Toqué las cáscaras de pintura color canela que hacía mucho tiempo habían sido la superficie lisa de la fachada, y entre mis dedos quedaron hilos de madera. La casa al final del camino de tezontle era si acaso de diez metros cuadrados; tenía una ventana limpia y una puerta de manija dorada resplandeciendo con la luz cálida de la mañana. Me asomé a la ventana haciendo cuenco con las manos. Alcancé a ver una cama. Sentada ahí, desnuda, había una mujer de cabello negro recogido en cola de caballo. Su nariz era respingada; su boca, de color grosella. Veía hacia el frente, es decir, de perfil hacia mí con las manos en el abdomen, como si estuviera resistiendo un cólico. Supuse que estaba afiebrada y que por eso necesitaba refrescarse desnuda. Giré la perilla y entré sin tocar la puerta.
Adentro olía ligeramente a alcanfor con naranja, a una naranja que hubiera estado demasiado tiempo encerrada en la casa. Me paré frente a la mujer. Su piel era tan lechosa que pude mirar la telaraña de venitas que se transparentaba en su hombro. Ahí le puse la mano. «¿Qué necesitas para levantarte de la cama y salir al sol?», le pregunté. No me contestó. Miré a donde ella lo hacía y noté bajo otra ventana, asoleada, una cocineta con tarja. Dentro de esta última había una maceta bajo el insistente goteo de la llave. Cada vez que caía una gota, estallaba en partículas brillantes. La mujer no le quitaba la vista de encima. Me acuclillé. Nuestras miradas se encontraron —en sus ojos no descubrí ninguna luz particular—, y olí su aliento. No era acre ni fresco. Olía a una sutileza pretérita, a algo disuelto con el tiempo, como si fuera vapor flotando sobre una piedra lisa. Intenté cargar a la mujer entre mis brazos, pero pesaba muchísimo, dos veces más del peso que aparentaba. «Sólo llévatela», me suplicó con voz suave, separándose de mí. Con la cabeza señaló la maceta. En ese momento noté que era una cuna de Moisés con una flor recién brotada.
Un minuto después recorría de regreso el camino de tezontle que me había llevado hasta allí desde mi casa. Las hojas de la cuna me acariciaban los brazos y pude oír, en medio del silencio de la mañana, que la casa comenzó a crujir a mis espaldas. Sin mirar atrás, imaginé que se venía abajo, junto con la mujer adentro. Jamás tomé nuevamente ese camino. La cuna de Moisés hasta hoy florece en mi ventana.