de mi cabeza. Mi tío se acercaba empuñando la charrasca.

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Una versión de este cuento se publicó en Punto de Partida no. 177, enero-febrero 2013.



lunes, 16 de mayo de 2016

Ratones de celofán


Todavía recuerdo al chismerío baboseando detrás de las ventanas cuando la policía alborotó la calle con sus sirenas y patrullas, y sacó en brazos a la niña muerta. Estaba desnuda. Su piel era para entonces tan azul que creí que la habían bañado con un frasco de tinta. Sólo uno de sus pies jugueteaba de aquí para allá con el zapato puesto, blandengue como un yo-yo. Te digo, la familia Rocha era bestial, y bestial es un calificativo tierno. Los Rocha eran ojetes, ojetes con sus vecinos, ojetes entre ellos mismos, y ojetes con sus propios hijos: Malena y Tico.

Tico era dos años mayor que Malena. Era un niño de cabello rejego, a quien le pagaban la peluquería una vez al año. Greñudo, como todos los Rocha, se le abultaba el pelo en las sienes y la nuca; era un muchachito cabeza de brócoli con los cachetes decolorados por los jiotes. La nena me recordaba a una silla para jugar a la comidita. Había enfermado del cóccix siendo bebé y caminaba con las piernas separadas y rígidas, como si las trajera entablilladas. Su piel era color chocolate y sus ojos, dos canicas de brandy. Ambos eran obesos —la familia desbordaba lonjas— y escupían leperadas hasta el hartazgo, qué digo hartazgo, no había idea que saliera de sus bocas sin maldiciones.

Los tíos encargaban a los niños las caguamas. Dirás: ¿le vendías alcohol a los niños? Les vendía las cervezas sin prejuicios porque ellos nunca se las iban a tomar. Los chiquillos compraban para cada uno un chicle que los distraía del posible vicio. Esos chicles tenían una liebre estampada en el celofán. Los muchachillos miraban y miraban el dibujo y hacían saltar el envoltorio sobre sus brazos, como si el animal impreso fuera un juguete.

Venían a la tienda agarrados de la mano, a veces abrazados. A pesar de que nacieron en una vecindad, en uno de esos lugares que conocemos ahora sólo por las canciones de Chava Flores, los dos me parecían listos. Sin que importara la ropa sucia con que los vestían, ni los moretones y arañazos en sus cuerpos —te digo que los Rocha eran ojetes—, algo inmaculado brotaba de ellos. Soy viejo y me ablando como el pan, pero esos niños hubieran sido unos adultos excelentes. Ella: enfermera; y el otro: maestro, a lo mejor. Pero este mundo es de los privilegiados, de quienes nacen en familias si no ricas, que tienen por lo menos cariño en su seno. Es una lástima que mataran a la niña y que del muchacho nada se haya sabido desde entonces. Yo insisto en que algo bueno hubieran sido de adultos.

Un mes antes de que encontraran asfixiada a la niña con una bolsa de plástico en la cabeza, Hacienda clausuró el local veterinario que estaba a dos cuadras de aquí. El doctor Gómez vino compungido a decirme que se iba a otra colonia y, para agradecerme los fiados —¡cuántas botellas de anís me consumía!— me regaló una jaula con dos pericos australianos y una pecera con un ratón blanco. Felisa, mi señora, colgó la jaula en la ventana de su pieza. Tirada desde la cama podía verlos espulgarse las plumas a media tarde, porque esos pájaros no tienen otra gracia. Pero dio el grito en el cielo cuando por primera vez vio los ojos color grosella del ratón y me exigió que lo revendiera. Como verás, en esta vitrina remato chucherías que a veces saco de la casa. Y le obedecí. Esperé una semana, pero nadie preguntó por el animal. Nada más, cuando venían por las caguamas, Malena y Tico acariciaban la pecera, y la nena se carcajeaba. Uno de aquellos días, Tico le dijo a su hermana que el ratón tenía el tamaño adecuado para ensillarle un muñeco, como si fuera un corcel en miniatura —sí, dijo ensillarle; eran listos, te digo—. Malena contestó que sí, y que después le sobaría las patitas alargadas, porque estaría cansado de tanto trajín. Después de varias tardes en que acariciaron al ratón sobre el vidrio, se los regalé. De haberse enterado, mi señora hubiera dado otro grito en el cielo. Entonces ella sufría de malestares ignotos, que terminaron siendo cáncer en el estómago y cerebro, y jamás me habría perdonado despilfarrar un recurso extra que nos completara para un frasco de píldoras. Los niños se fueron contentos aquella tarde.

Días antes de que Malena apareciera muerta, vi a los hermanos caminando de aquí para allá, cumpliendo los mandados que sus parientes los obligaban a hacer; a veces con esparadrapos que recubrían cortadas en la cabeza; en ocasiones con ronchas en sus brazos, que yo imaginaba como quemaduras de cigarro; otras veces, con manchas de sangre en las calcetas de la niña, bajo su falda mugrosa, o moretes en los carrillos de él. Pero con el ratón a todos lados. Venían, compraban las caguamas y tirados de panza en la banqueta, comparaban las orejas de la liebre de los chicles con las del ratón, al que llamaron Macías, como lo habrían escuchado en alguna narración boxística vieja, porque un radio era lo único que los entretenía en casa. ¿Te acuerdas del boxeador? Es más, los hermanos dejaron de hablar con palabrotas y sus ideas se oían claras, como yo nunca se las había escuchado. Antes de Macías ni el por favor me daban. El animal los mantenía más unidos que nunca y, de alguna forma, los protegía contra la brutalidad de su casa. Al menos por un rato. Te digo, los Rocha eran ojetes.

La tarde anterior a su muerte, Malena vino a la tienda. Traía al ratón metido en el pecho de su vestido: asomaba la naricita y sus ventanas del tamaño de dos semillas de chía, palpitaban húmedas. Le pregunté por Tico y dijo que estaba en cama, con dolores de panza. Los papás habían regresado de quién sabe dónde y habían encontrado a Tico jugando con el ratón, echado en el patio. Fieles al carácter de los Rocha, lo habían pateado sin ton ni son y el niño no respiraba bien desde esa noche. Había empujado a la niña para que lo dejara solo, cuando ella le ponía la cubeta para que vomitara. Malena bajó la vista y puso en su mano a Macías que, inquieto, escaló por su brazo hasta acurrucarse en su cuello. Los bigotes vibraban y le hicieron cosquillas. Ella soltó un gemidito y sonrió. Cuando sonreía, Malena se mostraba mucho más indefensa, como si pidiera ayuda. Es muy triste ver a un niño cuya felicidad es también una súplica desgarradora, sin recursos para frenar esa infancia difícil que lo carcomerá inclusive siendo adulto. Nadie en la cuadra lo evitábamos. Los Rocha nos habían robado, molido a golpes y amenazado a todos. Eran unos salvajes, eran unos ojetes.

Horas más tarde, la nena murió. Como tú ya sabes, porque lo publicó el periódico, al lado suyo estaba el ratón blanco despanzurrado, como un bombón apelmazado con los dedos. Los papás dijeron que Tico le pegó por primera vez a Malena; que Malena, después de haber sido violentada por su hermano, estrujó al ratón y Tico enloqueció y terminó matándola. Después huyó. Yo no creo en esas historias ridículas que atontan al chismerío, las mismas con que los padres justifican sus errores. Hay familias que destruyen a sus hijos, y nada más. Te digo, los Rocha eran ojetes.

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Publicado en revista Picnic no. 63, junio 2015.

miércoles, 11 de mayo de 2016

El fuego a bocanadas: Ribeyro, tabaco y literatura


Mientras tacha algunas líneas en el cuadernillo que sostiene frente a sus ojos, Juan Carlos Onetti fuma tendido en la cama. Enseguida, a riesgo de que la ceniza encorvada en la punta del cigarro se desintegre en el aire, deja el bolígrafo sobre la colcha y se inclina a sorber el vaso de whisky dispuesto en el buró. A décadas de distancia, frente a la ventana, Raymond Carver presiona unas teclas con las manos amarillas de sol. Tiene el cenicero retacado de colillas al lado de la máquina de escribir y la fascinación contraída en el ceño. Con el tiempo medido entre las jornadas en el aserradero y otro domingo de pesca esperándolo, depura las frases de un dilema doméstico más, en tanto enciende un cigarro con la punta del anterior. 

Tabaquismo es sinónimo de literatura. La nicotina viaja por el torrente sanguíneo hasta el corazón y las ideas repiquetean en el avispero que gesta vida en la página en blanco. También, la calada incesante frena otras manías —desde rascarse la nariz hasta la trillada cacería de moscas— para que la concentración corrija sin vacilo la arquitectura de los párrafos. Así, los escritores suspenden sus necesidades fisiológicas a grado latente durante este periodo. Persiguiendo historias por horas, sólo la bocanada encaja en sus letras, nada ni nadie más lo logra.

«El cigarro llega a ser parte íntima de la persona y la relación establecida alcanza un profundo contenido emocional. De ahí que alejarse de él constituye en muchos casos un verdadero y profundo duelo; una pérdida, que aun siendo deseable por parte del fumador, puede dejar un hueco enorme», apunta en La última bocanada. Cartas de despedida al cigarro la doctora Guadalupe Ponciano, directora de la Clínica Contra el Tabaquismo de la Facultad de Medicina de la UNAM, en donde el método para abandonar el hábito tabáquico, además del suministro de fármacos, se basa en un tratamiento psicológico. El paciente se despide del cigarro a través de una carta, que, como podría esperarse, es una disertación de amor-odio, regularmente inclinada al primero. A pesar de que los pacientes acuden a este lugar con síntomas de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), en su carta ninguno maldice al cigarro. Al contrario, algunas mujeres lo llaman mi amor, o algunos hombres vinculan el goce de cada pitada con un masaje al cuello. De esta misma forma, muchos autores le han escrito cartas, si no es que tratados, al tabaco, sólo que en lugar de despedirse de él, le han jurado lealtad a pesar de que poco a poco los destruye.

Uno de los más grandes fumadores de la literatura latinoamericana es Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994). Además de novelista, diarista personal, dramaturgo y crítico literario, es en especial como cuentista que ha conseguido un prestigio creciente al paso de los años. En sus historias, deambulan seres fracasados e inseguros, quienes para sobrevivir se transforman en salvajes, sumidos en una silenciosa resignación; por lo que no es gratuito que el volumen en el que Ribeyro recopiló sus cuentos completos se titule La palabra del mudo, haciendo referencia a los «personajes desdichados, sin energía, individualistas, marginados, que viven fuera de la historia […] [en un] mundo sórdido, defectista, donde no ocurre nada grandioso», dice en La tentación del fracaso, un diario que va de 1950 a 1978, y en el que Ribeyro registró su etapa más conflictiva como escritor.

Sus relatos se dividen en dos tipos: los del Perú de mitad del siglo XX, que retratan a los habitantes de escenarios depauperados («Los gallinazos sin plumas», «Los merengues», «Al pie del acantilado»), y los relatos cosmopolitas ubicados en la Europa que le tocó vivir cuando trabajó en la agencia AFP o como consejero cultural en la Unesco, y que registran el abuso, el timo y la corrupción en diversos estratos («La juventud en la otra ribera», «Nuit caprense cirius illuminata»). 

A pesar de que coincidió con los tiempos del Boom, su obra no sería catalogada dentro de éste. Ribeyro, tímido y torpe para relacionarse con el poder y los grupos literarios, marcó distancia y por siempre escribiría con el fracaso rondándole el ego. Prendería un cigarro tras otro y sometería entre los labios la incandescencia del tabaco, que sorbería con deleite para a continuación derramarla en cada línea escrita. Sólo le importaba la gente común y por eso rehuyó la literatura que dominara el continente en aquellos años, plagada de conflictos políticos y dictadores, lo que acentúo su disidencia. Alejandro Zambra apunta en No leer: «Mientras sus colegas escribían las grandes novelas sobre Latinoamérica, Ribeyro, el orillero del Boom, daba forma a decenas de cuentos magistrales que, sin embargo, no llenaban las expectativas de los lectores europeos. Y él lo sabía muy bien: ‘El Perú que yo represento no es el Perú que ellos imaginan: no hay indios o hay pocos, no ocurren cosas maravillosas o insólitas, el color local está ausente, falta lo barroco o el delirio verbal’, dice, con calculada ironía». 

Admirador de la tradición francesa del siglo XIX —Flaubert, Proust y Maupassant—, Ribeyro desarrolló un brillantísimo estilo conversacional carente de adornos, y leerlo es seguir las palabras de un buen amigo. Uno que fuma y bebe vino en tanto describe la casa donde nació y cómo se metía a jugar con sus hermanos a escondidas de su padre en un ropero enorme que había ahí, un palacio barroco lleno de perillas, molduras, cornisas y medallones; o relata aquella vez que su novia francesa y el amante de ella, pistola en mano, le robaron el dinero que le quedaba para el mes. 

Resulta curioso que el género breve haya sido el más procurado por Ribeyro, porque si bien escribió novelas o textos de distinta naturaleza, nunca tuvieron el encanto ni la perfección de sus relatos. Podría decirse que, al menos en anchura, son un reflejo de él mismo: Ribeyro jamás engordó y se mantuvo en su mínima talla, con un cinturón que estrechaba sus pantalones a la cintura como un puño aprieta una rama. Cuenta Daniel Titinger, su biógrafo, que Julio Ramón era tan flaco que al verlo de frente uno imaginaba que seguía de lado. Esta flacura fue consecuencia de la úlcera que padeció a mediana edad, complicada por el tabaquismo, y que le cercenó el estómago. «Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cocido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. [Los médicos] me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago». El periplo quedó registrado en «Sólo para fumadores», el tratado más importante sobre esta adicción que existe en nuestra lengua. 

Ribeyro expone en este relato su teoría sobre el tabaquismo, porque está cansado, dice, de la idea psicoanalítica que vincula las pitadas con una regresión al pecho materno o una sublimación cultural del deseo de chupar un pene, algo insustentable y ridículo. De esta forma, crea una teoría subjetiva sobre la importancia del cigarro: «El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida».

A través de una prosa impersonal, punzante, pero nunca melodramática ni sensiblera, dice aquí que una tarde, desde la ventana de su cuarto en la clínica de rehabilitación postoperatoria a las afueras de París, donde debió quedarse un tiempo después de la intervención gastrointestinal, mira a un grupo de albañiles que en el almuerzo bebe vino y después fuma en la sobremesa, y es cuando, tras muchísimas recaídas, en las que a pesar de la recomendación médica volvía a fumar, parece entrar en razón y reconoce: «Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, mientras que esos hombres simples e iletrados estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más elementales. […] Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración. […] Sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer, beber, fumar y disfrutar». Chispa que inicia un nuevo e inacabable ciclo adictivo, porque menciona al término del texto: «Veo además con aprehensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que le digo adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco».

Ribeyro murió en diciembre de 1994 después de someterse a una intervención en el riñón que se complicó con una neumonía irrefrenable para sus alvéolos de fumador. Tenía sesenta y cinco años y días antes había recibido el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, pero el premio más importante que podríamos darle a partir de ahora, es leerlo con o sin bocanadas de por medio.

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Publicado en La Peste, no. 19, Vicio, enero-febrero 2015.